sábado, octubre 14, 2017

Decálogo del perfecto cuentista: Horacio Quiroga









Decálogo del perfecto cuentista

Horacio Quiroga


I
Cree en un maestro -Poe, Maupassant, Kipling, Chejov- como en Dios mismo.

II
Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III
Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia

IV
Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V
No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI
Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII
No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII
Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos no pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX
No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino

X
No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.


Horacio Silvestre Quiroga Forteza (Salto, Uruguay, 31 de diciembre de 1878 – Buenos Aires, Argentina, 19 de febrero de 1937) fue un cuentista, dramaturgo y poeta uruguayo. Fue el maestro del cuento latinoamericano, de prosa vívida, naturalista y modernista.2 Sus relatos, que a menudo retratan a la naturaleza bajo rasgos temibles y horrorosos, y como enemiga del ser humano, le valieron ser comparado con el estadounidense Edgar Allan Poe.

sábado, septiembre 02, 2017

Decálogo: Juan Carlos Onetti




No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo.

II.

No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Éste sólo se asusta cuando le amenazan el bolsillo.

III.

No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda.

IV.

No escriban jamás pensando en la crítica, en los amigos o parientes, en la dulce novia o esposa. Ni siquiera en el lector hipotético.

V.

No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.

VI.

No sigan modas, abjuren del maestro sagrado antes del tercer canto del gallo.

VII.

No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando  asomaron la nariz, hoy son genios.

VIII.

No olviden la frase, justamente famosa: 2 más dos son cuatro; pero ¿y si fueran 5?

IX.

No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera sea su origen. Roben si es necesario.

X.

Mientan siempre.

XI.

No olviden que Hemingway escribió: Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi novela, que viene a ser lo más bajo en que un escritor puede caer.



Juan Carlos Onetti
(Montevideo, 1908 - Madrid, 1994) Novelista uruguayo, considerado no sólo el escritor más importante que ha dado la literatura de su país, sino uno de los máximos creadores de la narrativa en lengua castellana del siglo XX.


sábado, agosto 05, 2017

Decálogo: Kurt Vonnegut








1. Utiliza el tiempo de un completo desconocido de forma que él o ella no sienta que lo está  malgastando.

2. Dale al lector al menos un personaje con el que él o ella se pueda identificar.

3. Todos los personajes deben querer algo, aunque sea un vaso de agua.

4. Cada frase debe hacer una de estas dos cosas: revelar un personaje o hacer que la acción avance.

5. Empieza tan cerca del final como te sea posible.

6. Sé sádico. No importa cuán dulces e inocentes sean tus protagonistas, haz que les pasen cosas  horribles (para que el lector compruebe de qué madera están hechos).

7. Escribe para contentar únicamente a una persona. Si abres la ventana para hacerle el amor al mundo, o lo mismo para hablarle, tu historia cogerá una neumonía.

8. Dale a tus lectores toda la información posible lo más rápido posible. Para mantener el suspense. Los lectores deben tener una idea general de lo que está pasando, cómo y porqué, de modo que puedan acabar la historia ellos mismos; las cucarachas pueden comerse las últimas  páginas.

Más consejos de Kurt Vonnegut

Los mejores argumentos son siempre bromas fantásticas que la gente se cree una y otra vez.

● Alguien se mete en un lío y luego sale de él; alguien pierde algo y lo recupera; alguien es víctima de una injusticia y se venga; Cenicienta; alguien empieza a ir cuesta abajo y así continúa; dos se enamoran, y mucha gente se entromete; una persona virtuosa es acusada falsamente de haber pecado; se cree que una persona pecadora es virtuosa; una persona se enfrenta a un desafío con valentía, y tiene éxito o fracasa; una persona miente, una persona roba, una persona mata, una persona fornica.

● Le garantizo que no hay ninguna estructura en un relato moderno, incluso si no tiene trama, que aporte satisfacción genuina al lector si no se introduce alguna de estas tramas antiguas. No creo que las tramas deban considerarse tanto como representaciones precisas de la vida, sino como modos de hacer que los lectores sigan leyendo.

