sábado, julio 09, 2011

MONÓLOGO 2






Ha vuelto. La maroma danza a mi derecha, se vuelve líquida, desemboca en mi frente. Una vez más, los miedos de antaño, sencillos, definitivos. Lo que antes fue fortaleza, hoy es un error reincidente.

No sé qué hacer con mis silencios después de haberlos desatado tantos años. En ellos encontré el signo inconfesable de las bestias. De ellas hablaban todos mientras dormían sobre la exuberancia de la vida. Y yo, indiferente, pasé de largo entre el descampado, serpenteando los acordes pegajosos de un sueño.

Mis silencios cuerdos envueltos en mortajas se convierten en afonías restauradas al voltear los rincones.

He llegado a este santuario huérfana, ignorando lo que hay del otro lado del sigilo. Pierdo los mapas y caigo en la catástrofe de la excusa perfecta. Después de todo mi estigma sigue siendo casto al lado de otros paraísos. Cada letra claudica cerca del verso y en esta costa (silente), muere una sola tiniebla.

Nunca es el mejor momento para mostrar la intemperie. Por eso callo. Un día, los que se jactan de justos, hacen conjeturas que no me contienen, por eso mienten y agrandan el color de mis infiernos. Me inquieta no saber qué hacer con la impaciencia.

No se detienen en esta quietud impuesta donde solo se escuchan grillos. Envenenan mi historia (con la pócima que usualmente colocan frente a mí), pero nadie se hace cómplice de este verbo denso, nadie aboga por los milagros ajenos y clandestinos.

La casa henchida, la casa de la mujer descreída, salpicada del cuestionamiento se rebosa y no acuden a salvarla.

¿Cuántos van a renegar de la exacta realidad que me sujeta? Seguramente todos.

No concluyamos del todo. Las medallas de honor, de todos los héroes, tienen dos caras.

jueves, julio 07, 2011

Monólogos 1


Fotografía: chema madoz

Definitivamente es imposible engullirse el texto si el silencio no se asigna. Hay que obtener un pasaporte sin sellos ni destinos para trasgredir el bullicio e imponer el estado crítico donde la letra brote ingenua, lisa y sin adornos a escindir el papel y quedarse.

Cuánto ha costado esta transición? Cuánta ignorancia me ronda hasta estallar en una verborrea que se convierte en el extracto de la interrupción?

No termino de construir ese puente en el que puedo ir y devolverme cuando el verbo lo requiera.

Siempre está a medio hacer. Lo dejo en suspenso a diario y cuando puedo regresar, apenas se me permite colocar un solo adoquín.

Hace falta comprar el tiempo, lograr el espacio rugoso presto a dejarse alisar. Y entonces, soltar el ancla y quedarse para siempre.

Reconozco que no lo logro. Hay excesos de compañía. Cuando creí haber completado todos los elementos, me desgajé entre hendijas y separé las juntas. No basta ignorar todo este escándalo. Hay que aprender a separar el silencio, decantarlo y quedarse sentada sobre el único banquillo donde nadie habla mientras alrededor hay multitudes que huyen de su introspección.

Se dificulta. Y hasta la disciplina se hace cuesta arriba en estos momentos en que la huida parece la única alternativa.

Huir, sí, con las consecuencias que ello traiga, con el color de la retirada.

Entonces no hará falta la insurgencia.