miércoles, julio 30, 2008

Perdona si no me despido



Dispénsame este pequeño acto de desalojo, pero no podría arreglar mi equipaje sin intuir las veces que he de quedarme sola esperando tu compañía.

Excúsame si ya no soy capaz de creer en un futuro que no va a pertenecerme ni en verte cruzar el umbral cargado de sonrisas, ni los encuentros van a vestirse de fiesta por largos días, ni tendremos un mundo lleno de tardes de escapes y complicidades ocultas.

Tengo el derecho a que me justifiques, ya no soporto los silencios largos, las evasiones.

Me hubiera gustado un adiós repleto de esperanzas, pero no me queda bien la tragedia y las expresiones novelescas.

Por eso, haz un gesto de disimulo, sin voltear a ver que lloro hacia dentro, que mi boca es incapaz de soltar una palabra, que siento como mil pájaros desesperados buscando alpiste dentro de una jaula.

Perdóname. No quiero repetir la experiencia de reprobar coartadas inventando expectativas que jamás van a presentarse, masticando soledad.Dispensa si apuro mis pasos al cruzar de acera, tu pasión no me corresponde.

No tengo tiempo de esperar decisiones por largos períodos mientras me lleno de apatías y sé que seré condecorada con la orden de comodín a capricho.

No puedo voltear a verte sin que me duelas… perdona si no me despido.

viernes, julio 18, 2008

Disímil




Detesto las rosas. Y todo aquello que se suponga común para cualquier mujer. Lo que encasilla, lo que, de alguna forma, hilvana vidas en el mismo collar.
Reniego de trabajar en serie y que mi labor sea el promedio resultante de lo que otros hacen. Esta gente que se agrupa nunca sobresale, nunca es diferente.
Adoro ser diferente. Amo un garabato del cual pueda desprenderse un trazo difuso y crear una figura a partir de ese punto, un zigzag, un giro repentino de la línea recta
No existe lo perfecto, no funciona lo condicionado a una regla específica, cuando no se toma en cuenta sensibilidad humana.
Por ello me miran raro. Debería desmayarme si me obsequian una rosa y no lo hago. Tampoco se fingir aprobación ni complacencia, se me nota en los pliegues de mi boca.
Sucumbo ante un tulipán. Las rosas están en las calles salvajes, abundantes. Cuesta conseguir los tulipanes.
Así sucede con muchas otras cosas. Lo tradicional abunda. Prefiero estar en desacuerdo con lo habitual.

domingo, julio 13, 2008

Intacta




La visión es distinta,

el horizonte,

el panorama,

las circunstancias,

los espacios,

los caminos,

los juegos,

los círculos de tiza,

las personas,

lo que dijimos,

lo que callamos,

mis versos,

tu risa,

los artificios usados,

las verdades,

las mentiras,

el tiempo vivido,

el paso que no dimos,

la música que aún no escuchamos juntos…

Pero la piel dejada en suspenso,

esa,

está intacta.

domingo, julio 06, 2008

Déjame

Déjame ser todas las mujeres en una sola,
la insinuación sonámbula que te afiebre.
la paz de este secreto,
una pluma que vibre con la guitarra,
la brecha en la hendija,
mi mano en tu tobillo.
Déjame ser un minuto de magia,
la ley quebrantada,
la aventura, la zozobra y el norte.
El ardor que te emociona,
el dolor dulcificado,
la letra de tu música,
el pétalo, el polen, el cielo y el infierno,
el grito y la plegaria,
la reverencia y el pecado,
la tiza con que escribes mi nombre,
los dedos que soplan melodías,
el remedio y el efecto secundario.
Cierra los ojos y… déjame.

Derechos reservados


\Dícese de la actitud posesiva de un individuo al pretender ejercer el control absoluto, mental, emocional y físico, creyéndolo patrimonio exclusivo.\


Sonríe ahora. Tu boca, sumisa, que es solo mía, obedece ante mi rictus. Miénteme, hazte eco del deseo que declaro.
Miénteme, dime que somos uno, finge que aún hay magia y que, en honor al contrato que firmaste, harás siempre mi voluntad.Miente, otra vez, alaba mis costillas, di que son las mejores. Mejor aún, que son las únicas, que no habrá otras, aunque un día la visión que tengas de mi cuerpo, solo sea un recuerdo, una imagen que se perdió en el tiempo.
Miente… alimenta mi ego, mi neurosis afectiva.
Convénceme de lo conveniente de la transacción que hicimos, esa que me hizo dueña arbitraria de cada movimiento de tu vida.Hazme creer que me respetas, como no me respeto yo, que te perdono por ser el falso súbdito que entierra mi vida por voluntad propia. Conviértete en mi apéndice y miente de nuevo, recuérdame todo lo que abandoné por ti y págame lo justo con tu vida y con tus actos. Déjame controlar hasta el último de tus pensamientos.

