jueves, marzo 16, 2017

Pasaje Arno







Este nudo cuando hablo de ti, lleva implícito el tiempo no perdido. Un tránsito dócil por esas calles los pasajes de penumbras establecidos por imprentas que nada ofrecían al público de a pie, sino a  pocas empresas que requerían trabajos voluminosos. Fue en el Pasaje Arno donde tomaron mis manos pequeñas y con una astucia adolescente inauguraron mis labios.

Están en ti mis memorias, Caracas, en tu pavimento sagrado, como parte de cada adoquín que algún día colocaron para construirte. Creciste y yo contigo, pero sigues desplegando centímetros adicionales, como un tentáculo que se reproduce desordenado y que se instala con magia el corazón de cada transeúnte.

Aún escucho el sonido de las máquinas imprimiendo talonarios, mientras me abandonaba en el destino de perpetuar el recuerdo del roce de un beso furtivo. Dos cuadras hube de correr para llegar a casa, asustada, creyendo que se notaba. Esta vez no advertí el bullicio familiar asignando los puestos en la mesa y todos ordenando trastos para cada menester. Cuando llegué, había cantos de silencio en las paredes y el beso seguía allí, en mi temblor de niña.

Fue en marzo, se llamaba “Pasaje Arno”, a un costado de La Candelaria y eso queda en mi Caracas de recuerdos de felpa, ciudad de claves vocales, de espejos sin regreso.




No existe una foto, he tratado de recrearte como en mis memorias
Caracas, Julio 2015, a 448 años de tu creación.

miércoles, marzo 15, 2017

Hábitos de aprendiz






"Cuando lo hayas encontrado, anótalo."
Charles Dickens



Uso el moleskine, lo cargo siempre a cuestas como una extensión de mí misma. Cualquier palabra es detonante para un tema. Casi todas son pirotecnia apagada que debo encender. Es vital el hábito de anotar. Para reivindicarme pretendo escribir el mínimo de una línea por día.

La lectura de cualquier libro, puede significar el comienzo de un texto propio. Algunas veces, lo que contradice la historia que leo, es el comienzo de la propia historia.

Busco el tiempo. El tiempo no llega por correo, hay que hacerlo. Si espero a que llegue, nunca escribo.  Un día escuché a Alexis Romero decir que nunca sale de casa sin haber leído aunque sea una línea de cualquier libro y luego reflexionaba durante el día sobre la lectura y me lo tomo como consejo.

Me proveo de un bolígrafo que escriba “rico”, de esos que deslizan la tinta sin oponerse. No hay nada peor que escribir con un artefacto que se resiste al patinar sobre el papel.

Bloqueo distracciones: dispositivos en silencio, correos, juegos, televisión y otros que puedan servir de tentación para desertar de la página en blanco.

Silencio, no llega gratis, hay que buscarlo, construirlo, defenderlo. Como único sonido,  música smooth jazz o chillout, vía audífonos,  a un volumen lo más soportable posible que impida la invasión de murmullos o conversaciones, ni el barullo del tráfico.

Busco esa unidad entre el texto y mis entrañas, fisgoneo muy dentro, desde la intencionalidad de lo creativo hasta la comprobación de mis propias suposiciones,  encontrar respuestas a las pausas, seducir la frase licenciosa y luego desaparecer una vez que se levanta el lápiz...

Un escritor nunca está conforme con el espacio que le fue dado para escribir. Sueña con ventanales amplios, vista al mar o bosques densos que valgan de inspiración. No es común tenerlos. Hasta en el más repugnante suburbio, se encuentra la belleza. En una acera, en un farol de la calle de un barrio, en un auto abandonado, en un barrendero, en todos hay una historia que contar.

Si escribo bajo techo, escribo temprano, el aire fresco, la soledad, el sigilo que nadie enfrenta por dormir unas horas de más. La madrugada es mi favorita: encierro, sombra y silencio. El cuerpo está descansado, la mente limpia de pensamientos, el ambiente es favorable.

En intemperie, o en “huida”, atrapo  parques o plazas. No cualquier parque, soy exigente. Debe tener vegetación, bancos amplios, sin columpios (me distraen los niños) y suficientemente solitario para sentarme en posición de loto y dejar espacio al desorden de mis hojas, mi cuaderno, mi momento.

Café. No hay placer superior que el vapor que despide el primer café de la mañana y su contacto con el paladar. Preparar el rito de parir la frase siguiente y buscar la creación como parte del despertar, se complementa con el sublime aroma de ese primer café.

A otras horas, el chocolate, el más negro, es un buen estimulante. Deshago su textura sobre mi lengua lentamente mientras me abstraigo y abro los límites, dejando una fisura suficientemente amplia para que pasen por ella, las ideas. 
Bastimento: Si programo mis excesos, me abastezco de alguna exquisitez que en lo ordinario no me permito. Cada letra es un sorbo, cada frase un bocado y así.

Primero escribir, escribir intenso y desenfrenado. Atrapar la frase en el aire antes de que escape, sin la ruptura de la puntuación. Luego viene la poda, el reacomodo, hacer justicia en los espacios y finalmente, el logro de la conexión que, efectivamente, exprese lo que inicialmente se buscaba.  Trato de mantener la ingenuidad primigenia paralela al  asombro de la insolencia.

Inicialmente prefiero borronear en el papel. Escribo palabras aisladas, las conecto con otras ideas, las desconecto si me parecen comunes. Entonces,  juego.

