jueves, febrero 21, 2008

El poema ciego


Encuentro casual en el que el destino hizo los arreglos que darían pie a una situación poco común. Nunca sabrán porqué ese lugar y no otro más usual en estos casos. Pero sucedió el contacto.
Escapaba ella de una rutina que asfixiaba cada hora del día y, colgada de pequeñas cascadas de lágrimas, esperaba que en su trayecto apareciera de súbito un sobresalto, una aparición que le motivara a sonreír con solo desearla. Y nada ocurría... un día idéntico al otro, horas muertas, minutos iguales sucediéndose sin cambios... prisa todas las mañanas, un recorrido sin desvíos ida y vuelta, nada provocando escalofríos en los huesos.
Lejos de sospecharlo, él seguía a diario un monumental ritual de hombre bondadoso y ejemplar. Creyendo que cada acto lo hacía mejor persona, mejor familiar y padre y que sólo eso existía y que, con ello, el cielo sería suyo, sin saber que alcanzarlo también tiene otros caminos.
El encuentro ocurrió, accidental, pero ocurrió. En una escena sin presencia real que se convirtió en afinidad por las letras, identificando frases y verbos por conjugar, no se hicieron esperar los planes de un contacto, un excepcional contacto, breve y repleto de una adrenalina que pocos conocen, que pocos se permiten.
Nunca sabrían en qué punto exacto de la charla se planificó una placentera aventura que sería absolutamente condenable a la luz pública y que se bautizó en excelso secreto travieso.
Ganas ocultas, atrevida lujuria, cínica seducción e incontrolable deseo por lo desigual y un atrevimiento hacia el vuelo a la poesía, ingredientes donde sólo importaba el cierre de los párpados, el toque de los dedos, la piel como bandera izada, una sensación a punto de graduarse de musa y, a ojos cerrados, una gran dosis de imaginación.
La leyenda se desarrolla sin más pretensiones que llegar al empalago y crear una historia entre líneas, sentir, tan solo sentir...
Derroche de voces en susurros quedos, sortilegio sin identidad, sin datos de donde atar otra conexión que no sea el maravilloso momento sin futuro, sin saber cuándo sería la próxima vez, de haberla, lo que deriva en un pensamiento de actuar como la última, constante despedida probablemente sin serlo, que amenaza y que, sin querer conforma uno de los puntos de más emoción. Era un juego que provocaba tempestades y arreciaba con furia en un tránsito por cuerpos y roces del alma, donde se desconoce la sociedad, donde sólo lo verdaderamente subliminal concierne, sin reglas, mitos ni normas que sean obstáculo alguno para un vuelo que, repito, pocos se atreven a vivir.
Se quisieron sin verse, siempre sin verse y sin quererse ver, imaginando cada rasgo, cada pliegue de piel, cada accidente de carne, cada expresión, cada cicatriz, con solo deslizar los dedos y, a ojos cerrados voluntariamente, solo tacto, solo dejar desbordar los sentidos y desplegar torrentes de revoluciones.
Así sucedió muchas veces, con la promesa de respetar la vida real, de quedarse en el límite de la identidad sin traspasarlo, procurando el mismo rincón como templo de ceremonia a una oscuridad que ya se hace familiar encasillando en cada empalme las palabras dichas, para luego, crear una historia distinta que dejaba la puerta abierta para volver a escribirla.
Ciegos de verdad, ciegos de ganas y ciegos de la inservible curiosidad que sólo dañaría el despegue de un viaje que planificado no podría encontrar los atajos que refrescan la tensión y la rutina imprimiendo nuevas fuerzas para continuar en una lucha que parece no tener final.
Ocasionalmente ella rinde culto a esos momentos. A solas, con luces apagadas y a oscuras... las evoca tanto que duelen.
Bella historia sin trascendencia, sin consecuencia, de efectos inmediatos, con intensidad de chispas de bengala que pronto se apagan pero que, mientras duran, podrían quemar hasta sobre el hielo.
Quizás algún día se tropiecen en una vereda, en una tienda o quien sabe si en un ascensor sin saber quienes son, pero un escalofrío sin motivo recorrerá sus pieles y los hará voltear con sorpresa, tratando de identificar algún detalle que los delate... un olor, un gesto, tal vez una voz, como únicos elementos de enlace en un cuento muy peculiar.
Una nota musical que trepó sobre una letra y formaron un poema ciego dentro de una habitación.

