martes, marzo 14, 2017

Mecanismos para despedidas





Creí no poder escribir en un aeropuerto, así que empaqué mi  pequeña libreta con el equipaje. Sin embargo, fueron tantas horas de espera las que tuve por delante, que compré un cuaderno de apuntes en una de las simpáticas tiendas que rodean los andenes.

De sobra sabía que éste terminaría repleto de recibos de pago, tickets de compra, papeles inservibles que más tarde acabarían en el bote de basura, pero aún así, persistí en mi empeño de comprar cuadernillos para cada momento o viaje importante que se me presente. 

La última vez que nos vimos, fue una separación distinta. Un tinte de orgullo se mostraba sobre las heridas. El ímpetu juvenil erizaba sus pestañas, queriendo demostrar las fauces de una mujer emprendedora, dispuesta a dragar caminos, colocados a su  favor y esa valentía adolescente que a todos nos hace desdeñar  consejos y enfrentar al mundo. No imaginamos entonces, que el  giro de los días se nos haría eterno y de mi parte, ya casi había  perdido la esperanza de un reencuentro. 

Pero los años pasaron y una foto antigua donde reíamos juntas, sirvió de marco a infinidad de historias, fantasías y planes efímeros de bitácoras imaginarias. Los errores se hicieron solo puntadas invisibles en prendas que ya no se usaban y el habitual recorrer de  la vida nos hizo olvidar culpas y malestares. 

Esta vez, la dejé melancólica, con esos ojos de niña asustada que conserva a pesar tantos cumpleaños lejos de casa. Trató de vestirse con un esmalte valiente, una armadura infranqueable que rebotara mis inquisitivas miradas buscando su fragilidad. Entendí entonces, con qué frecuencia nos imponemos máscaras para no mostrar una vulnerabilidad humana que nos fue dada para expresar los vacíos y compartir la congoja. 

Bárbara aprendió de mí todos esos mecanismos. Le transmití, a sangre y fuego, las historias de los perritos perdidos, tocando puertas inútilmente, en busca de un poco de calor de hogar y, a pesar de ello, mostraban los dientes furiosos para ocultar el recelo. Ella sabe de la indolencia, conoce perfectamente el sinónimo de abandono. Por eso aprovecha su destreza en el arte de fingir. Tanto invierte en esa apariencia, que no hay dolor posible que parezca doblegarla. 

Sostuve, por instantes, los momentos recientes, extraños por presentarse como una mezcla de sensibilidades. Era como reconocerla nuevamente, presentarnos y luego intimar recordando acontecimientos tristes. 

Volvimos al origen de los sueños de niñas, tropezamos, siendo adultas, con las prerrogativas de saltar de uno a otro período a capricho. Saber que en nueve noches no tomaríamos las cosas en serio y que cada minuto estaba dispuesto a disfrutarse como viniera, sin planes previos. Fue un corto receso de actividades, imprevisto, como regalo divino, para obtener un abre bocas al hambre de abrazos que ya comenzaba a anestesiarnos. 

Tenía que escribir sobre esto. Un adiós líquido entre madre e hija, unos pocas horas que nos dejan con apetito después de tantos años de ausencias, una ansiedad atragantada como mordaza para no hacer una escena de novela en un pasillo de pasajeros a punto de abordar.

—Tan solo será por un tiempo –nos decíamos repetidamente enlazadas la una a la otra.

—Después de todo, ¿qué son 5.000 kilómetros de distancia? –le dije bromeando, buscando una sonrisa confundida entre las lágrimas que comenzaban a brotar de su desierta inocencia. 

Fue entonces cuando germinó el milagro afónico, donde ninguna se atrevió a pronunciar un vocablo. Sentí piedras diminutas caer sobre mi pecho, a la vez que su temblor aumentaba desfragmentado y silente. Sin duda, nos encontramos de nuevo en el umbral de la carencia, rindiendo un tributo a una promesa de vernos pronto, pero en el fondo, sospechando, pesimistas, que la vida tal vez no repetiría una oportunidad como aquella. 

Una vez traspasado el chequeo habitual, no había retornos. Me encontré de pronto con extensos pasillos pulidos cuya línea de visión finalizaba en avisos luminosos de establecimientos de diversos rubros. Y comprendí que finalmente, estaba sola. 

Nunca tuve la oportunidad de viajar así, por lo que aquello me parecía una aventura. Esta experiencia no fue otra cosa que una grieta dentro de un canal. En todo el transcurso, no hubo en mí un ápice de valentía para emprender movimientos temerarios. Tal vez fue la ciudad más grande en la que había estado. Me asusté cuando vi desde el avión la magnitud de su extensión y me imaginé pequeña, perdida y sin gran suma de efectivo que me garantizara una seguridad para el retorno.

—Siempre lo seguro –pensé–, por eso no he visto más allá de mis narices en toda mi vida- 

Cuando escucho los relatos de los viajeros más osados, siento una sana envidia, un incontrolable deseo de tomar cuatro trapos y largarme a recorrer espacios con otras culturas. Tenía frente a mí, un universo desconocido y no fui capaz de dar un paso fuera de allí por los temores de costumbre. 

Casi pude escuchar las advertencias de mi madre, hoy en otras dimensiones, repitiéndome constantemente los cuidados que debía prever en cualquier situación fuera de casa. ¡Y yo que presumo de arriesgada! 

Me acurruqué en un asiento, como un ovillo, abrazada al abrigo que llevaba previniendo cualquier cambio de clima en el camino, pensando que fui un árbol sin edad creciendo hacia abajo por miedo a morir quemada de una insolación. 

Como una ráfaga, los pensamientos cruzaron sobre mí todos los recuerdos, aquellas experiencias que desencadenaron este óxido emocional que nos empeñamos día a día en restituir a pesar de los quiebres. 

Como excusa, el destino, cada vez que nos volvimos blandengues y saboreamos la devastación entre los escombros del olvido, pensábamos qué era el destino. 

Antes de irme, volteé disimuladamente para verla una última vez sumida en un desenfrenado llanto que hizo que mis posteriores ocho horas de espera fueran un dramático sumario de recriminaciones. 

De toda esta historia decidí escribir un manual para disimular las despedidas, un compendio de consejos útiles cuyo objetivo es aparentar ser fuerte aunque por dentro, se desgaje la pérdida. 

Nos hemos perdonado. Mi práctica recurrente de ahogar el llanto, finalmente ha dado resultado. Ahora escondemos el arte de extrañarnos. El re-descubrirnos alivió las heridas, enderezó malos entendidos y anestesió al futuro que falta para volver a mimarnos.

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