Nunca abandono el oficio de aprendiz. Leo sin cesar, no solo a reconocidos y galardonados, sino a aquellos que desde la sombra pretender “ser” garantes de su letra. Se aprende de los malos y de los buenos escritores, aún de los “no son descubiertos”. Resalto frases que atrapen, rayo, trazo flechas que recuerden que “allí” hay algo interesante que estallará en otro texto. Si  necesito más inventario para producir nuevas ideas,  leo a otros.

Una vez que el texto pretenda tener una forma final, lo dejo reposar unas horas, días, lo necesario para que, al releer, se observen los detalles del cambio. Permito insertar la crítica severa e indigna. Cerceno lo innecesario y dudo siempre de lo que se resta. Generalmente son necesarios varios “reposos” para advertir errores.

Leo el texto incipiente en voz alta, preferiblemente a otros. La vista puede engañarme y  puedo caer en la omisión detalles y reiteraciones. Trato de aprender del valor de la crítica.

Miro dentro. Miro en mi entorno. Hay cuadros, fotos antiguas de seres que ya no están y que tuvieron una historia, una miseria y un logro. Miro alrededor, hay un lecho repleto de instantes, una mesa que contuvo cenas opíparas o el hambre que lleva a la búsqueda del éxito. Pongo un personaje y  una circunstancia, allí se encuentra el texto.

La lucha es renunciar al miedo de errar. En lo profundo de la rectificación el texto debe fluir victorioso y hasta tanto no esté publicado, puede sobrevivir.

Mayo 2013.

martes, marzo 14, 2017

Cuídate






Como la guayabera






Cuando conocí a Gisela, la vecina de al lado, mi vida estaba hecha añicos. Un divorcio de  magnitudes torrenciales había ahogado mis esperanzas de un “para siempre” como símbolo de una vida en pareja y mi capacidad de socializar había mermado de tal forma, que básicamente me costaba dar los buenos días en el ascensor. Mi primera responsabilidad era Lucas, el único heredero, el motor de mis días. Así que mi vida transcurría en un ir y venir desde un empleo al que detestaba y en el que solo regresaba al día siguiente con la única intención de esperar el día de la entrega del salario que me solventaría las necesidades más básicas de cualquier ser humano; comer, pagar el techo que nos cubría, costear los estudios del niño y si acaso sobraba una mísera suma, gastarlo en un día de cine con Lucas para distraerle la mente y evitar que pensara en la ruptura de sus padres.

Gisela fue un soporte en esos días de pérdidas y abandonos. Como madre soltera podía comprender la avalancha gigantesca de miserias internas de las cuales sería víctima en adelante y los continuos tropiezos a los que se expone una mujer sola, con un hijo a cuestas y una sonrisa que mantener en su entorno laboral para que nadie advierta el infierno que soporta minuto a minuto en su pecho.

Si bien nos veíamos poco por no coincidir nuestros horarios de salida a la faena, Gisela tuvo siempre detalles amistosos que nunca podría olvidar. Estábamos pendientes la una de la otra y en algunas ocasiones compartíamos alguna comida que habíamos hecho el domingo, conversábamos sobre nuestros problemas y propiciábamos la oportunidad de que los pequeños, el mío de 9 y el de ella de 7, jugaran un rato en alguna de las dos residencias.

Fueron varias las veces que me ofrecí a llevarle a Christian, su hijo, al colegio, viéndola afanada o retrasada a la hora de salir, así como muchas otras, ella se quedó con Lucas porque me hicieron trabajar sobre tiempo en esa bendita oficina que no cumplía ninguna expectativa para mí pero que, sin embargo, me veía obligada a aceptar todas sus inquisiciones por necesidad.

Gisela alquiló ese apartamento hacía unos 3 años aproximadamente. A la dueña, Silvia, pocas veces la vi, ya que apenas estuvo unos meses luego de estrenar la vivienda y luego fue trasladada a otra ciudad, por lo que rentó el inmueble a Gisela, quien venía recomendada por una prima.

Yo, en cambio, había logrado quedarme en el apartamento que compramos durante el matrimonio en una débil disputa en la que Carlos accedió a dejarme allí solo por el niño, por recomendación de la juez de menores. Así que en ese aspecto, le llevaba ventaja a Gisela, a quien todos los años le aumentaban el alquiler, haciéndose cuesta arriba para ella cumplir con el pago con el mismo sueldo.

Nuestra amistad se hizo estrecha, de mutua colaboración y comprensión y con el elemento adicional de que ambos niños, se hicieron compañeros de juegos en corto tiempo. Gisela llegó un día de la calle con un agobio extra y los ojos llorosos. Ante mi preocupación, me pidió entrar en casa y casi inmediatamente me preguntó si podía hacerle un café cargado para tener fuerzas de contarme lo que le preocupaba. Silvia, la dueña del apartamento donde vivía, la había llamado a última hora de la tarde para informarle que, ante el vencimiento próximo del contrato de alquiler, no habría renovación, ya que se devolvía a la ciudad para emprender un nuevo proyecto personal y necesitaba la desocupación lo más pronto posible para efectuar la mudanza.

En un país donde la situación inmobiliaria se ha convertido en una verdadera odisea sin éxito. Las autoridades pertinentes habían dado carta blanca a los inquilinos de quedarse con propiedades ante la dificultad de conseguir nuevas opciones, sin el menor apoyo legal posible para el propietario, por lo que nadie se atrevía a rentar desde hace algunos años por temor a iniciar un juicio de proporciones monetarias invaluables, con el riesgo de perder ambas cosas, la querella y la vivienda.

Con suma atención escuché a Gisela entre sollozos, contar la triste historia de una madre soltera a quien recién sentía un peso adicional a los múltiples inconvenientes que como premio a su esfuerzo, le daba la vida. Con rapidez, colé un café y me senté frente a ella tratando de calmarla.