Inféctame de la disparatada idea de que no podrías vivir sin mí, eso nutre la relación y mi adicción por retenerte.
Muéstrame la mansedumbre que no quebrantarás porque pagué un alto precio por controlar tus emociones.
Distorsiona el verdadero sentido del amor, adhiérete a mis horas, depende de mis mandatos.
Obedece, dócil y callado, no desates la ira de mis celos o destruiré cada ser que se te acerque sin compasión ni tregua.Convéncete, yo soy el único ser insustituible que comprende, tú último recurso y, a pesar de mis arrebatos, confiesa que no podrás continuar sin mí.




La adicción afectiva es el peor de los vicios.
Walter Riso

Fotografía: Antonio Mas Morales

Ni eso


Y... ¿Qué sería de la venganza

sino seguir haciendo excelso,

su recuerdo?

Así que, ni eso.

sábado, julio 05, 2008

Haz que llueva para mi




Haz que llueva para mi,
deja que caigan las gotas de este cuento
como en rocío, golpeando pasados,
derramando tiempos, lavando los dolores
Haz que llueva,
que lluevan notas musicales en mi oído,
de suaves violines
que el chubasco que procures
humedezca mi norte y mis límites...
Haz de esa lluvia un arroyo de huracanes que,
engavetados, producen al salir,
millones de besos de tus labios.
Haz que llueva con tibieza,
que arrastre los ácidos recuerdos
y deje en mí,
la grata sensación de tu presencia.
Que llueva, y mientras llueve,
contaré las mañanas en que me hago tuya
y suspiro al hacerlo,
y las veces que acaricias mi cabello
mientras atraviesas mi mirada,
y las horas que paso tomando tu rostro
entre mis manos.
Haz que llueva para mi...

miércoles, julio 02, 2008

La caja de los botones


Yo vengo de un extraño mundo del que poco queda, donde los pórticos se llenaban de risas en los diciembres tibios de familia, donde llorar no es permitido, donde lo virgen tiene un altar preferencial.
En las aristas e las paredes, calaba profunda la honra y el respeto hasta cumplir los treinta.
Las cajas contenían telas y botones que convertí en personajes de cuentos y yo, jugaba a ser aquel de nácar azulado que arrancaron del vestido antiguo de seda. A ese lo emparejaba con el negro, el benjamín de alabastro que adornó alguna vez un traje del que nadie se acuerda.
Solía ubicarlo en primera fila, puesto preferencial principesco, sobre las pequeñas cajas que solo en mi imaginación, se convertían en carrozas o navíos de leyenda que pescaban sueños a niñas-princesa que jamás se atrevieron a contradecir a los reyes.
Estos últimos eran perlados, grandes, con filamentos de oro y contornos excesivamente labrados, como las coronas de las majestades, que pesan igual que las culpas que cargan durante toda su vida.
Mi representante, un tanto índigo, carecía de ornamentos. Sin embargo, cuando la luz lo cruzaba, despedía un matiz particular que terminaba salpicando de luces la madera del mueble de la costura.
Dentro de aquella caja de los botones había infinidad de modelos, tamaños y colores y, a cada uno de ellos, les concedí un galardón distinto, una misión que cumplir.
Quizás algunos que provenían de lujosas prendas de vestir, podían hacer las veces de regentes, conserjes o importantes figuras de la sociedad. El mío no. Era tan frágil, resaltaba tan poco entre los demás que siempre me costaba ubicarlo en la caja a la hora de jugar.
Un día desapareció sorpresivamente. Busqué en todas las gavetas y espacios próximos donde supuse que podía haber resbalado sin intención.
Unos días más tarde, el reflejo de una luz, rebotó sobre el copete de mi cama y, al voltear la mirada, lo descubrí finamente cosido al cuello de un gabán de invierno.
Más de quince puntadas atravesaron sus dos orificios y quedó sujeto, para siempre, a la fibra de una gruesa textura por cuyo revés, además, le hicieron un seguro remate para que jamás cayera de la superficie.
No volví a jugar con los botones. Con los años, aquel gabán debió perderse en alguna mudanza y mi botón azul desapareció en el tiempo, tal como mi niñez precedió a la indudable situación de un lento crecimiento.
El botón se extravió protegido sobre la tela. Yo descosí cada puntada que quiso dejarme presa junto a los tejidos, desprendí las hebras que controlaban mis movimientos y rodé calle abajo, por contradecir a la vida, hasta caer en el pozo de la autonomía.
Y dejé de ser botón.