jueves, marzo 16, 2017

Pasaje Arno







Este nudo cuando hablo de ti, lleva implícito el tiempo no perdido. Un tránsito dócil por esas calles los pasajes de penumbras establecidos por imprentas que nada ofrecían al público de a pie, sino a  pocas empresas que requerían trabajos voluminosos. Fue en el Pasaje Arno donde tomaron mis manos pequeñas y con una astucia adolescente inauguraron mis labios.

Están en ti mis memorias, Caracas, en tu pavimento sagrado, como parte de cada adoquín que algún día colocaron para construirte. Creciste y yo contigo, pero sigues desplegando centímetros adicionales, como un tentáculo que se reproduce desordenado y que se instala con magia el corazón de cada transeúnte.

Aún escucho el sonido de las máquinas imprimiendo talonarios, mientras me abandonaba en el destino de perpetuar el recuerdo del roce de un beso furtivo. Dos cuadras hube de correr para llegar a casa, asustada, creyendo que se notaba. Esta vez no advertí el bullicio familiar asignando los puestos en la mesa y todos ordenando trastos para cada menester. Cuando llegué, había cantos de silencio en las paredes y el beso seguía allí, en mi temblor de niña.

Fue en marzo, se llamaba “Pasaje Arno”, a un costado de La Candelaria y eso queda en mi Caracas de recuerdos de felpa, ciudad de claves vocales, de espejos sin regreso.




No existe una foto, he tratado de recrearte como en mis memorias
Caracas, Julio 2015, a 448 años de tu creación.