domingo, octubre 06, 2019

Lo que no he contado





Al salir, no sabía el rumbo que tomaría mi equipaje, ni mis pasos. Fue un salto desesperado para acabar con mi propia pesadilla. Nunca escribí sobre aquella profecía de sortear caminos indefinidos, por aquello de esperar que bajo mis pies, la superficie estuviera firme, aunque durante mucho tiempo, siguió movediza. Tal vez por eso, no había contado sobre la mujer del ascensor.
Llevaba un gorro de invierno, tupido como el guardián de los pensamientos de un prisionero. Amablemente sostuvo la puerta para mí y buscó conversación. Al saber mi origen, me habló de nosotros, los desterrados. Así nos llaman a los que se expulsan a sí mismos de un lugar, cuando ya no soportan las cadenas.
Dijo ella, que somos como rompecabezas, que adaptamos las piezas de la soledad hasta que encajen en los días. Con una mirada apenada y al notar mi rictus doloroso,  agregó alabanzas sobre mis paisanos y expresó gratitud por tenernos como invitados.
Conversó sobre haber pisado alguna vez mi tierra y el sabor agradable que dejaron nuestras costas coloridas en su memoria, le hace rezar cada noche por el país, clamando por la reconstrucción de un puente que no se lleve las palabras.
Antes de llegar a su piso, comentó que ora por los que ahora estamos en su nación, sembrando esperanzas en el suelo ajeno que nos albergó, después de un vuelo involuntario.
Esto tampoco lo mencioné, pero señaló hacia arriba con sus dedos, tratando de ilustrar cómo hacemos un nido sobre tempestades sin necesitar la luz, porque somos linternas, conservando la ingenuidad de los niños, mientras sonreímos.
Fue como comprobar mis predicciones: el amor y las raíces están donde las llevemos.
No les he contado, pero cuando la mujer se fue, no pude aguantar el llanto. 







101 poetas en el puente de las palabras, 101 abrazos en la distancia para contar, enlazar emociones, contener los fragmentos de una tierra dispersa que hoy reparte gentilicio, hábitos y alegría, donde quiera que se ubiquen los corazones ausentes. En realidad, somos 101 puentes firmes como brazos.
101 razones para echar raíces desde el contenido de una maleta, compilados por Kira Kariakin y Eleonora Requena y como parte de las actividades que Cáritas Venezuela ha organizado en  la campaña global “Compartiendo El Viaje #ShareJourney2019” enmarcada en la Jornada Mundial del Migrante y el Refugiado.

Pueden descargar la Antología "El puente es la palabra" gratuitamente en la página de Cáritas Venezuela en el siguiente link:  http://caritasvenezuela.org/el-puente-es-la-palabra/  

Agradecida a quienes lo hicieron posible, por hacerme parte de este equipaje. 

domingo, julio 28, 2019

El maletín



Cada cierto tiempo abría aquella pequeña valija repleta de recuerdos. Porque solo eran eso, recuerdos que aprendieron a quedarse quietos en cada compartimiento, sin más olor que el  desprendido cuando algo se atrapa en un espacio cerrado y parece retorcerse, como bostezando después de una siesta confortable, hasta que se estira para quedar de nuevo en forma.
Era eso, nada más ciclos calcinados que archivaba para sacarlos al final de cada mudanza y verificar que su existencia estaba allí, en un pasado escondido en bolsillos internos dando testimonio de lo que fue y de lo que no.

Lo veía sacar cuidadosamente recibos que pagó en su juventud y que corroboraban que fue dos veces padre, que lo intentó a pesar de los impedimentos, que falló y lo superó todo, menos la ausencia impuesta por el poder que lo despojó de lo vital.


Una pata de conejo se asoma dentro de una bolsa pequeña y la manosea recordando que desde niño la guarda porque “es de buena suerte”, porque en aquel viaje que hizo con su madre, uno de sus tíos la preparó para él. Le dijo que la llevara de amuleto y que nunca le faltaría fortuna en el camino. El vaticinio no se cumplió, tomando en cuenta la serie de sucesos que poco después, marcarían para siempre su destino.

Había un reloj de bolsillo muy antiguo, de esos con leontina. No tenía mucho valor material y su mecanismo estaba averiado, pero presumía de tenerlo y cada vez que destapaba el cuadrito de tela donde estaba envuelto, frotaba y pulía la superficie con esmero. Una vez que obtenía brillo, volvía a guardarlo.