El potiche

Aún no he podido encontrar la definición exacta en ningún diccionario, pero lo cierto es que existe en mi mente lo que puede darme una interpretación del objeto en cuestión. Y es que más que un objeto conforma parte de mi pasado, de mi niñez, adolescencia y hasta adultez puesto que en todos los momentos importantes de mi vida estuvo y lo que es mejor aún, está.
Trátase de una especie de jarrón de cierto decorado que estuvo siempre presente en el ámbito de mi hogar, durante todo mi crecimiento. No puedo recordar su procedencia con certeza, pero lo que sí sé es que su dueña lo cuidaba con recelo, tanto, que llegó a ser causal de enfados y amonestaciones, para el momento, bastante severas.
Siempre tuvo un sitial de honor en la casa... bien en el mueble de la entrada, bien en alguno de salón, pero que siempre estuviera a la vista a quien abordara el recinto.
Su forma de lujosa vasija cabía perfectamente bajo cualquier perspectiva visual y su decorado combinaba con diferentes tipos de colores y texturas que se encontraban en el ambiente. Hay que destacar que su estilo es bastante clásico y rococó y estoy segura de que, aunque no es una obra de arte como tal, la antigüedad y la elegancia que lo caracteriza podrían fácilmente convertirlo en ella. Su color de fondo es crema, brillante, de un suave beige matizado. Sobre éste último, los arabescos que lo adornan parecen filigranas de oro posadas cuidadosamente sobre la superficie. Dibujos no muy definidos compuestos de ornamentos, volutas estampadas que casi podrían emitir melodías cuando se observan...soberbia distinción dondequiera que se le coloque.
Recuerdo claramente las reprimendas por tan solo pasarle cerca. Con sólo imaginar el peligro que corría de un tropezón y por consiguiente caída, el alboroto era latente. Y es que la dueña apreciaba tanto al mentado adorno que bien podría afirmarse que sufrió durante toda su existencia por su conservación. En una ocasión, su tapa cayó al piso, con la buena suerte de solo sufrir astillas en la punta. La rotura fue cuidadosamente reparada y, a partir de allí, engomó su tapa con pegamento para evitar futuros accidentes, razón por la cual, nunca más pudo usarse de florero.
Padecí tantas veces de los interminables regaños de la dueña, que sencillamente no podría haber mejor heredera que yo, quien lo aprecia como nadie y a la vez, otorgo los mismos cuidos que aprendí durante mi infancia.
No sólo adorna el ambiente, y debo referir que otrora, detestaba al fulano búcaro, sino que también conforma parte de mi irremediable sentimentalismo.
Aún existe, aún me recuerda tiempos felices, aunque estuvieran aderezados de la consabida reprensión...
Ahora, yo tengo su custodia y defiendo a cada transeúnte que se arriesgue sin cuidado a pasarle cerca. Abuela no pudo encontrar mejor defensora para custodiar nuestra obra de arte, porque todavía sigue siendo de su propiedad... yo solo lo cuido, hasta que dure, y mientras dure, adornará los recuerdos dulces de mi vida, me llenará de añoranzas que suavizarán los duros tiempos que luego vinieron a cambiar los ambientes. Pero el potiche sobrevivió cualquier catástrofe, como mi memoria... que tiene siempre el sello de las caricias de mi abuela.


Hembras

A los caballeros les gustan las mujeres descalzas, de labios húmedos y manos sin domesticar. Potras cínicas que arrastran dolores de amores pasados y mueren por bocas lujuriosas, dejando las murmuraciones en sus tacones.
Hembras que no se compran con champagne, ni versos rosados, que dicen sin decir, tocan sin tocar y dejan su presa colgada a sus tobillos por tiempo indefinido.
Ellas no son cualquier mujer, tienen una dosis exacta de misterio y paranoia, dejando huellas de vicio en el cuello de sus camisas.
Acróbatas que balancean ternura e intemperancia al mismo ritmo, sin albergar las dudas, que no son santas ni pecadoras.
Las que abusan de los caprichos, las que leen con vehemencia, desprecian las posesiones, odian el automatismo y lo doméstico y se convierten en indignas ante los ojos de las señoras.
A ellos, les gustan así, con una montaña rusa en sus rodillas, desafiando la gravedad, amantes del vino y del buen paté, con la profundidad de un ombligo, capaces de vivir si las abandonan y de pagar un taxi y decir adiós sin dejar un rastro.
Ellas les hacen creer que pueden mentirles, que las subestiman y ríen, vuelan sin alas, excavan sin ser reptiles y primero las destruyen antes de verlas lejanas, despojas y vencidas.

Piel de blonda

Se erizan sus poros
pequeños y minuciosos
murmullan al tacto,
responden a ratos
dejando actuar al verbo,
emprendiendo recorridos
que las papilas disfrutan.
Se desprenden los ecos,
cayendo lentos
y con un diminuto susurro,
la acuarela
se diluye en el lienzo,
haciendo de éste,
la blonda que cubre su cuerpo.