Su familia residía en otros estados, dispersa por el interior del país, así que no podía encontrar una solución inmediata su cooperación. Le aconsejé mediar el tiempo de abandonar la casa con la dueña y enseguida rompió en llanto escondiendo su rostro bajo sus brazos acusando que ya había agotado ese recurso.

Me sentí impotente. Un torrente de ideas imposibles cruzaron por mi cabeza. Una de ellas fue la posibilidad de traérmelos a casa para ayudarlos mientras encontraban un espacio acorde con su presupuesto. Pero desistí de comentarlo cuando recordé las advertencias de mi ex cónyuge con respecto a quedarme con todas las comodidades de siempre, a cambio de que no contrajera compromiso alguno con nadie. Y por supuesto, eso incluía a las amistades, por lo que la intención con mi entrañable vecina, no era procedente.

A partir de ese momento, Gisela vivió momentos bastante desagradables. Silvia inició una serie de presiones psicológicas, al punto de lograr su desestabilización emocional. Con frecuencia llegaban cartas solicitando la revocación del contrato inmobiliario, notificaciones de tribunal con amenazas subliminales, de no desocupar el espacio en el tiempo previsto, además de llamadas constantes preguntando para cuándo sería el desalojo. 

Gisela intentó realizar una búsqueda de otro lugar para mudarse, sin embargo las condiciones del país no estaban dadas para conseguir fácilmente, y con esa premura, un sitio adecuado para ella y su hijo. Como viví su historia, por la cercanía con que nos conectamos vecinalmente, sabía de qué magnitud era su preocupación.

Pasaron algunos meses y la situación se hacía cada vez más intolerable. Me afectaba de manera directa, ya que a diario actuaba como consuelo ante las angustias de Gisela. Para mi sorpresa, un día me llamó Silvia. De alguna forma se enteró del vínculo que me unía con su arrendataria y trató de tocar mis fibras sentimentales para obtener apoyo de mi parte. Me pareció una buena estrategia conversar con ella y actuar como mediación para lograr un tiempo adicional que beneficiaría a Gisela, así que acepté reunirme y tomar un café para discutir el tema. Silvia resultó ser mejor estratega que yo. Con mucha habilidad me expuso su tendencia, en el caso.

Mientras la escuchaba contarme sus planes, mi visión del asunto iba cambiando. Por razones obvias siempre estuve a favor de Gisela, sin embargo no podía desestimar que las apreciaciones de Silvia, vistas desde su ángulo, eran válidas y no menos justas que las de su inquilina, quien, por cierto, en los últimos días, se había tornado irascible y violenta en sus conversaciones debido a la presión que recibía de su arrendadora.

Silvia me señaló su imposibilidad de pagar un alquiler a su regreso a la capital y manifestó su derecho a vivir en su propiedad en el momento que lo deseara, teniendo en cuenta, por supuesto, los plazos legales, lo cual estaba cumpliendo a cabalidad.

Me vi entonces en una dualidad. No sabía con quién ser solidaria. Cuando hablaba con Gisela trataba de hacerle comprender los puntos de vista de Silvia, le recomendaba agencias inmobiliarias para que se activara pronto y pudiera conseguir otra opción para solucionar sus dificultades. Incluso colaboré durante muchas horas en realizar llamadas a conocidos y familiares, tratando de regar la voz, mencionando la emergencia del caso, buscando ayudarla. Todos mis esfuerzos fueron vanos.

Pasado y vencido el plazo límite para la entrega del inmueble, Silvia ejecutó otras medidas de presión más drásticas. Se encadenó en el pasillo de nuestro piso, a la reja de su propiedad, obstaculizando así el paso de salida de mi vecina y su acceso al pasillo. Llamó a la prensa, constantemente le hacían entrevistas para programas donde se denunciaban problemas similares.  La vida de Gisela y la mía, en consecuencia, se tornó un infierno.

Una de esas mañanas de los cincuenta días con ese panorama, Silvia, en señal de agravio, le gritó a Gisela que hasta yo la apoyaba, ya que habíamos conversado en múltiples oportunidades del tema. Mi vecina, furiosa, pensó que había mantenido una representación cuando le aconsejaba y consolaba y me tildó de falsa y traidora. A pesar de mis intentos inútiles por hacerle ver mi posición,

Gisela me quitó el habla y por supuesto, la amistad de los niños terminó. Incluso traté de mediar con Silvia una conversación para que evitara este tipo de comentarios que me perjudicaban con Gisela, pero su actitud para conmigo fue brusca e intransigente.

De más estaría contar los momentos ásperos que tuve que vivir. La situación me hizo sentir tan mal que fui yo la que tomó la decisión de mudarse por un tiempo a casa de mi madre para evitar encontrarme con esas dos mujeres que batallaban cada una en su propia conciencia por decisiones que para ambas, parecían justas, según el punto de vista desde donde se viera.

Aquella diatriba duró, desde el inicio legal de las gestiones de Silvia, algo más que un año, del cual, casi la mitad, pasé refugiada en otra casa. Supe por comentarios de otros vecinos que la contienda terminó en violencia. Gisela tuvo que irse, ignoro su destino hasta hoy, forzada y derrotada con su pequeño hijo.


Silvia ocupó el departamento pero nuestras interacciones en adelante se tornaron en unos grises y cortos “buenos días”. Lucas y yo perdimos unos amigos sin tener responsabilidad en esa querella. En este momento las dos personas implicadas resolvieron su problema y yo, por tratar de ayudar y mediar entre dos puntos de vista válidos entre sí, me quedé sin vecinas y como la guayabera, por fuera.

