martes, marzo 14, 2017

Cuídate






Como la guayabera






Cuando conocí a Gisela, la vecina de al lado, mi vida estaba hecha añicos. Un divorcio de  magnitudes torrenciales había ahogado mis esperanzas de un “para siempre” como símbolo de una vida en pareja y mi capacidad de socializar había mermado de tal forma, que básicamente me costaba dar los buenos días en el ascensor. Mi primera responsabilidad era Lucas, el único heredero, el motor de mis días. Así que mi vida transcurría en un ir y venir desde un empleo al que detestaba y en el que solo regresaba al día siguiente con la única intención de esperar el día de la entrega del salario que me solventaría las necesidades más básicas de cualquier ser humano; comer, pagar el techo que nos cubría, costear los estudios del niño y si acaso sobraba una mísera suma, gastarlo en un día de cine con Lucas para distraerle la mente y evitar que pensara en la ruptura de sus padres.

Gisela fue un soporte en esos días de pérdidas y abandonos. Como madre soltera podía comprender la avalancha gigantesca de miserias internas de las cuales sería víctima en adelante y los continuos tropiezos a los que se expone una mujer sola, con un hijo a cuestas y una sonrisa que mantener en su entorno laboral para que nadie advierta el infierno que soporta minuto a minuto en su pecho.

Si bien nos veíamos poco por no coincidir nuestros horarios de salida a la faena, Gisela tuvo siempre detalles amistosos que nunca podría olvidar. Estábamos pendientes la una de la otra y en algunas ocasiones compartíamos alguna comida que habíamos hecho el domingo, conversábamos sobre nuestros problemas y propiciábamos la oportunidad de que los pequeños, el mío de 9 y el de ella de 7, jugaran un rato en alguna de las dos residencias.

Fueron varias las veces que me ofrecí a llevarle a Christian, su hijo, al colegio, viéndola afanada o retrasada a la hora de salir, así como muchas otras, ella se quedó con Lucas porque me hicieron trabajar sobre tiempo en esa bendita oficina que no cumplía ninguna expectativa para mí pero que, sin embargo, me veía obligada a aceptar todas sus inquisiciones por necesidad.

Gisela alquiló ese apartamento hacía unos 3 años aproximadamente. A la dueña, Silvia, pocas veces la vi, ya que apenas estuvo unos meses luego de estrenar la vivienda y luego fue trasladada a otra ciudad, por lo que rentó el inmueble a Gisela, quien venía recomendada por una prima.

Yo, en cambio, había logrado quedarme en el apartamento que compramos durante el matrimonio en una débil disputa en la que Carlos accedió a dejarme allí solo por el niño, por recomendación de la juez de menores. Así que en ese aspecto, le llevaba ventaja a Gisela, a quien todos los años le aumentaban el alquiler, haciéndose cuesta arriba para ella cumplir con el pago con el mismo sueldo.

Nuestra amistad se hizo estrecha, de mutua colaboración y comprensión y con el elemento adicional de que ambos niños, se hicieron compañeros de juegos en corto tiempo. Gisela llegó un día de la calle con un agobio extra y los ojos llorosos. Ante mi preocupación, me pidió entrar en casa y casi inmediatamente me preguntó si podía hacerle un café cargado para tener fuerzas de contarme lo que le preocupaba. Silvia, la dueña del apartamento donde vivía, la había llamado a última hora de la tarde para informarle que, ante el vencimiento próximo del contrato de alquiler, no habría renovación, ya que se devolvía a la ciudad para emprender un nuevo proyecto personal y necesitaba la desocupación lo más pronto posible para efectuar la mudanza.

En un país donde la situación inmobiliaria se ha convertido en una verdadera odisea sin éxito. Las autoridades pertinentes habían dado carta blanca a los inquilinos de quedarse con propiedades ante la dificultad de conseguir nuevas opciones, sin el menor apoyo legal posible para el propietario, por lo que nadie se atrevía a rentar desde hace algunos años por temor a iniciar un juicio de proporciones monetarias invaluables, con el riesgo de perder ambas cosas, la querella y la vivienda.

Con suma atención escuché a Gisela entre sollozos, contar la triste historia de una madre soltera a quien recién sentía un peso adicional a los múltiples inconvenientes que como premio a su esfuerzo, le daba la vida. Con rapidez, colé un café y me senté frente a ella tratando de calmarla.

