martes, julio 20, 2010

Siembra de vocación




Convertirse en escriba, escritor u otro oficio afín a la escritura siempre tiene un origen digno de recordarse.
Con frecuencia, las personas nos preguntan ¿Desde cuándo escribes? Y muchas veces nos cuesta encontrar la época exacta cuando comenzamos a enseriarnos en este arte.
Si bien no escribo poesía desde temprana edad, pudiera afirmar hoy día que mis inicios tuvieron como inspiración mi fascinación por la correspondencia.

Mi abuela tenía una ortografía perfecta a pesar de su escaso nivel académico. Exigía la misma perfección mientras me pedía que escribiera las cartas que debía haber escrito ella en respuesta a las de familiares.
Me sentaba en la mesa del comedor, a escasa distancia de la cocina, donde ella construía platos deliciosos que servía con orgullo y que insistía en hacernos diferir, aún cuando ya estuviésemos sobre-satisfechos.
Desde la estufa, ejerciendo su labor, me iba describiendo a los personajes destinatarios de las misivas, su jerarquía familiar, su nivel de estudios, el número de personas que conformaban su grupo y a qué se dedicaba cada uno de ellos. Todas estas historias, vale destacar, aderezadas siempre con comentarios jocosos y anécdotas de su juventud.
Carlota tenía la particularidad de comenzar una historia y enlazarla con otra fácilmente, llegado el momento de retomar el cuento, muchas veces olvidaba el comienzo y se echaba a reír.
Yo, ávida de mostrarle mis avances en la escritura, absorbía toda la información como herramienta enhebrar mis frases.
Carlota daba vuelta a las cucharas dentro de los calderos y, a la vez, me iba recordando en voz alta, las reglas gramaticales, no fuera que, por error, enviara a las tías de la familia algo que indicara mi falta de puntuación.
No era así cuando, de vuelta y en respuesta a mis cartas (las que firmaba Carlota, mas escribía yo), recibía un sin fin de faltas que ocasionaban mi asombro. Esto, lejos de ser perjudicial, benefició mi cultura convirtiéndome en una experta en distinguirlos aún en el párrafo más extenso y complicado.

Así comencé a escribir con bastante frecuencia las cartas que mi abuela debía responder a nuestros familiares.
Poco a poco, fui habituándome a manejar los formatos, los encabezados, márgenes a respetar y todas las reglas de la correspondencia.
En una oportunidad, Carlota logró contactar a una amiga de su infancia, que para entonces ya contaba con unos setenta y tantos años aproximadamente y entonces, le pedí que me dejara firmar aquella carta con mi propia identidad, manifestándole a la dulce anciana, de nombre Ramona, mi nexo con su amiga, mi abuela.
Ramona expresó mucha alegría al enterarse de aquello y a partir de allí, comenzó entre nosotras una fluida correspondencia semanal que me llenaba de orgullo, ya que entonces, yo era la firmante y no mi abuela.
Contaba yo con unos diez años y mi amistad con Ramona duró casi hasta mis 20. Llegamos a intercambiar fotografías, marcadores de libros y el día que me casé, recibí vía correo tradicional una hermosa caja de regalo que contenía dos desavillés como colaboración a mi ajuar matrimonial.

Un tiempo después, Ramona dejó de escribirme y más adelante recibí la noticia de su partida. Aún sin conocerla personalmente, a pesar de habernos amenazado en incontables oportunidades de planear un viaje de encuentro, dejó en mi memoria trazos dulces que no he podido olvidar.
Ramona fue un motivo para iniciarme en la siembra de las letras. Y Carlota me proporcionó las semillas.