Mecanismos para despedidas





Creí no poder escribir en un aeropuerto, así que empaqué mi  pequeña libreta con el equipaje. Sin embargo, fueron tantas horas de espera las que tuve por delante, que compré un cuaderno de apuntes en una de las simpáticas tiendas que rodean los andenes.

De sobra sabía que éste terminaría repleto de recibos de pago, tickets de compra, papeles inservibles que más tarde acabarían en el bote de basura, pero aún así, persistí en mi empeño de comprar cuadernillos para cada momento o viaje importante que se me presente. 

La última vez que nos vimos, fue una separación distinta. Un tinte de orgullo se mostraba sobre las heridas. El ímpetu juvenil erizaba sus pestañas, queriendo demostrar las fauces de una mujer emprendedora, dispuesta a dragar caminos, colocados a su  favor y esa valentía adolescente que a todos nos hace desdeñar  consejos y enfrentar al mundo. No imaginamos entonces, que el  giro de los días se nos haría eterno y de mi parte, ya casi había  perdido la esperanza de un reencuentro. 

Pero los años pasaron y una foto antigua donde reíamos juntas, sirvió de marco a infinidad de historias, fantasías y planes efímeros de bitácoras imaginarias. Los errores se hicieron solo puntadas invisibles en prendas que ya no se usaban y el habitual recorrer de  la vida nos hizo olvidar culpas y malestares. 

Esta vez, la dejé melancólica, con esos ojos de niña asustada que conserva a pesar tantos cumpleaños lejos de casa. Trató de vestirse con un esmalte valiente, una armadura infranqueable que rebotara mis inquisitivas miradas buscando su fragilidad. Entendí entonces, con qué frecuencia nos imponemos máscaras para no mostrar una vulnerabilidad humana que nos fue dada para expresar los vacíos y compartir la congoja. 

Bárbara aprendió de mí todos esos mecanismos. Le transmití, a sangre y fuego, las historias de los perritos perdidos, tocando puertas inútilmente, en busca de un poco de calor de hogar y, a pesar de ello, mostraban los dientes furiosos para ocultar el recelo. Ella sabe de la indolencia, conoce perfectamente el sinónimo de abandono. Por eso aprovecha su destreza en el arte de fingir. Tanto invierte en esa apariencia, que no hay dolor posible que parezca doblegarla. 

Sostuve, por instantes, los momentos recientes, extraños por presentarse como una mezcla de sensibilidades. Era como reconocerla nuevamente, presentarnos y luego intimar recordando acontecimientos tristes. 

Volvimos al origen de los sueños de niñas, tropezamos, siendo adultas, con las prerrogativas de saltar de uno a otro período a capricho. Saber que en nueve noches no tomaríamos las cosas en serio y que cada minuto estaba dispuesto a disfrutarse como viniera, sin planes previos. Fue un corto receso de actividades, imprevisto, como regalo divino, para obtener un abre bocas al hambre de abrazos que ya comenzaba a anestesiarnos. 

Tenía que escribir sobre esto. Un adiós líquido entre madre e hija, unos pocas horas que nos dejan con apetito después de tantos años de ausencias, una ansiedad atragantada como mordaza para no hacer una escena de novela en un pasillo de pasajeros a punto de abordar.

—Tan solo será por un tiempo –nos decíamos repetidamente enlazadas la una a la otra.

—Después de todo, ¿qué son 5.000 kilómetros de distancia? –le dije bromeando, buscando una sonrisa confundida entre las lágrimas que comenzaban a brotar de su desierta inocencia. 

Fue entonces cuando germinó el milagro afónico, donde ninguna se atrevió a pronunciar un vocablo. Sentí piedras diminutas caer sobre mi pecho, a la vez que su temblor aumentaba desfragmentado y silente. Sin duda, nos encontramos de nuevo en el umbral de la carencia, rindiendo un tributo a una promesa de vernos pronto, pero en el fondo, sospechando, pesimistas, que la vida tal vez no repetiría una oportunidad como aquella. 

Una vez traspasado el chequeo habitual, no había retornos. Me encontré de pronto con extensos pasillos pulidos cuya línea de visión finalizaba en avisos luminosos de establecimientos de diversos rubros. Y comprendí que finalmente, estaba sola. 

Nunca tuve la oportunidad de viajar así, por lo que aquello me parecía una aventura. Esta experiencia no fue otra cosa que una grieta dentro de un canal. En todo el transcurso, no hubo en mí un ápice de valentía para emprender movimientos temerarios. Tal vez fue la ciudad más grande en la que había estado. Me asusté cuando vi desde el avión la magnitud de su extensión y me imaginé pequeña, perdida y sin gran suma de efectivo que me garantizara una seguridad para el retorno.

—Siempre lo seguro –pensé–, por eso no he visto más allá de mis narices en toda mi vida- 

Cuando escucho los relatos de los viajeros más osados, siento una sana envidia, un incontrolable deseo de tomar cuatro trapos y largarme a recorrer espacios con otras culturas. Tenía frente a mí, un universo desconocido y no fui capaz de dar un paso fuera de allí por los temores de costumbre. 

Casi pude escuchar las advertencias de mi madre, hoy en otras dimensiones, repitiéndome constantemente los cuidados que debía prever en cualquier situación fuera de casa. ¡Y yo que presumo de arriesgada! 

Me acurruqué en un asiento, como un ovillo, abrazada al abrigo que llevaba previniendo cualquier cambio de clima en el camino, pensando que fui un árbol sin edad creciendo hacia abajo por miedo a morir quemada de una insolación. 

