miércoles, febrero 13, 2008

Equivalencia







Todo tiene una equivalencia, menos yo.



Absolutamente cierto.



Las emociones, en proporción al estímulo.



El interés simétricamente colocado junto a la presencia.



Lo sensual paralelo a la caricia, lo profano al deseo,



lo trivial a la estupidez, el movimiento de la lengua al contacto,



mi avance conforme concibo trazos de inteligencia.



Equivalencias, paralelismos.



¿Debería decir proporción exacta, tal vez?



Jugar con mi psiquis, con mi racionalidad, mi temperancia,



mi sensatez, mi radical posición de entender el blanco, o el negro,



o la inmediatez con que procuro mis momentos,



no tiene parámetros de comparación ni consecuencias positivas.



Soy una ecuación sin decimales en el resultado.



No tengo céntimos y una coma en mi camino, produce un error.



No manejo medias tintas



ni disfruto el balanceo de las indecisiones.



Hace mucho demostré que no tengo equivalentes.



Soy yo, o nada.

Yo, pecadora





Yo, pecadora, me arrepiento de mi inmenso error,
de haberme asido de una mano indecisa,
de mi pretensión de futuro feliz, de mi irreverencia.
Pido perdón por los ratos de ternura que regalé,
por mis ojos húmedos, por mi inocencia.
Me culpo de extraer lo ajeno
y asumo las consecuencias de mi hurto.
Castiguen mi osadía como quieran,
no volveré a pedir absolución otra vez.
Acepto mi culpa y mi castigo, se que lo merezco.
Y en este acto de contrición,
les juro que no caeré de nuevo en tentación alguna.
Hoy devuelvo el botín a su origen.
No más pecado, no inventaré más besos nuevos.