jueves, febrero 28, 2008

Los buitres no comen alpiste



Hace algunos años aprendí varias cosas acerca de las aves. Me intrigaban los hábitos de las águilas, aquello que las hace majestuosas, la habilidad de cazar que poseen. Admiré entonces lo que leí acerca del vuelo retrógrado del colibrí, único y sorprendente.

Me desconcertó la visión de las gaviotas, la destreza del pelícano y las manías de los pajaritos domésticos que tanta insistencia tiene la gente en encarcelarlos para observar como sus ojitos buscan la libertad a mitad del espacio que existe entre los barrotes de la jaula que ocupan y que sirve de hogar a tan indefensos pequeñuelos.

Aprendí también acerca de sus vicios para comer. La mayor sorpresa me la llevé con los buitres, inclementes aves traicioneras que no dudan en arremeter, aún en contra del instinto natural, contra quien les trata, incluso contra su misma especie.

Obviamente se juntan por solo por algún propósito salvaje y primitivo o si han de compartir la carroña que al mismo tiempo consiguen, pero lo curioso es que incluso en esos momentos son capaces de traicionarse y, si la carencia del alimento es extrema, se atreven hasta a devorarse entre ellos.Los buitres no confían en nada, ni en nadie, porque la deben, por su naturaleza, porque así están creados.

Supongo que es por equilibrio del planeta. No tiene caso exterminarlos porque entre ellos mismos cumplen con esta función.Los buitres no comen alpiste ni son amantes de las flores, ni gustan de los jardines.

Solo satisfacen la necesidad del momento, su objetivo específico sin importarles el método, lugar o circunstancia que los rodea.

Hay personas como el colibrí, como el águila, la gaviota o los pajarillos domésticos, pero también como los buitres que no comen alpiste, solo se entienden entre ellos y sin embargo se traicionan y son capaces de engullir su propia carroña.

La escalera


Suelo con cierta frecuencia
voltearme a observar los escalones que he dejado atrás.
Solo mirarlos, nunca vuelvo a bajar a ellos.
Es agradable si se miran desde arriba,
mas sin embargo, cuando se está en ellos,
parece eterno el camino a subir, sobre todo,
si esa escalera es de caracol, como la mía.
Cuando es así, no se sabe qué ocurrirá en el próximo peldaño, pues no puede verse, ni siquiera a lo lejos.
Así que siempre es una sorpresa llegarles,
pues lo que está allí de forma imprevista
me sorprende, me asombra.
Cada peldaño no tiene un tiempo exacto.
Algunos duran días, otros años,
dependiendo siempre de la forma de escalarlos.
Yo diría que se trata de ciclos, para definirlos mejor.
Una vez que me decido a mirar aquellos que dejé atrás, puedo notar cierto decorado en algunos, como macetas llenas de flores en unos, maleza silvestre en otros.
Hay uno que otro balconcillo asomándose por encima...
Y pienso que es cuestión del momento,
de lo que el momento me dejó, de la enseñanza,
del crecimiento que me favoreció al subirlo.. nunca al bajarlos,
porque como dije, no se puede bajar.
Solo bajan aquellos que deciden retrocesos continuamente en sus vidas,
solo aquellos que no apuestan a vivir, que al abandono apuestan todo.
Puedo descansar si quiero, sentarme, bien mirando hacia arriba
o al contrario para deleitarme con el avance obtenido.
Puedo estar todo el tiempo que desee allí,
y luego de sentirme tranquila, seguir el ascenso.
Hubo momentos del trayecto que pensé dejarme deslizar por ese tirabuzón,
o sentarme y quedarme allí para siempre, pero mi fortaleza pudo más,
mi decisión fue la acertada, hay que subir a pesar de todo, contra todo....
Cada vida tiene en sí sus escalones.
A algunos nos tocan con más curvas, otros más rectos,
pero igual hay que subir.
Como lo hago yo... día a día, escalón a escalón.