Su familia residía en otros estados, dispersa por el interior del país, así que no podía encontrar una solución inmediata su cooperación. Le aconsejé mediar el tiempo de abandonar la casa con la dueña y enseguida rompió en llanto escondiendo su rostro bajo sus brazos acusando que ya había agotado ese recurso.

Me sentí impotente. Un torrente de ideas imposibles cruzaron por mi cabeza. Una de ellas fue la posibilidad de traérmelos a casa para ayudarlos mientras encontraban un espacio acorde con su presupuesto. Pero desistí de comentarlo cuando recordé las advertencias de mi ex cónyuge con respecto a quedarme con todas las comodidades de siempre, a cambio de que no contrajera compromiso alguno con nadie. Y por supuesto, eso incluía a las amistades, por lo que la intención con mi entrañable vecina, no era procedente.

A partir de ese momento, Gisela vivió momentos bastante desagradables. Silvia inició una serie de presiones psicológicas, al punto de lograr su desestabilización emocional. Con frecuencia llegaban cartas solicitando la revocación del contrato inmobiliario, notificaciones de tribunal con amenazas subliminales, de no desocupar el espacio en el tiempo previsto, además de llamadas constantes preguntando para cuándo sería el desalojo. 

Gisela intentó realizar una búsqueda de otro lugar para mudarse, sin embargo las condiciones del país no estaban dadas para conseguir fácilmente, y con esa premura, un sitio adecuado para ella y su hijo. Como viví su historia, por la cercanía con que nos conectamos vecinalmente, sabía de qué magnitud era su preocupación.

Pasaron algunos meses y la situación se hacía cada vez más intolerable. Me afectaba de manera directa, ya que a diario actuaba como consuelo ante las angustias de Gisela. Para mi sorpresa, un día me llamó Silvia. De alguna forma se enteró del vínculo que me unía con su arrendataria y trató de tocar mis fibras sentimentales para obtener apoyo de mi parte. Me pareció una buena estrategia conversar con ella y actuar como mediación para lograr un tiempo adicional que beneficiaría a Gisela, así que acepté reunirme y tomar un café para discutir el tema. Silvia resultó ser mejor estratega que yo. Con mucha habilidad me expuso su tendencia, en el caso.

Mientras la escuchaba contarme sus planes, mi visión del asunto iba cambiando. Por razones obvias siempre estuve a favor de Gisela, sin embargo no podía desestimar que las apreciaciones de Silvia, vistas desde su ángulo, eran válidas y no menos justas que las de su inquilina, quien, por cierto, en los últimos días, se había tornado irascible y violenta en sus conversaciones debido a la presión que recibía de su arrendadora.

Silvia me señaló su imposibilidad de pagar un alquiler a su regreso a la capital y manifestó su derecho a vivir en su propiedad en el momento que lo deseara, teniendo en cuenta, por supuesto, los plazos legales, lo cual estaba cumpliendo a cabalidad.

Me vi entonces en una dualidad. No sabía con quién ser solidaria. Cuando hablaba con Gisela trataba de hacerle comprender los puntos de vista de Silvia, le recomendaba agencias inmobiliarias para que se activara pronto y pudiera conseguir otra opción para solucionar sus dificultades. Incluso colaboré durante muchas horas en realizar llamadas a conocidos y familiares, tratando de regar la voz, mencionando la emergencia del caso, buscando ayudarla. Todos mis esfuerzos fueron vanos.

Pasado y vencido el plazo límite para la entrega del inmueble, Silvia ejecutó otras medidas de presión más drásticas. Se encadenó en el pasillo de nuestro piso, a la reja de su propiedad, obstaculizando así el paso de salida de mi vecina y su acceso al pasillo. Llamó a la prensa, constantemente le hacían entrevistas para programas donde se denunciaban problemas similares.  La vida de Gisela y la mía, en consecuencia, se tornó un infierno.

Una de esas mañanas de los cincuenta días con ese panorama, Silvia, en señal de agravio, le gritó a Gisela que hasta yo la apoyaba, ya que habíamos conversado en múltiples oportunidades del tema. Mi vecina, furiosa, pensó que había mantenido una representación cuando le aconsejaba y consolaba y me tildó de falsa y traidora. A pesar de mis intentos inútiles por hacerle ver mi posición,

Gisela me quitó el habla y por supuesto, la amistad de los niños terminó. Incluso traté de mediar con Silvia una conversación para que evitara este tipo de comentarios que me perjudicaban con Gisela, pero su actitud para conmigo fue brusca e intransigente.