● Cuando enseñaba creación literaria, les decía a los estudiantes que hicieran que sus personajes quisieran algo enseguida, aunque sólo fuera un vaso de agua. Los personajes paralizados por la falta de sentido de la vida moderna todavía tienen que beber agua de ves en cuando. Uno de mis estudiantes escribió una historia sobre una monja a la que se le quedaba un trozo de hilo dental entre dos muelas izquierdas inferiores, y que no podía sacárselo en todo el día. Me pareció fantástico. La historia trataba de temas mucho más importantes que el hilo dental, pero lo que mantenía la atención de los lectores era la ansiedad sobre cuándo se sacaría finalmente el hilo. Nadie conseguía leer la historia sin rebuscar en la boca con el dedo.

● Cuando se excluye la trama, cuando excluyes el deseo de alguien en relación a algo, excluyes al lector, lo cual es muy malvado. También puedes excluir al lector no diciéndole inmediatamente dónde sitúo la historia, y quién es la gente…

● Y puedes sacrificarlo al no enfrentar nunca a ciertos personajes entre ellos. A los estudiantes les gusta decir que no representan enfrentamientos porque a la gente le gusta evitar los enfrentamientos en la vida moderna. La vida moderna es muy solitaria, dicen. Pero eso es pereza. Es tarea del escritor representar enfrentamientos, para que los personajes digan cosas sorprendentes y reveladoras, y educarnos y entretenernos a todos. Si un escritor no puede o no quiere hacer eso, debería retirarse del oficio.




Kurt Vonnegut. Kurt Vonnegut Jr. (Indianápolis, 11 de noviembre de 1922-Nueva York, 11 de abril de 2007) fue un escritor estadounidense, cuyas obras, generalmente adscritas al género de la ciencia ficción, participan también de la sátira y la comedia negra.








miércoles, julio 05, 2017

Decálogo: Seymour Menton





Algunas técnicas que he aprendido leyendo novelas y cuentos ajenos son relativamente sencillas, pero no son las únicas ni las más importantes:

1. La primera oración tiene que captar la atención del lector con su concisión, su  originalidad y algo inesperado.

2. Aunque la obra puede incluir varios elementos dispersos, hay que mantener la unidad de la obra intercalando unos motivos recurrentes.

3. Hay que establecer el tono predominante de la obra desde el principio y luego mantenerlo. Por ejemplo, en Un tercer gringo viejo hay bastante humor basado en la ironía.

4. Conviene escoger vocablos precisos y únicos más que generales; tratar de evitar palabras como decir, ir.

5. Se debe cerrar la obra, cerrando el marco, a veces rematando el tema, el conflicto o los motivos recurrentes.


Fuente: http://www.ciudadseva.com/textos/teoria/opin/menton2.htm





sábado, junio 03, 2017

Decálogo: Augusto Monterroso






Primero.

Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.

Segundo.

No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus  antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido  que la posteridad siempre hace justicia.

Tercero.

En ninguna circunstancia olvides el célebre díctum: En literatura no hay nada escrito.

Cuarto.

Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No  emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.

Quinto.

Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del  trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.

Sexto.

Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero  hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.

Séptimo.

No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que  tus amigos se entristezcan.

Octavo.

Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas  fuentes.

Noveno.

Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.

Décimo.

Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.

Undécimo.

No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.

Duodécimo.

Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratará de tocarte el saco en la calle, ni te señalará con el dedo en el supermercado.

Augusto Monterroso
(Tegucigalpa, Honduras, 1921 - Ciudad de México, 2003) Escritor guatemalteco, uno de los autores latinoamericanos más reconocidos a nivel internacional.

lunes, mayo 01, 2017

Decálogo: Julio Ramón Ribeyro, Cuentista Peruano





1. 1. El cuento debe contar una historia. No hay cuento sin historia. El cuento se ha hecho para que el lector pueda a su vez contarlo.

2. La historia del cuento puede ser real o inventada. Si es real debe parecer inventada, y si es inventada, real.

3. El cuento debe ser de preferencia breve, de modo que pueda leerse de un tirón.

4. La historia contada por el cuento debe entretener, conmover, intrigar o sorprender, si todo ello junto, mejor. Si no logra ninguno de estos efectos, no sirve como cuento.

5. El estilo del cuento debe ser directo, sencillo, sin aspavientos ni digresiones. Dejemos eso para la poesía o la novela.

6. El cuento debe solo mostrar, no enseñar. De otro modo sería una moraleja.

7. El cuento admite todas las técnicas: diálogo, monólogo, narración pura y simple, epístola, collage de textos ajenos, etc., siempre y cuando la historia no se diluya y pueda el lector reducirla a su expresión oral.