No me hables de suicidio

No. De eso por favor no me hables. No a mí, que conozco del vértigo y la caída, del efecto de la gravedad en los labios.
Háblame de cualquier otra cosa que sea triste, pero quédate en el límite y no me hables del suicidio.
A mi no, porque conozco el vacío que se siente cuando la conciencia se pierde, cuando los deseos de vida se ausentan.
No me causan ya sorpresa ninguno de los métodos, los conozco todos, uno a uno pasearon por mi mente, propios, ajenos…
Podrías hablarme, por ejemplo, de la longitud que tiene la base de tu melancolía, de los pasos desganados que usas para no salir de ella,
de los logros para alimentar tu desconsuelo, pero no de suicidio, de eso no. Sé del diminuto avance a la línea de la muerte, de su rostro, de su burla. Sé del terror más que de cualquier desdicha que se disfrace de misericordia, del sabor eterno de una huella macabra, póstuma, eterna.
Por eso, delante de mí, no intentes ilustrarme el suicidio, lo conozco cercano, mordaz, perpetuo.
Está repleto de consecuencias, créeme, cargado de cicatrices. De eso sé demasiado, no me enseñes más facetas que he tenido suficientes cataduras. Dime que puedes llegar al margen y retroceder a tiempo,
Déjame admirar el coraje del último minuto y observar atenta como crece la vida en ti, por ti y para ti, sin que haya un factor externo que, con pinzas, destruya tu existencia.
Pero no me hables de expiaciones, no a mi, que al instante me cubro la mirada con dolores antiguos y, en vez de llegarte, tengo la tendencia de enterrarme profunda para no mirar de nuevo el entorno de una inmolación con horror.
No a mi… de suicidio no a mi.

Monstruos bajo la cama

De pequeña, como todos los niños, albergué en ocasiones, el temor a los monstruos, fantasmas, duendes, y todos esos personajes creados por los adultos con el fin de amedrentar a los pequeños para obtener con ello, una conducta más favorable.
Con el tiempo aprendí, junto con los miedos propios de la infancia, que cada quien adquiere sus propios monstruos, les da albergue, les abriga, los alimenta cada vez que les temen y ellos van creciendo poco a poco hasta adquirir dimensiones inimaginables.
Se apropian del tiempo, del espacio y hasta del pensamiento. Generamos adrenalina ante su presunta presencia y ésta es el más nutritivo alimento para que sigan creciendo.
Logré desterrarlos de mi vida en una contienda que me llevó largos días luchando con mi fuerza de voluntad, con mi sangre, con la humedad de mis ojos, con la sociedad.
Aprendí en ese entonces que solo enfrentándolos, desarrollaba mi coraje y mi fuerza y así ya nunca más volví a cubrirme los ojos cuando algo parecía asustarme.
Hace algunos años, conocí al catire. Hombre de grandes cualidades y una inmensa falta de amor a lo largo de toda su vida. Durante su niñez, hubo abundancia de tristezas y miserias y su infancia transcurrió en una permanente inestabilidad emocional. Creció abocado en una búsqueda inútil y ficticia de valores que nunca fueron satisfactorios.
El catire sufría de esos miedos a los monstruos bajo la cama, esos que jamás vio pero que le aterrorizan de solo escuchar las historias. Vivió encarcelado largos años por no asomar la cabeza bajo su lecho y descubrir que no había nada en el sitio, pero su aprensión era mucho más fuerte que el poder de la decisión.
Catire esperaba que los monstruos se fueran solos, que cedieran un día en su afán por asustarle. Y así pasaron los días, los años y perdió su tiempo encerrado, esperando y esperando la huida de unos seres que nunca existieron.
Pasaban los trenes, diversos turnos, muchos destinos, pero catire no fue capaz de asomarse a mirar que nunca hubo nada de qué preocuparse y que el miedo había que enfrentarlo. En una oportunidad conoció el amor y hablaba de los muchos sueños que cumpliría. Sin embargo, catire nunca enfrentó sus temores y el amor terminó por irse agotado de esperar una disposición favorable, una manifestación firme de defender lo que sentía.
Hace poco lo vi pasar cabizbajo, se dirigía al mismo sitio de siempre. Le pregunté sobre su vida y solo supo hablarme de su soledad y de su lecho, ese de donde aún salen los monstruos que nunca existieron pero que era tan difícil enfrentar.

Nota del Autor:
Cualquier parecido con la realidad… es pura coincidencia.