jueves, febrero 21, 2008

El potiche

Aún no he podido encontrar la definición exacta en ningún diccionario, pero lo cierto es que existe en mi mente lo que puede darme una interpretación del objeto en cuestión. Y es que más que un objeto conforma parte de mi pasado, de mi niñez, adolescencia y hasta adultez puesto que en todos los momentos importantes de mi vida estuvo y lo que es mejor aún, está.
Trátase de una especie de jarrón de cierto decorado que estuvo siempre presente en el ámbito de mi hogar, durante todo mi crecimiento. No puedo recordar su procedencia con certeza, pero lo que sí sé es que su dueña lo cuidaba con recelo, tanto, que llegó a ser causal de enfados y amonestaciones, para el momento, bastante severas.
Siempre tuvo un sitial de honor en la casa... bien en el mueble de la entrada, bien en alguno de salón, pero que siempre estuviera a la vista a quien abordara el recinto.
Su forma de lujosa vasija cabía perfectamente bajo cualquier perspectiva visual y su decorado combinaba con diferentes tipos de colores y texturas que se encontraban en el ambiente. Hay que destacar que su estilo es bastante clásico y rococó y estoy segura de que, aunque no es una obra de arte como tal, la antigüedad y la elegancia que lo caracteriza podrían fácilmente convertirlo en ella. Su color de fondo es crema, brillante, de un suave beige matizado. Sobre éste último, los arabescos que lo adornan parecen filigranas de oro posadas cuidadosamente sobre la superficie. Dibujos no muy definidos compuestos de ornamentos, volutas estampadas que casi podrían emitir melodías cuando se observan...soberbia distinción dondequiera que se le coloque.
Recuerdo claramente las reprimendas por tan solo pasarle cerca. Con sólo imaginar el peligro que corría de un tropezón y por consiguiente caída, el alboroto era latente. Y es que la dueña apreciaba tanto al mentado adorno que bien podría afirmarse que sufrió durante toda su existencia por su conservación. En una ocasión, su tapa cayó al piso, con la buena suerte de solo sufrir astillas en la punta. La rotura fue cuidadosamente reparada y, a partir de allí, engomó su tapa con pegamento para evitar futuros accidentes, razón por la cual, nunca más pudo usarse de florero.
Padecí tantas veces de los interminables regaños de la dueña, que sencillamente no podría haber mejor heredera que yo, quien lo aprecia como nadie y a la vez, otorgo los mismos cuidos que aprendí durante mi infancia.
No sólo adorna el ambiente, y debo referir que otrora, detestaba al fulano búcaro, sino que también conforma parte de mi irremediable sentimentalismo.
Aún existe, aún me recuerda tiempos felices, aunque estuvieran aderezados de la consabida reprensión...
Ahora, yo tengo su custodia y defiendo a cada transeúnte que se arriesgue sin cuidado a pasarle cerca. Abuela no pudo encontrar mejor defensora para custodiar nuestra obra de arte, porque todavía sigue siendo de su propiedad... yo solo lo cuido, hasta que dure, y mientras dure, adornará los recuerdos dulces de mi vida, me llenará de añoranzas que suavizarán los duros tiempos que luego vinieron a cambiar los ambientes. Pero el potiche sobrevivió cualquier catástrofe, como mi memoria... que tiene siempre el sello de las caricias de mi abuela.


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