De más estaría contar los momentos ásperos que tuve que vivir. La situación me hizo sentir tan mal que fui yo la que tomó la decisión de mudarse por un tiempo a casa de mi madre para evitar encontrarme con esas dos mujeres que batallaban cada una en su propia conciencia por decisiones que para ambas, parecían justas, según el punto de vista desde donde se viera.

Aquella diatriba duró, desde el inicio legal de las gestiones de Silvia, algo más que un año, del cual, casi la mitad, pasé refugiada en otra casa. Supe por comentarios de otros vecinos que la contienda terminó en violencia. Gisela tuvo que irse, ignoro su destino hasta hoy, forzada y derrotada con su pequeño hijo.


Silvia ocupó el departamento pero nuestras interacciones en adelante se tornaron en unos grises y cortos “buenos días”. Lucas y yo perdimos unos amigos sin tener responsabilidad en esa querella. En este momento las dos personas implicadas resolvieron su problema y yo, por tratar de ayudar y mediar entre dos puntos de vista válidos entre sí, me quedé sin vecinas y como la guayabera, por fuera.

Mecanismos para despedidas





Creí no poder escribir en un aeropuerto, así que empaqué mi  pequeña libreta con el equipaje. Sin embargo, fueron tantas horas de espera las que tuve por delante, que compré un cuaderno de apuntes en una de las simpáticas tiendas que rodean los andenes.

De sobra sabía que éste terminaría repleto de recibos de pago, tickets de compra, papeles inservibles que más tarde acabarían en el bote de basura, pero aún así, persistí en mi empeño de comprar cuadernillos para cada momento o viaje importante que se me presente. 

La última vez que nos vimos, fue una separación distinta. Un tinte de orgullo se mostraba sobre las heridas. El ímpetu juvenil erizaba sus pestañas, queriendo demostrar las fauces de una mujer emprendedora, dispuesta a dragar caminos, colocados a su  favor y esa valentía adolescente que a todos nos hace desdeñar  consejos y enfrentar al mundo. No imaginamos entonces, que el  giro de los días se nos haría eterno y de mi parte, ya casi había  perdido la esperanza de un reencuentro. 

Pero los años pasaron y una foto antigua donde reíamos juntas, sirvió de marco a infinidad de historias, fantasías y planes efímeros de bitácoras imaginarias. Los errores se hicieron solo puntadas invisibles en prendas que ya no se usaban y el habitual recorrer de  la vida nos hizo olvidar culpas y malestares. 

Esta vez, la dejé melancólica, con esos ojos de niña asustada que conserva a pesar tantos cumpleaños lejos de casa. Trató de vestirse con un esmalte valiente, una armadura infranqueable que rebotara mis inquisitivas miradas buscando su fragilidad. Entendí entonces, con qué frecuencia nos imponemos máscaras para no mostrar una vulnerabilidad humana que nos fue dada para expresar los vacíos y compartir la congoja. 

Bárbara aprendió de mí todos esos mecanismos. Le transmití, a sangre y fuego, las historias de los perritos perdidos, tocando puertas inútilmente, en busca de un poco de calor de hogar y, a pesar de ello, mostraban los dientes furiosos para ocultar el recelo. Ella sabe de la indolencia, conoce perfectamente el sinónimo de abandono. Por eso aprovecha su destreza en el arte de fingir. Tanto invierte en esa apariencia, que no hay dolor posible que parezca doblegarla. 

Sostuve, por instantes, los momentos recientes, extraños por presentarse como una mezcla de sensibilidades. Era como reconocerla nuevamente, presentarnos y luego intimar recordando acontecimientos tristes. 

Volvimos al origen de los sueños de niñas, tropezamos, siendo adultas, con las prerrogativas de saltar de uno a otro período a capricho. Saber que en nueve noches no tomaríamos las cosas en serio y que cada minuto estaba dispuesto a disfrutarse como viniera, sin planes previos. Fue un corto receso de actividades, imprevisto, como regalo divino, para obtener un abre bocas al hambre de abrazos que ya comenzaba a anestesiarnos. 