Como una ráfaga, los pensamientos cruzaron sobre mí todos los recuerdos, aquellas experiencias que desencadenaron este óxido emocional que nos empeñamos día a día en restituir a pesar de los quiebres. 

Como excusa, el destino, cada vez que nos volvimos blandengues y saboreamos la devastación entre los escombros del olvido, pensábamos qué era el destino. 

Antes de irme, volteé disimuladamente para verla una última vez sumida en un desenfrenado llanto que hizo que mis posteriores ocho horas de espera fueran un dramático sumario de recriminaciones. 

De toda esta historia decidí escribir un manual para disimular las despedidas, un compendio de consejos útiles cuyo objetivo es aparentar ser fuerte aunque por dentro, se desgaje la pérdida. 

Nos hemos perdonado. Mi práctica recurrente de ahogar el llanto, finalmente ha dado resultado. Ahora escondemos el arte de extrañarnos. El re-descubrirnos alivió las heridas, enderezó malos entendidos y anestesió al futuro que falta para volver a mimarnos.

JULIANA DE PAPAS





Los primeros años en pareja son un espiral que succiona los sueños individuales. Una mujer es capaz de abandonar (se) todo en pro de la vida conyugal. Los días se tornan ahumados como el asado dominguero, para demostrarle a la familia lo que se ha aprendido en el poco tiempo del insomnio y otras menudencias cotidianas. No se aprende pronto cómo recoger una siembra que ha sido impuesta ni se ensaya recogerla.

Nunca sabe hacia dónde se va expandiendo el universo elegido, pero de seguro, no es hacia dentro. En lo doméstico, y por descuido, el vacío se va apoderando de cualquier espacio de luz hasta dejar el espíritu completamente desecho.

De cuando en cuando ella se refugia en los libros. El costo de imbuirse en otros mundos, no vale el tiempo que, para él, significa el aprendizaje de ficciones imposibles de manejar. Ese vasto mundo que proporciona el milagro de una historia que atrapa, no debe ser prioridad para una buena ama de casa.

La compra de las obras se hacía en silencio, ocultando o destruyendo recibos de la tienda, delatores de su pecado. No necesariamente era una prohibición, pero siempre fue motivo de discusión  lo que representaba el costo en comparación con otros gastos “importantes”. Como ya es sabido, los primeros pasos del amor conyugal dan todo por hecho y cualquier actividad es justificable en pro de la construcción de la familia.

Había poco tiempo para la lectura. No se puede hojear un libro mientras se tienen las manos humedecidas al cocinar o se hace una juliana de papas para el almuerzo. Las papas finas, vale mencionar, eran las preferidas de su compañero de vida y ella creía fielmente en tener este tipo de detalles, pues sumaba puntos a la relación.

Ah, los detalles… cuántos hubo de mi parte y durante tantos años. Sucede que no para todas las parejas, un detalle tiene el mismo valor ni la misma prelación. Por ello un día nos sorprendemos cenando solos mientras vemos la televisión y ya no hay nadie que nos haga una juliana de papas.

El sepelio de Sara Batista






Me entretiene escuchar cuentos de ancianos y de cómo se divertían en su juventud y casi puedo sentir el aire limpio que hoy se ausenta de las calles que transito. Claro que existe una diferencia universalmente evidente. Basta retroceder un poco en la historia, en la música de  antaño que relataba un día a día diferente, sano, limpio.  Sin embargo para ellos, los de antes, cualquier manifestación de modernidad podía ocasionar un escándalo manifiesto.

Cuánto hemos retrocedido a pesar de los años transcurridos. Hasta los diálogos con la naturaleza se han tornado en imágenes de un exterior intransigente y baldío. Para tanto tiempo distante, es mínima la trascendencia de una mentalidad vanguardista que se precie de abandonar los mitos y avanzar hacia un conocimiento libre.

En eso meditaba en las exequias de Sara Batista. Recuerdo que  los trajes eran llamativos. Los tiempos han cambiado y ya no es tan importante plegarse a la norma de vestirse de congoja. Mucho menos con la prisa que vive el caraqueño y lo intempestivo de las muertes de ahora. Ya ni los muertos dan chance suficiente para mandarnos a hacer un atuendo acorde con la ocasión.

Sara, como tantas otras heroínas de historias cotidianas, fue una gran mujer, pese a los comentarios adustos que logré captar cerca de la cafetería de una de las funerarias más concurridas de la ciudad. Su vida se centró en la crianza de sus dos hijos, Marta y Bernardo, a quienes sacó adelante con un esfuerzo generoso. Su contienda fue solitaria como la de tantas otras, ya que el padre de las criaturas murió temprano, dejando el patrimonio repleto de deudas.

Sara entonces, con una viudez impuesta y arrastrando la fisura económica de su herencia, no tuvo más remedio que superar amaneceres temerosos mezclados con una fortaleza que no le fue inculcada desde niña, solventando así los picotazos de un vaivén ingrato para salir adelante.

-Parece que estuviera dormida –

Murmura una de sus vecinas, con quien Sara nunca tuvo mayor contacto salvo los saludos propios  se dan en un ascensor y sin darse cuenta de que yo, muy cerca, logré entender la dirección venenosa de sus comentarios. Otra de las mujeres presentes, la del negocio de dulces, de aspecto solemne y lúgubre,  lanzaba miradas corrosivas a la vez que enderezaba la pose de su pequeño hijo, quien parecía un soldado sancionado, tratando de sobrevivir después de un fracaso en la batalla.

Este sepelio fue un acontecimiento importante para mí. Aprendí a leer los labios de aquellas maldicientes que dejaban colar los chismes entre sus dientes, entretanto lloriqueaban como para convertirse en las mártires del acontecimiento. 