8. El cuento debe partir de situaciones en las que el o los personajes viven un conflicto que los obliga a tomar una decisión que pone en juego su destino.

9. En el cuento no deben haber tiempos muertos ni sobrar nada. Cada palabra es absolutamente imprescindible.

10. El cuento debe conducir necesaria, inexorablemente a un solo desenlace, por sorpresivo que sea. Si el lector no acepta el desenlace es que el cuento ha fallado.




Julio Ramón Ribeyro

(Lima, 1929 - 1994) Escritor peruano, figura destacada de la llamada Generación del 50 y uno de los mejores cuentistas de la literatura hispanoamericana del siglo XX.


domingo, abril 23, 2017

Decálogo: Andrés Neuman






1. Contar un cuento es saber guardar un secreto.

2. Aunque hablen en pretérito, los cuentos suceden siempre ahora. No hay tiempo para más ni falta que hace.

3. El excesivo desarrollo de la acción es la anemia del cuento, o su muerte por asfixia.

4. En las primeras líneas un cuento se juega la vida; en las últimas líneas, la resurrección. En cuanto al título, paradójicamente, si es demasiado brillante se olvida pronto.

5. Los personajes no se presentan: actúan. La atmósfera puede ser lo más memorable del argumento. La mirada, el personaje principal.

6. El lirismo contenido produce magia. El lirismo sin frenos, trucos.

7. La voz del narrador tiene tanta importancia que no debe escucharse demasiado.

8. Corregir: reducir.

9. El talento es el ritmo. Los problemas más sutiles empiezan en la puntuación.

10. En el cuento, un minuto puede ser eterno y la eternidad caber en un minuto.

11. Narrar es seducir: jamás satisfagas del todo la curiosidad del lector.

Más...

1. Si no emociona, no cuenta.

2. La brevedad no es un fenómeno de escalas. La brevedad requiere sus propias estructuras.

3. En la extraña casa del cuento los detalles son los pilares y el asunto principal, el tejado.

4. Lo bello ha de ser preciso como lo preciso ha de ser bello. Adjetivos: semillas del cuentista.

5. Unidad de efecto no significa que todos los elementos del relato deban converger en el mismo  punto. Distraer: organizar la atención.

6. Anillo afortunado: a quien escribe cuentos le ocurren cosas, a quien le ocurren cosas escribe cuentos.

7. Los personajes aparecen en el cuento como por casualidad, pasan de largo y siguen viviendo.

8. Nada más trivial, narrativamente hablando, que un diálogo demasiado trascendente.

9. Los buenos argumentos jamás pierden el tiempo argumentando.

10. Adentrarse en lo exterior. Las descripciones no son desvíos, sino atajos.

11. Un cuento sabe cuándo finaliza y se encarga de manifestarlo. Suele terminar antes, mucho  antes que la vanidad del narrador.

12. Un decálogo no es ejemplar ni necesariamente transferible. Un dodecálogo, muchísimo menos.


Andrés Neuman Galán (Buenos Aires, 28 de enero de 1977) es un narrador, poeta, traductor, bloguero y columnista hispano-argentino.





sábado, abril 15, 2017

Decálogo: Nietzsche




1. Lo que importa más es la vida: el estilo debe vivir.

2. El estilo debe ser apropiado a tu persona, en función de una persona determinada a la que quieres comunicar tu pensamiento.

3. Antes de tomar la pluma, hay que saber exactamente cómo se expresaría  de viva voz lo que se tiene que decir. Escribir debe ser sólo una imitación.

4. El escritor está lejos de poseer todos los medios del orador. Debe, pues, inspirarse en una forma de discurso muy expresiva. Su reflejo escrito  parecerá de todos modos mucho más apagado que su modelo.

5. La riqueza de la vida se traduce por la riqueza de los gestos. Hay que aprender a considerar todo como un gesto: la longitud y la cesura de las frases, la puntuación, las respiraciones; También la elección de las  palabras, y la sucesión de los argumentos.

6. Cuidado con el período. Sólo tienen derecho a él aquellos que tienen la respiración muy larga hablando. Para la mayor parte, el período es tan sólo una afectación.

7. El estilo debe mostrar que uno cree en sus pensamientos, no sólo que los piensa, sino que los siente.

8. Cuanto más abstracta es la verdad que se quiere enseñar, más importante es hacer converger hacia ella todos los sentidos del lector.