Tenía que escribir sobre esto. Un adiós líquido entre madre e hija, unos pocas horas que nos dejan con apetito después de tantos años de ausencias, una ansiedad atragantada como mordaza para no hacer una escena de novela en un pasillo de pasajeros a punto de abordar.

—Tan solo será por un tiempo –nos decíamos repetidamente enlazadas la una a la otra.

—Después de todo, ¿qué son 5.000 kilómetros de distancia? –le dije bromeando, buscando una sonrisa confundida entre las lágrimas que comenzaban a brotar de su desierta inocencia. 

Fue entonces cuando germinó el milagro afónico, donde ninguna se atrevió a pronunciar un vocablo. Sentí piedras diminutas caer sobre mi pecho, a la vez que su temblor aumentaba desfragmentado y silente. Sin duda, nos encontramos de nuevo en el umbral de la carencia, rindiendo un tributo a una promesa de vernos pronto, pero en el fondo, sospechando, pesimistas, que la vida tal vez no repetiría una oportunidad como aquella. 

Una vez traspasado el chequeo habitual, no había retornos. Me encontré de pronto con extensos pasillos pulidos cuya línea de visión finalizaba en avisos luminosos de establecimientos de diversos rubros. Y comprendí que finalmente, estaba sola. 

Nunca tuve la oportunidad de viajar así, por lo que aquello me parecía una aventura. Esta experiencia no fue otra cosa que una grieta dentro de un canal. En todo el transcurso, no hubo en mí un ápice de valentía para emprender movimientos temerarios. Tal vez fue la ciudad más grande en la que había estado. Me asusté cuando vi desde el avión la magnitud de su extensión y me imaginé pequeña, perdida y sin gran suma de efectivo que me garantizara una seguridad para el retorno.

—Siempre lo seguro –pensé–, por eso no he visto más allá de mis narices en toda mi vida- 

Cuando escucho los relatos de los viajeros más osados, siento una sana envidia, un incontrolable deseo de tomar cuatro trapos y largarme a recorrer espacios con otras culturas. Tenía frente a mí, un universo desconocido y no fui capaz de dar un paso fuera de allí por los temores de costumbre. 

Casi pude escuchar las advertencias de mi madre, hoy en otras dimensiones, repitiéndome constantemente los cuidados que debía prever en cualquier situación fuera de casa. ¡Y yo que presumo de arriesgada! 

Me acurruqué en un asiento, como un ovillo, abrazada al abrigo que llevaba previniendo cualquier cambio de clima en el camino, pensando que fui un árbol sin edad creciendo hacia abajo por miedo a morir quemada de una insolación. 

Como una ráfaga, los pensamientos cruzaron sobre mí todos los recuerdos, aquellas experiencias que desencadenaron este óxido emocional que nos empeñamos día a día en restituir a pesar de los quiebres. 

Como excusa, el destino, cada vez que nos volvimos blandengues y saboreamos la devastación entre los escombros del olvido, pensábamos qué era el destino. 

Antes de irme, volteé disimuladamente para verla una última vez sumida en un desenfrenado llanto que hizo que mis posteriores ocho horas de espera fueran un dramático sumario de recriminaciones. 

De toda esta historia decidí escribir un manual para disimular las despedidas, un compendio de consejos útiles cuyo objetivo es aparentar ser fuerte aunque por dentro, se desgaje la pérdida. 

Nos hemos perdonado. Mi práctica recurrente de ahogar el llanto, finalmente ha dado resultado. Ahora escondemos el arte de extrañarnos. El re-descubrirnos alivió las heridas, enderezó malos entendidos y anestesió al futuro que falta para volver a mimarnos.

JULIANA DE PAPAS





Los primeros años en pareja son un espiral que succiona los sueños individuales. Una mujer es capaz de abandonar (se) todo en pro de la vida conyugal. Los días se tornan ahumados como el asado dominguero, para demostrarle a la familia lo que se ha aprendido en el poco tiempo del insomnio y otras menudencias cotidianas. No se aprende pronto cómo recoger una siembra que ha sido impuesta ni se ensaya recogerla.