Las observaba al descuido, improvisando mis dotes precoces detectivescas, aprendidas de los programas de televisión que miraba escondida de mi madre cuando planchaba. Siempre practiqué la evasiva costumbre de mirar de lado, de esa forma nadie advertía que me enteraba de todo.

-Estoy destrozada-

Decía Lolita, la del piso 5, famosa por sus pasteles de guayaba, los cuales ofrecía los fines de semana a toda la vecindad a un costo relativamente económico. Inmediatamente soltó un sollozo y ocultaba su rostro entre los bordes de un pañuelo arrugado que colgaba de su dedo meñique.

Me fascinaba la manera inconsciente en que la gente profiere juicios de los muertos. Advertí que se trata de un  aprendizaje, como queriendo dejar claro ante la sociedad que sus desconsuelos son aún peores que los de los mismos parientes. Dejar de fingir podría convertirse en un rompimiento, una especie de divorcio de la comunidad, una traición a los vecinos.

Confieso que me divertían estos aquelarres. Si bien iba obligada por mis padres, la idea de burlarme internamente de las “lloronas de la cuadra” y adivinar sus comentarios hipócritas entre dientes, se me antojaba atrayente.

-Chica, hay que superarlo. Ella era tan buena, tan servicial, la pobre, sufrió mucho, quizás esa enfermedad le ocurrió por tantas lágrimas derramadas. –Le respondía con complicidad Dilcia a Lolita, la de los pasteles.

Me vino a la mente el día que las escuché conspirando en las escaleras del edificio, dudando de la dignidad de Sara, cuando llegaba a altas horas de la noche, sudorosa de tanto trabajar en un supermercado cercano. No le permitían regresar a casa hasta tanto no hubiera trapeado todos los pasillos del ala oeste, los del frigorífico, que por la naturaleza de sus productos, era el que más se ensuciaba durante el día.

Esa mañana, según destrozaban la vida de Sara, reían a carcajadas mientras compartían con detalle el estado en que Sara llegó la noche anterior, despeinada, con signos de cualquiera cuyo salario apenas alcanzara para comer. Iba yo bajando las escaleras cuando escuché sus risas siniestras, las malas intenciones en sus palabras. Me quedé inmóvil, imponiéndome un silencio que me devoraba y a la vez, escandalizada.

Nunca hice referencia de aquella conversación. Decidí no alojar pensamiento alguno de una situación que por demás, asqueaba. No fue hasta ahora, en el funeral de Sara, cuando recordé aquel episodio que me abrió los ojos ante la falsedad y me hizo madurar de un solo portazo. Nunca más asistí a velorio alguno. 

Ni siquiera al mío.

PRIMER SACRAMENTO





soy la bautizada

con el nombre de nadie

mujer primicia

mostrada en los silencios

cubierta por la sombra indiferente del ejemplo

ahora que soy ilícita

soy la espera

la hache muda

el delito frutal para que me sepas íntegra

el regreso sin porvenir

a los estados de gracia

una vez que me comulgues

dobla tu voluntad

y sucumbe en este cuerpo

arañado en la gruta de la traición

luego

deja que muera mi recuerdo

la memoria es un órgano anómalo

insular

que hay que extirpar

Alquilo espalda



Represalia





Nunca antes lo ví aplaudir. Carecía de dedos con los cuales emitir el sonido de las

palmas chocando para aclamar la victoria. Ahora sí celebraba a sus anchas. La

mirada colectiva del público se llenaba de asombro. El jinete, en una vuelta súbita

de su caballo, saltaba desprendiéndose de los estribos como un papagallo en las

manos de un niño.

Sobre la manga y masticando la tierra, el coleador trató de levantarse sin éxito,

cuando Pinto, su caballo, lo arrastró un largo trecho, habiéndose enredado su pie

en el estribo.

El coleador intentaba una “Campanilla” pero Pinto no respondió como esperaba. El

toro, a quien llamaban Zurrón, resbaló en los primeros metros sin caer, pero

siguió corriendo despavorido a lo largo de la manga.

Zurrón se detuvo, volteó a ver la escena incrédulo y con un gesto de conquista, se

impulsó en sus dos patas traseras aplaudiendo con sus delanteras, para alzarse y

llenarse de laureles ante la ovación de un público que, cansado del maltrato,

finalmente vio cumplida la revancha.


Ejercicio para la publicación de "Apure en letras"  Ediciones Public-Arte

domingo, febrero 22, 2015

“102 POETAS – JAMMING” CELEBRA 4TO ANIVERSARIO DE POESÍA EN EL ATENEO DE CARACAS




Oscar Todtmann editores continúa su actividad innovadora en el medio editorial venezolano con la reciente publicación de “102 poetas – Jamming”, libro que recoge la polifonía de voces que han participado entre el 2011 y el 2014 en el Jamming Poético que se celebra cada mes en el Ateneo de Caracas. Sus páginas ofrecen una muestra de la riqueza y diversidad de la actividad poética reciente en Venezuela.

El evento se realizó este 22 de febrero a las 11 am en el Ateneo de Caracas, con una lectura en jamming de los autores que participaron en el libro. La presentación estuvo a cargo de los editores de la publicación, Luna Benítez y Carsten Todtmann.

La compilación fue realizada por las responsables de organizar el jamming cada mes a lo largo de estos años: Jacqueline Goldberg, Kira Kariakin, Georgina Ramírez y Keila Vall De La Ville, todas parte de La Parada Poética.




