sábado, abril 26, 2008

Ruido - Sabina (En homenaje a mi historia)




Ella le pidió que la llevara al fin del mundo,
él puso a su nombre todas las olas del mar.
Se miraron un segundo
como dos desconocidos.
Todas las ciudades eran pocas a sus ojos,
ella quiso barcos y él no supo qué pescar.
Y al final números rojos
en la cuenta del olvido,
y hubo tanto ruido
que al final llegó el final.
Mucho, mucho ruido,
ruido de ventanas,
nidos de manzanas
que se acaban por pudrir.
Mucho, mucho ruido,
tanto, tanto ruido,
tanto ruido y al final
por fin el fin.
Tanto ruido y al final...

Hubo un accidente, se perdieron las postales,
quiso Carnavales y encontró fatalidad
porque todos los finales
son el mismo repetido
y con tanto ruido
no escucharon el final.
Descubrieron que los besos no sabían a nada,
hubo una epidemia de tristeza en la ciudad.
Se borraron las pisadas,
se apagaron los latidos,
y con tanto ruido
no se oyó el ruido del mar.
Mucho, mucho ruido...
Ruido de tenazas,
ruido de estaciones,
ruido de amenazas,
ruido de escorpiones.
Tanto, tanto ruido.
Ruido de abogados,
ruido compartido,
ruido envenenado,
demasiado ruido.
Ruido platos rotos,
ruido años perdidos,
ruido viejas fotos,
ruido empedernido.
Ruido de cristales,
ruido de gemidos,
ruidos animales,
contagioso ruido.
Ruido mentiroso,
ruido entrometido,
ruido escandaloso,
silencioso ruido.
Ruido acomplejado,
ruido introvertido,
ruido del pasado,
descastado ruido.
Ruidos de conjuros,
ruido mal nacido,
ruido tan oscuro,
puro y duro ruido.
Ruido qué me has hecho,
ruido yo no he sido,
ruido insatisfecho,
ruido a qué has venido.
Ruido como sables,
ruido enloquecido,
ruido intolerable,
ruido incomprendido.
Ruido de frenazos,
ruido sin sentido,
ruido de arañazos,
ruido, ruido, ruido.

Joaquin Sabina

Las señoras de bien

Las señoras aman el balance en las pensiones, el pago semanal por el tributo social, acaparado los domingos, en mañanas que, por cumplir con un trámite carnal, su posesión hace gala del puesto que ocupa. Las señoras saben que no obtienen los mejores besos de una boca pero, besos al fin, sin versos ni magia, forman parte del condominio que pagan en sus viajes a la tintorería.
Las patronas carecen de deseos. Hace mucho dejaron de sentir mariposas. Fingir bienestar emocional es esfuerzo diario, máscara ante las vecinas que compiten la mejor mueca.
Después de todo, el trofeo vale la pena. Algún día descubrirán un detalle que siembre la duda. Será cuestión de enterrarlo y vendarse los ojos.
Las damas dignas no saben ya de amor. Son muchos años remojando la ropa en pago por la firma y el cobro mensual de la factura que incluye haber ahogado un sentimiento en el lavaplatos.
Ellas ignoran el silencio del compañero. Más vale callar que obtener respuestas que hipotequen tanto tiempo de servicio. Rezan por la unión de la familia, por la perfección social a los ojos ajenos e importa poco si es de verdad.
Las señoras decentes preparan pociones con esmero que anulan las ganas y justifican los dolores de cabeza. Un día les piden alzar una copa de vino y ya no encuentran motivos para brindar.
Un día advierten que una cualquiera sopló en su pulcra ventana. Y el mundo se deshace, la culpa hierve en los fogones, el deseo se aviva con venganza y nunca más vuelven a ser las mismas.
Entonces aparece la herencia que nunca se pensó, se publican las heridas, se vuelven víctimas en el confesionario y baten documentos al viento. Y el títere comienza el amargo camino del reproche por la ausencia de pasión.
Así suelen ser las señoras de bien.



Sabes que mejor que yo que, hasta los huesos
Solo calan los besos que no has dado… los labios del pecado
Joaquin Sabina