Nunca sabe hacia dónde se va expandiendo el universo elegido, pero de seguro, no es hacia dentro. En lo doméstico, y por descuido, el vacío se va apoderando de cualquier espacio de luz hasta dejar el espíritu completamente desecho.

De cuando en cuando ella se refugia en los libros. El costo de imbuirse en otros mundos, no vale el tiempo que, para él, significa el aprendizaje de ficciones imposibles de manejar. Ese vasto mundo que proporciona el milagro de una historia que atrapa, no debe ser prioridad para una buena ama de casa.

La compra de las obras se hacía en silencio, ocultando o destruyendo recibos de la tienda, delatores de su pecado. No necesariamente era una prohibición, pero siempre fue motivo de discusión  lo que representaba el costo en comparación con otros gastos “importantes”. Como ya es sabido, los primeros pasos del amor conyugal dan todo por hecho y cualquier actividad es justificable en pro de la construcción de la familia.

Había poco tiempo para la lectura. No se puede hojear un libro mientras se tienen las manos humedecidas al cocinar o se hace una juliana de papas para el almuerzo. Las papas finas, vale mencionar, eran las preferidas de su compañero de vida y ella creía fielmente en tener este tipo de detalles, pues sumaba puntos a la relación.

Ah, los detalles… cuántos hubo de mi parte y durante tantos años. Sucede que no para todas las parejas, un detalle tiene el mismo valor ni la misma prelación. Por ello un día nos sorprendemos cenando solos mientras vemos la televisión y ya no hay nadie que nos haga una juliana de papas.

El sepelio de Sara Batista






Me entretiene escuchar cuentos de ancianos y de cómo se divertían en su juventud y casi puedo sentir el aire limpio que hoy se ausenta de las calles que transito. Claro que existe una diferencia universalmente evidente. Basta retroceder un poco en la historia, en la música de  antaño que relataba un día a día diferente, sano, limpio.  Sin embargo para ellos, los de antes, cualquier manifestación de modernidad podía ocasionar un escándalo manifiesto.

Cuánto hemos retrocedido a pesar de los años transcurridos. Hasta los diálogos con la naturaleza se han tornado en imágenes de un exterior intransigente y baldío. Para tanto tiempo distante, es mínima la trascendencia de una mentalidad vanguardista que se precie de abandonar los mitos y avanzar hacia un conocimiento libre.

En eso meditaba en las exequias de Sara Batista. Recuerdo que  los trajes eran llamativos. Los tiempos han cambiado y ya no es tan importante plegarse a la norma de vestirse de congoja. Mucho menos con la prisa que vive el caraqueño y lo intempestivo de las muertes de ahora. Ya ni los muertos dan chance suficiente para mandarnos a hacer un atuendo acorde con la ocasión.

Sara, como tantas otras heroínas de historias cotidianas, fue una gran mujer, pese a los comentarios adustos que logré captar cerca de la cafetería de una de las funerarias más concurridas de la ciudad. Su vida se centró en la crianza de sus dos hijos, Marta y Bernardo, a quienes sacó adelante con un esfuerzo generoso. Su contienda fue solitaria como la de tantas otras, ya que el padre de las criaturas murió temprano, dejando el patrimonio repleto de deudas.

Sara entonces, con una viudez impuesta y arrastrando la fisura económica de su herencia, no tuvo más remedio que superar amaneceres temerosos mezclados con una fortaleza que no le fue inculcada desde niña, solventando así los picotazos de un vaivén ingrato para salir adelante.

-Parece que estuviera dormida –

Murmura una de sus vecinas, con quien Sara nunca tuvo mayor contacto salvo los saludos propios  se dan en un ascensor y sin darse cuenta de que yo, muy cerca, logré entender la dirección venenosa de sus comentarios. Otra de las mujeres presentes, la del negocio de dulces, de aspecto solemne y lúgubre,  lanzaba miradas corrosivas a la vez que enderezaba la pose de su pequeño hijo, quien parecía un soldado sancionado, tratando de sobrevivir después de un fracaso en la batalla.

Este sepelio fue un acontecimiento importante para mí. Aprendí a leer los labios de aquellas maldicientes que dejaban colar los chismes entre sus dientes, entretanto lloriqueaban como para convertirse en las mártires del acontecimiento. 