En un Jamming Poético un tema se enlaza con el siguiente, un autor sigue al otro, hay retornos y silencios, redundancias y sorpresas, miradas alternas y encontradas pero también disímiles. Todo comenzó con un recital colectivo sobre en torno al tema amoroso, organizado a manera de contrapunto en el Ateneo de Caracas en el 2011. La fuerza que la retroalimentación poética generó en esa lectura llevó a invitar al encuentro una vez al mes a poetas con experiencias vitales y literarias diversas, que se ha traducido en una trenza de miradas poéticas, texturas, tonos y fibras asombrosamente variadas, pero unidos por la celebración del hecho poético y la solidez de las obras compartidas.

Los 102 autores que se han encontrado en estas sesiones, y ahora en las páginas del libro, son: Rubén Ackerman, Hildegart Acosta, Yoyiana Ahumada, Ophir Alviárez, Edda Armas, Belkys Arredondo Olivo, Elisabetta Balasso, Dalia Baptista, Alberto Barrera Tyszka, Luis Enrique Belmonte, Adriana Bertorelli, Juan Carlos Bertorelli, Cynthia Bustillos, Chris Cabrera, Leo Felipe Campos, Héctor Caldera, Mariela Casal, Alejandro Castro, Karla Castro, Zaira Castro, Francisco Catalano, Verónica Cento, Jantt Cerbero, Alfredo Chacón, Sonia Chocrón, Oriette D’Angelo, Ana Lucía De Bastos, José Delpino, Gabriela Durán Arnaudes, María Antonieta Flores, Jordi Santiago Flores, Dayana Fraile, Valenthina Fuentes, Cristina Gálvez, Beatriz Alicia García, Enza García Arreaza, Jacqueline Goldberg, Douglas Gómez Barrueta, Jorge Gómez Jiménez, Leonardo González-Alcalá, Ruth Hernández Boscán, Franklin Hurtado, Daniela Jaimes-Borges, Sandy Juhasz, Kira Kariakin, Juan Luis Landaeta, Astrid Lander, Jesús Alberto León, Vicente Lira, Jason Maldonado, Miguel Marcotrigiano, Iola Mares, Luis Gerardo Mármol, Acuarela Martínez, Dira Martínez Mendoza, Kelly Martínez, Leonardo Melero, Néstor Mendoza, Inés Muñoz Aguirre, Claudia Noguera Penso, Linsabel Noguera, María Teresa Ogliastri, Tina Oliveira, Joaquín Ortega, Cecilia Ortiz, Miguel Ortiz, Leonardo Padrón, Carlos Ildemar Pérez, Luis Perozo, Flavia Pesci-Feltri, Annabel Petit, Luis Javier Pisonero, Florencio Quintero, Trina Quiñones, Georgina Ramírez, Ricardo Ramírez Requena, Yorgenis Ramírez, Eleonora Requena, Camila Ríos Armas, Virginia Riquelme, Grecia Augusta Rodríguez, Valeria Rodríguez, Armando Rojas Guardia, Alexis Romero, Gabriela Rosas, Adalber Salas, María Clara Salas, Enrique Salustiana, Gina Saraceni, Alejandro Sebastiani, Maily Sequera, Claudia Sierich, Alejandro Suárez, Carlos Suñer, Natasha Tiniacos, Keila Vall De La Ville, Ania Varez, Héctor Vera, Carmen Verde Arocha, Edgar Vidaurre, Graciela Yáñez Vicentini y Hernán Zamora.



En “102  poetas – Jamming” aparecen más de una veintena de autores que publican sus poemas por primera vez en un libro impreso, e incluso varios leyeron por primera vez sus textos publicamente en un jamming. Poetas que se inician, poetas de oficio, otros de voz reconocida y consagrada, se unen para celebrar la poesía.


SOBRE EL JAMMING
“Una experiencia lúdica, necesaria. Los poemas rebotando unos contra otros. Buscando sus pares. Construyendo un sonido inédito y colectivo. Un triunfo de la poesía. ” Leonardo Padrón

“Participar en el jamming fue una experiencia para mí insólita. Acostumbrado a la mecánica tradicional de los recitales, ese dinamismo coparticipativo, esa fluidez casi espontánea, esa plural eclosión de voces -heterogéneas pero convergentes- terminaron por esponjarme el alma de una inusitada felicidad.” Armando Rojas Guardia

“Latir, oír, estar atentos al juego simple de la improvisación, bajo la única batuta de las sincronías temáticas, es máxima exigencia sentida al practicar la libertad en el Jamming Poético (en los nuevos espacios del legendario Ateneo de Caracas) sucumbiendo así al eterno placer que solo enciende la cofradía y la sorpresa de las correspondencias, cuando también se busca pulirle el cuerpo plural al poema.” Edda Armas

“Entre los lances de la síncopa y la improvisación, el jazz pervive. Es como lo que el Ateneo de Caracas le ofrece a la poesía en las sesiones de lecturas entrelazadas, y de viva voz, que con el título de Jamming Poético ha celebrado durante estos últimos tres años. La experiencia de participante en ellas oyendo leer y leyendo, me dice que va por buen camino. ” Alfredo Chacón

“El jamming es un juego poético, es como si pusiéramos las palabras en una mesa imaginaria, y todas van rebotando hasta conseguir en ese azar cierto sentido.” Cecilia Ortiz


FUENTE: NP

Letras para abandonos y otros dolores causados por la separación necesaria






El: 
La distancia es un océano que puse entre nosotros
para separar tu locura de mi desesperanza
por tu poca voluntad para escucharme
y por el cansancio de conversar con tu odio
como único intérprete de tus pasos ciegos.