Incontables tarjetas de presentación de proveedores y negocios que visitó, o que fueron útiles en su momento, se ubicaban en el compartimiento lateral, el que tenía cremallera, así se aseguraba de no perderlas. Los números de teléfono probablemente ya no eran los mismos, pero le daba seguridad saber que habían personas adecuadas para cada circunstancia, aunque jamás buscó allí para ubicar referencias. Así ocurría con facturas envejecidas y recibos de pagos de servicio de otras casas que habitó.

En una oportunidad le pregunté por qué almacenaba tantos objetos inútiles y contestó que no molestaba a nadie con hacerlo, así que callé y respeté sus manías, tanto como él respetaba las mías. Creo que era su forma de albergar la certeza.   

Es posible que algunos de sus temores fuera envejecer y caer en las trampas del olvido por causa de alguna enfermedad senil que hiciera estragos en su mente y no poder explicar sus pasos o acciones con evidencias suficientes,  
Cada año revisaba su tesoro de cachivaches, hurgaba sus virtudes, sus aciertos y fracasos, a pesar del desgarro y la traición. Toda la vida arrastrando el maletín en cada renovación o traslado, rigurosamente revisado para constatar que cada cosa ocupaba el mismo lugar, por si tenía que demostrar que actuó, que hizo, que defendió el amor a todo riesgo, que tuvo miedo, que no justificaba tenerlo, pero lo tuvo. Y ¿quién no ha perdido algo por causa del miedo?
El maletín sigue en el mismo sitio, pero él ya no está y ahora poco importa cotejar la memoria con la realidad, porque la verdad puede manipularse y con el tiempo, llega a ser un manojo de mentiras legítimas y hasta decretos que se transmiten por generaciones, hábilmente conducidos.
De poco o de nada sirvió cuidar recibos de pago, tarjetas con datos obsoletos, el reloj con leontina, las facturas, las fotos sepia y algunas a color desteñidas, los certificados de nacimiento de hijos robados, estropeados y vencidos, la pata de conejo para una suerte que no le devolvió nunca los afectos perdidos, la salud, la vida. 

lunes, abril 15, 2019

Mujer antorcha




Yo fui de esas mujeres que
    a paso de galgo elegante
se ajustó concéntrica
a las mentiras de un amor conceptual

Una mujer
que sobrepuso las promesas negras
a la hipótesis fortuita
de una letra proveedora de plenitud.

De esas, fui
que escondió los libros bajo las cazuelas
priorizando la sazón dominguera

Esa mujer
    soluble
con un secreto enjaulado
un ave irredenta
jugándose los sueños en un tiro de dados
cuyo premio fue la permanencia.

Yo soy esa
    ya sin resacas inútiles
felizmente condenada y castigada
que se despoja      sin confesiones
inmisericorde y triunfante.

Esa soy
    mujer antorcha
que cuando tratan de atraparla
se apaga
hermética
con un cerrojo sin llave
en medio de su espalda.

Acuarela Martínez



Antología de escritoras latinoamericanas


Diez consejos con los que el escritor colombiano García Márquez nos enseña a construir un cuento:



1. Cuenta un cuento que te gustaría leer
Cuando quiero escribir algo es porque siento que eso merece ser contado. Más aún, cuando escribo un cuento es porque a mí me gustaría leerlo. “Gabriel García Márquez”. 7 Voces, 1972.

2. Escríbelo como si vaciaras en concreto…
Escribir cuentos es como vaciar en concreto; si el concreto no fragua se jodió y tienes que empezar otra vez, tiene que ser todo junto y de una vez. En cambio, escribir novelas es como pegar ladrillos; si este muro no salió, tiras el muro y lo rehaces, corres la puerta para allá, etc. En el cuento esto no se puede hacer. El cuento sale de una vez o no sale. El cuento se concibe de una vez completo y redondo, y si no es así no sirve, ya no vas a encontrar cómo remendarlo y cómo terminarlo. En el momento en que concibes el cuento lo tienes listo, íntegro. En cambio, en la novela puedes partir de una idea o de una imagen y seguir dándole vueltas, inclusive trabajarla en la máquina, construirla en la máquina. 
“Estoy tan metido en la política que siento nostalgia de la literatura”. El Viejo Topo, 1979.

3. Piensa que la estructura va primero
Una vez que se llega a tener la estructura completa de una historia, en ese justo punto es desde donde se puede escribir un cuento, un guion, una obra de teatro o una pieza para la televisión.
“Inventar el mundo es lo más maravilloso que hay”.
Un paseo con García Márquez, diciembre de 1987.

