miércoles, junio 08, 2011

El arte de testar


Porque el amor es simplemente eso:
la forma del comienzo
tercamente escondida
detrás de los finales.
ROBERTO JUARROZ

Todo es extraño. Este asueto pareciera estar así a propósito como para que aprendiera algo importante. Y esta sensación de desasosiego. Se que no es por la falta económica, tiene otra razón, otro aprendizaje, otro objetivo. Dije que escribiría mucho y ya han pasado tres días y recién comienzo con una reflexión.
Este pequeño momento de silencio y soledad solo me deja desconcierto porque es como hacer las cosas con premura, apurada.
Ojalá la libertad no hubiera tenido el precio de la muerte.
Desde hace días escucho los comentarios de gente que se ha marchado para siempre intempestivamente. Oigo con cierta displicencia como después de muertos somos importantes, como se lamentan las personas de no haber dicho ni hecho lo que debían mientras el ausente estaba en sus vidas. Y ese lloriqueo constante y punzante pero farsante podría haberse canjeado por momentos de alegría si no se antepusieran los conflictos egocéntricos antes que la realidad normal y cabal del ser humano que tiene el deber de ser feliz.
Dicho y pensado, me pregunto para cuándo tendré el pasaje de regreso. No hice reservación alguna y hay noches en las cuales pienso que falta demasiado para ese día. Sin embargo, nunca se sabe. Otro día, siento ciertos dolores pequeños que colocan la hipocondría en su lugar o quién sabe si allí hay algo que está avisando el comienzo de un fin. Nunca se sabe.
Antes de partir quisiera dejar mi legado en orden, haber dicho las cosa que tengo que decir, estar en paz, sabiendo que no dejé atrás cosas inconclusas.
No sé cómo comenzar ni por quien. Si mañana me informaran que tengo una enfermedad incurable, nunca sabría el tiempo exacto que me queda para hacer lo que tengo que hacer. Eso sería lo de menos. Si muero de pronto esta noche, tal como quiero morir, sin dolor, sin padecimientos, sin darle guerra a mis seres queridos ni dejarlos en la ruina sabiendo que no tiene remedio mi dolencia, pues mejor todavía pero no tendría el tiempo de hacer lo que tengo que hacer.
Cuántos de nosotros pensamos en terminar lo que comenzamos o lo que nunca comenzamos antes de partir?
Estuve viendo una hermosa película que habla de “ayudar a un tercero”, donde trabaja maravillosamente Helen Hunt, y eso se convierte en una cadena universal de ayuda y me hizo reflexionar. ¿Cuánto tiempo me queda realmente en esta dimensión? Podré desde la dimensión que sigue cumplir con lo que dejé inconcluso? No lo creo, no creo en ello. Nadie ha regresado, al menos no se ha comprobado cabalmente como para pensar que desde otros planos podremos ayudar a otras personas o decirles lo que nunca le dijimos en vida.
Tengo una gran cantidad de música acumulada en mis aparatos, esos donde puedo escucharlas. ¿A quién le dejaré eso tan intangible?
Imagino que puede escribirse un libro con este tema. La gente nunca se hace esas preguntas. Vive, vegeta, trata de no pensar mucho en este tipo de apreciaciones y se deja llevar por el viento. Un día amanecemos con artritis, repletos de dolencias propias de la edad y ya no hay tiempo de hacer tantas y tantas cosas.
Mis hijos lo tienen todo, aunque no les parezca así. Tienen salud, aunque no les parezca así. La falta de salud no es más que agotamiento, falta de ganas de vivir, desazón, amargura. Por allí comienza todo, por una estructura mental que nos limita a sonreír, entonces se ausenta la salud.
Quién sabe su queda tiempo suficiente para dejar todo escrito, dejar la letra póstuma del amor. Quién sabe.