Pensé en irme un millón de veces,
y ahora son otros amantes los que lo intentan
emulando un rictus amargo que esconden
en una maleta donde no cabe una vida.

Ella: 
En mis tierras contradictorias
no son las ratas las que abandonan el barco,
sino los capitanes.

Las primeras se quedan
rastrillando lo poco que queda
de este casco sin mástil
en el que me he convertido

Antes de tu partida
sabía de los restos de abandono que sembraste
En este lar de máscaras,
no falta quien se lleve los despojos
de los capitanes que,
como tú, huyeron de la demencia
y luego se hizo fiesta con los restos

No te culpo
porque conozco de las crucifixiones inútiles,
 de convertirse en sombra
y colarse por los orificios

pero me duele tu extravío
la memoria olvidada en un anaquel
el purísimo acto de fe
en el que el exilio se reivindica y se asume

Sí.
Duele.

El: 
Y ahora que conoces mi dolor,
espina de madera tropical
que se pudre profunda en mi carne,
entenderás los dolores de aquellos
que aún amándote tanto como yo,
abandonan el placer de tus sensuales paisajes,
el arcoíris de pieles de tus muchas razas
y tu eterna primavera
ahora trastocada en prisión de razones inválidas.

Ella: 
Solo es un acto de fe
mi vínculo es solo por la sangre
por la derramada
y la que está en un haber destructivo

Olvida este trasiego que devora los rencores
no voy a dejarte un poema de amor
porque no sirven
 más que para oficiar misas profanas sin utilidad

Terrible es este tránsito ficticio de cuerpos que van y vienen
donde la verdad llueve a ratos
dejando una humedad cenicienta

temible es mi futuro
como este ruido doloroso
que ha sido tu deserción
            merecida
                      válida

El: 
Y me he callado,
para que el eco de mis lágrimas
no se confunda con el de las madres
que lloran de sus hijos las ausencias,
tan profundas como una tumba,
tan oscuras como calabozos.

 Te extraño,
pero me obligo a ello
para no tener que lamentar estar a tu lado
soportando el hedor
a sangre a violencia y carestía.

A pesar de tus vicios
no dejo de luchar por ti
de gritar tu nombre y cantarte,
porque aún siendo ingrata
eres la mujer de mi vida.

Ella: 
Termina de hundir las naves
el tiempo de los desatinos ha expirado
muchas vidas han decidido doblar esquinas
y los oprimidos han extinguido sus voces.
ámame como se ama a los muertos
porque en este residuo que ahora soy
no tengo nada que ofrecerte.
No vuelvas.






A dos manos con el poeta Francisco Santos (Bigbang1958) en Agosto de 2014, como homenaje  sentido a todos aquellos que han abandonado Venezuela durante los últimos quince años.

Agtradecida y honrada.


martes, agosto 06, 2013

Procedimiento para discutir y destruir una relación



“Cómo se cumple el mal:
qué pronto
qué puntualmente
los hombres
son turba”
José Watanabe


Antes de comenzar, tómese un tiempo para pensar en los tópicos que van a ventilarse. No se enfrasque en el tema actual, es perder la oportunidad.

Mientras piensa, coloque agua en un bol y deje que hierve. En un colador, vierta los ingredientes para un té. Agregue primero la discordia, solo un toque, esto suma dramatismo al conflicto. Busque bajo su manga ofensas dichas en el pasado. De no encontrar ninguna porque su relación es falsamente perfecta, invéntela. Siempre encontrará recuerdos de historias del pasado del otro. Son perfectas para girarlas en su contra, con un poco de cinismo, por supuesto. Un ejemplo clásico para ilustrar lo anterior podría ser que si su pareja sufrió un abandono anterior, cúlpelo de ello, nada tan eficaz y explosivo como voltear el cuento con la intención de herir profundo.

Revuelva bien sobre el colador una gran cantidad de circunstancias pasadas, aprisione contra el colador para sacar bien el zumo.

Aparte la comprensión, si aparece en la mezcla y aumente el nivel de la ira. No permita que se enfríe la tisana antes de incluir en ella la opinión malsana de terceros. Esto es muy importante. Los elementos externos condicionan cualquier discusión, tornándola agridulce. De esta forma se coloca en segundo plano el punto focal de la conversación y el desvío sirve para exacerbar un poco más los ánimos.

Ralle sobre el contenido, un pedazo de culpa fresca. Si no la posee propia, dispare hacia el otro. Funciona como detonante para aumentar la crisis en el contenido hasta el final de la plática.

Evite añadir palabras  como “disculpa”, “perdón”, “me equivoqué” o la típica frase del incumplimiento “no volverá a suceder”. Podrían ocasionar el efecto contrario reconciliador.

En este punto, el brebaje está suficientemente amargo. Para endulzar, coloque una cucharada rasa de auto compasión. Esto equilibra la acidez anterior. Revuelva lentamente.

Beba despacio, sin pausa hasta el final. Si sigue los pasos minuciosamente, obtendrá los resultados esperados.

Repita el procedimiento si es necesario y no exceda la dosis recomendada.


jueves, mayo 23, 2013

Fruto prohibido



Le miro
intermitente y necia
incoherente
él se repliega
vacilante entre el avance y el retroceso
y entonces
mi lengua juega
se desliza en un extremo de mi boca

Su expresión cambia
se transforma en fruto prohibido
mientras le conquisto
me aventajo

y lo hago
presa indefensa

martes, enero 15, 2013

Dobleces




Será mejor
que doblemos este amor como un pañuelo
           cuidadosamente
tal como comenzó

y al cruzar la curva del naufragio
lo dejamos intacto
          como si estuviera cicatrizado
como al comienzo
de este final
impredecible
denso