9. El tacto del buen prosista en la elección de sus medios consiste en aproximarse a la poesía hasta rozarla, pero sin franquear jamás el límite que la separa.

10. No es sensato ni hábil privar al lector de sus refutaciones más fáciles; es muy sensato y muy hábil, por el contrario, dejarle el cuidado de formular él mismo la última palabra de nuestra sabiduría.




domingo, abril 02, 2017

Decálogo: Ernest Hemingway






 Escribe frases breves. Comienza siempre con una oración corta. Utiliza un inglés vigoroso. Sé positivo, no negativo.

 La jerga que adoptes debe ser reciente, de lo contrario no sirve.

 Evita el uso de adjetivos, especialmente los extravagantes como espléndido, grande, magnífico, suntuoso.

 Nadie que tenga un cierto ingenio, que sienta y escriba con sinceridad acerca de las cosas que desea decir, puede escribir mal si se atiene a estas reglas.

 Para escribir me retrotraigo a la antigua desolación del cuarto de hotel en el que empecé a escribir. Dile a todo el mundo que vives en un hotel y hospédate en otro.

 Cuando te localicen, múdate al campo. Cuando te localicen en el campo, múdate a otra parte. Trabaja todo el día hasta que estés tan agotado que todo el ejercicio que puedas enfrentar sea leer los diarios. Entonces come, juega tenis, nada, o realiza alguna labor que te atonte sólo para mantener tu intestino en movimiento, y al día siguiente vuelve a escribir.

 Los escritores deberían trabajar solos. Deberían verse sólo una vez terminadas sus obras, y aun entonces, no con demasiada frecuencia. Si no, se vuelven como los escritores de Nueva York. Como lombrices de tierra dentro de una botella, tratando de nutrirse a partir del contacto entre ellos y de la botella. A veces la botella tiene forma artística, a veces económica, a veces económico-religiosa. Pero una vez que están en la botella, se quedan allí. Se sienten solos afuera de la botella. No quieren sentirse solos. Les da miedo estar solos en sus creencias...

 A veces, cuando me resulta difícil escribir, leo mis propios libros para levantarme el ánimo, y después recuerdo que siempre me resultó difícil y a veces casi imposible escribirlos.

 Un escritor, si sirve para algo, no describe. Inventa o construye a partir del conocimiento personal o impersonal.

viernes, marzo 31, 2017

Intoxicados, Anna Ajmátova




Anna Ajmátova (Anna Andréievna Gorenko; Bolshoj, 1889 - Komarovo, 1966) Poetisa rusa.

lunes, marzo 27, 2017

Decálogo: Clarice Lispector





Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un

vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se

vive y que nunca se entiende a menos que se escriba.

¿El proceso de escribir es difícil? Es como llamar difícil al modo extremadamente prolijo y

natural con que es hecha una flor.

No puedo escribir mientras estoy ansiosa, porque hago todo lo posible para que las horas

pasen. Escribir es prolongar el tiempo, dividirlo en partículas de segundos, dando a cada

una de ellas una vida insustituible.

Escribir es usar la palabra como carnada, para pescar lo que no es palabra. Cuando esa no-

palabra, la entrelínea, muerde la carnada, algo se escribió. Una vez que se pescó la

entrelínea, con alivio se puede echar afuera la palabra.

domingo, marzo 26, 2017

Decálogos: EDGAR ALLAN POE





1. [Saber hacia dónde se va: empezar por el final] En la manera habitual de estructurar un relato se comete un error radical... El autor se pone a combinar acontecimientos sorprendentes que constituyen la base de su narración, y se promete llenar con descripciones, diálogos o comentarios personales todos los huecos que a cada página puedan aparecer en los hechos... Por mi parte, prefiero comenzar con el análisis de un efecto. Me  digo en primer lugar: de entre los innumerables efectos de que son susceptibles el corazón, el intelecto o el alma, ¿cuál elegiré en esta ocasión?

2. [Un solo efecto, una sola impresión] El punto de mayor importancia es la unidad de efecto o impresión.

3. [Concebir todos los elementos del cuento en función del efecto final] Luego de escoger un efecto novedoso y penetrante, me pregunto si podré lograrlo mediante los incidentes o por el tono general... entonces miro en torno de mí, en procura de la combinación de sucesos o de tono que mejor me ayuden en la producción del efecto. Si el artista literario es prudente... después de concebir cuidadosamente cierto efecto  único y singular, inventará los incidentes, combinándolos de la manera que mejor lo ayude a lograr el efecto preconcebido.