Las observaba al descuido, improvisando mis dotes precoces detectivescas, aprendidas de los programas de televisión que miraba escondida de mi madre cuando planchaba. Siempre practiqué la evasiva costumbre de mirar de lado, de esa forma nadie advertía que me enteraba de todo.

-Estoy destrozada-

Decía Lolita, la del piso 5, famosa por sus pasteles de guayaba, los cuales ofrecía los fines de semana a toda la vecindad a un costo relativamente económico. Inmediatamente soltó un sollozo y ocultaba su rostro entre los bordes de un pañuelo arrugado que colgaba de su dedo meñique.

Me fascinaba la manera inconsciente en que la gente profiere juicios de los muertos. Advertí que se trata de un  aprendizaje, como queriendo dejar claro ante la sociedad que sus desconsuelos son aún peores que los de los mismos parientes. Dejar de fingir podría convertirse en un rompimiento, una especie de divorcio de la comunidad, una traición a los vecinos.

Confieso que me divertían estos aquelarres. Si bien iba obligada por mis padres, la idea de burlarme internamente de las “lloronas de la cuadra” y adivinar sus comentarios hipócritas entre dientes, se me antojaba atrayente.

-Chica, hay que superarlo. Ella era tan buena, tan servicial, la pobre, sufrió mucho, quizás esa enfermedad le ocurrió por tantas lágrimas derramadas. –Le respondía con complicidad Dilcia a Lolita, la de los pasteles.

Me vino a la mente el día que las escuché conspirando en las escaleras del edificio, dudando de la dignidad de Sara, cuando llegaba a altas horas de la noche, sudorosa de tanto trabajar en un supermercado cercano. No le permitían regresar a casa hasta tanto no hubiera trapeado todos los pasillos del ala oeste, los del frigorífico, que por la naturaleza de sus productos, era el que más se ensuciaba durante el día.

Esa mañana, según destrozaban la vida de Sara, reían a carcajadas mientras compartían con detalle el estado en que Sara llegó la noche anterior, despeinada, con signos de cualquiera cuyo salario apenas alcanzara para comer. Iba yo bajando las escaleras cuando escuché sus risas siniestras, las malas intenciones en sus palabras. Me quedé inmóvil, imponiéndome un silencio que me devoraba y a la vez, escandalizada.

Nunca hice referencia de aquella conversación. Decidí no alojar pensamiento alguno de una situación que por demás, asqueaba. No fue hasta ahora, en el funeral de Sara, cuando recordé aquel episodio que me abrió los ojos ante la falsedad y me hizo madurar de un solo portazo. Nunca más asistí a velorio alguno. 

Ni siquiera al mío.

PRIMER SACRAMENTO





soy la bautizada

con el nombre de nadie

mujer primicia

mostrada en los silencios

cubierta por la sombra indiferente del ejemplo

ahora que soy ilícita

soy la espera

la hache muda

el delito frutal para que me sepas íntegra

el regreso sin porvenir

a los estados de gracia

una vez que me comulgues

dobla tu voluntad

y sucumbe en este cuerpo

arañado en la gruta de la traición

luego

deja que muera mi recuerdo

la memoria es un órgano anómalo

insular

que hay que extirpar

Alquilo espalda



Represalia





Nunca antes lo ví aplaudir. Carecía de dedos con los cuales emitir el sonido de las

palmas chocando para aclamar la victoria. Ahora sí celebraba a sus anchas. La

mirada colectiva del público se llenaba de asombro. El jinete, en una vuelta súbita

de su caballo, saltaba desprendiéndose de los estribos como un papagallo en las

manos de un niño.

Sobre la manga y masticando la tierra, el coleador trató de levantarse sin éxito,

cuando Pinto, su caballo, lo arrastró un largo trecho, habiéndose enredado su pie

en el estribo.

El coleador intentaba una “Campanilla” pero Pinto no respondió como esperaba. El

toro, a quien llamaban Zurrón, resbaló en los primeros metros sin caer, pero

siguió corriendo despavorido a lo largo de la manga.

Zurrón se detuvo, volteó a ver la escena incrédulo y con un gesto de conquista, se

impulsó en sus dos patas traseras aplaudiendo con sus delanteras, para alzarse y

llenarse de laureles ante la ovación de un público que, cansado del maltrato,

finalmente vio cumplida la revancha.


Ejercicio para la publicación de "Apure en letras"  Ediciones Public-Arte