4. Lee a Hemingway
A Hemingway lo he considerado como un maestro de la técnica literaria, en el sentido de que leyendo sus obras se aprende a contar. Siempre he dicho que los novelistas a diferencia de los demás profesionales leemos las novelas para saber cómo están escritas. Nosotros leemos la novela, la volteamos, la ponemos al revés, ponemos los tornillos, todas las piezas sobre la mesa, y cuando sabemos cómo está ya no nos interesa más. Con Hemingway me ha sucedido lo mismo. He leído todas las obras de Hemingway. Prácticamente las he desmontado pieza por pieza para saber cómo están escritas, y en ese sentido puede que haya una influencia. Esa influencia que puede haber es la única identidad con él, el único parecido. De todas maneras, le tengo una gran admiración. Es un gran escritor, sobre todo un gran cuentista. A mí la novela de Hemingway no me llama mucho la atención, pero en el cuento llega a la perfección. Él tiene el cuento «La breve vida feliz de Francis Macomber», que es uno de los más perfectos que se han escrito.

 “García Márquez: el gallo no es más que el gallo”.  Pluma, abril de 1985.

5. Mantén la intensidad y la unidad
La intensidad y la unidad interna son esenciales en un cuento y no tanto en la novela, que por fortuna tiene otros recursos para convencer. Por lo mismo, cuando uno acaba de leer un cuento puede imaginarse lo que se le ocurra del antes y el después, y todo eso seguirá siendo parte de la materia y la magia de lo que leyó. La novela, en cambio, debe llevar todo dentro. Podría decirse, sin tirar la toalla, que la diferencia en última instancia podría ser tan subjetiva como tantas bellezas de la vida real. Buenos ejemplos de cuentos compactos e intensos son dos joyas del género, “La pata de mono”, de W.W. Jacobs, y “El hombre en la calle”, de Georges Simenon.
El amante inconcluso y otros textos de prensa.
Cambio, julio de 2000.

6. ¿Leíste a Hemingway? Pon en práctica sus consejos
 Un cuento, como el iceberg, debe estar sustentado en la parte que no se ve: en el estudio, la reflexión, el material reunido y no utilizado directamente en la historia. Sí, Hemingway le enseña a uno muchas cosas, inclusive a saber cómo un gato dobla una esquina.
El olor de la guayaba, 1982.
7. Recuerda: el cuento es una incorporación a la vida cotidiana
El cuento parece ser el género natural de la humanidad por su incorporación espontánea a la vida cotidiana. Tal vez lo inventó sin saberlo el primer hombre de las cavernas que salió a cazar una tarde y no regresó hasta el día siguiente con la excusa de haber librado un combate a muerte con una fiera enloquecida por el hambre. En cambio, lo que hizo su mujer cuando se dio cuenta de que el heroísmo de su hombre no era más que un cuento chino pudo ser la primera y quizás la novela más larga de la era de piedra.
El amante inconcluso y otros textos de prensa.  Cambio, julio de 2000.

8. Además, nace intacto…
 El cuento surge de un episodio, de una frase. Se me ocurre completo. Hay cuentos que tengo en la cabeza y los reviso periódicamente. Yo preferiría contar cuentos en los salones y no tener que escribirlos.
“Gabriel García Márquez: el machismo es la desgracia de la humanidad”.
Conversaciones con 9 creadores, junio de 1981.

9. Y también le sirve a los novelistas
Empezar una obra es más difícil. Siempre es más difícil empezar cada capítulo. Por eso es muy bueno escribir cuentos. Escribir cuentos tiene la ventaja de que no hay que empezar sino una vez. En la novela, cada vez que se termina un capítulo, el día que se va a empezar otro es terrorífico. Siempre tengo la impresión de que la novela se va a quedar ahí. No va a seguir. Porque empezar cada capítulo es muy difícil.

 “García Márquez: el gallo no es más que el gallo”.  Pluma, abril de 1985.

10. Finalmente: no olvides que el orden de los cuentos en un libro de cuentos sí importa
Cuando reúno cuentos en un libro su orden es fundamental para mí. Yo escribo un libro de cuentos, no reúno cuentos para hacer un libro. Sé cuál es el orden, y no me refiero al orden cronológico en que fueron escritos, sino al orden de publicación, la secuencia de la lectura. Alterar ese orden es, para mí, como alterar los capítulos de una novela.



Lo que no he contado

Al salir, no sabía el rumbo que tomaría mi equipaje, ni mis pasos. Fue un salto desesperado para acabar con mi propia pesad...