4. [La extensión del cuento: breve] Lo primero a considerar es la extensión. Si es demasiado larga para ser leída de una sola vez, preciso es resignarse a perder el importantísimo efecto que se deriva de la unidad de impresión... Y sin unidad de impresión no se pueden lograr los efectos más profundos... Si la lectura se hace en dos veces, las actividades mundanas interfieren destruyendo toda totalidad.

5. [Pero no demasiado, nada de microrrelatos] Cierto grado de duración es indispensable para conseguir un efecto cualquiera... Aludo a la breve narración cuya lectura insume entre media hora y dos... La brevedad  extremada degenera en lo epigramático; el pecado de la longitud excesiva es aún más imperdonable... El  cuento breve permite al autor desarrollar plenamente su propósito, sea cual fuere. Durante la hora de lectura, el alma del lector está sometida a la voluntad de aquél. Y no actúan influencias externas o intrínsecas,  resultantes del cansancio o la interrupción.

6. [Estructura compacta: construcción, condensación, precisión] En el cuento, donde no hay espacio para desarrollar caracteres o para una gran profusión y variedad incidental, la mera construcción se requiere mucho más imperiosamente que en la novela. En esta última, una trama defectuosa puede escapar a la observación, cosa que jamás ocurrirá en un cuento.

7. [Importancia del principio] Si su primera frase no tiende ya a la producción de dicho efecto, quiere decir  que ha fracasado en el primer paso.

8. [Importancia del final] La mayoría de nuestros cuentistas parecen empezar sus relatos sin saber cómo van a terminar; y, por lo general, sus finales parecen haber olvidado sus comienzos.

9. [Funcionalidad de todos los elementos] No debería haber una sola palabra en toda la composición cuya tendencia, directa o indirecta, no se aplicara al designio prestablecido.

10. [El poema (el ritmo) de ocupa de lo Bello; el cuento (la prosa), de todo lo demás] El autor que en un cuento en prosa apunta a lo puramente bello, se verá en manifiesta desventaja, pues la Belleza puede ser mejor tratada en el poema. No ocurre esto con el terror, la pasión o multitud de otros elementos...

Atributos


jueves, marzo 16, 2017

Pasaje Arno







Este nudo cuando hablo de ti, lleva implícito el tiempo no perdido. Un tránsito dócil por esas calles los pasajes de penumbras establecidos por imprentas que nada ofrecían al público de a pie, sino a  pocas empresas que requerían trabajos voluminosos. Fue en el Pasaje Arno donde tomaron mis manos pequeñas y con una astucia adolescente inauguraron mis labios.

Están en ti mis memorias, Caracas, en tu pavimento sagrado, como parte de cada adoquín que algún día colocaron para construirte. Creciste y yo contigo, pero sigues desplegando centímetros adicionales, como un tentáculo que se reproduce desordenado y que se instala con magia el corazón de cada transeúnte.

Aún escucho el sonido de las máquinas imprimiendo talonarios, mientras me abandonaba en el destino de perpetuar el recuerdo del roce de un beso furtivo. Dos cuadras hube de correr para llegar a casa, asustada, creyendo que se notaba. Esta vez no advertí el bullicio familiar asignando los puestos en la mesa y todos ordenando trastos para cada menester. Cuando llegué, había cantos de silencio en las paredes y el beso seguía allí, en mi temblor de niña.

Fue en marzo, se llamaba “Pasaje Arno”, a un costado de La Candelaria y eso queda en mi Caracas de recuerdos de felpa, ciudad de claves vocales, de espejos sin regreso.




No existe una foto, he tratado de recrearte como en mis memorias
Caracas, Julio 2015, a 448 años de tu creación.

miércoles, marzo 15, 2017

Hábitos de aprendiz






"Cuando lo hayas encontrado, anótalo."
Charles Dickens



Uso el moleskine, lo cargo siempre a cuestas como una extensión de mí misma. Cualquier palabra es detonante para un tema. Casi todas son pirotecnia apagada que debo encender. Es vital el hábito de anotar. Para reivindicarme pretendo escribir el mínimo de una línea por día.

La lectura de cualquier libro, puede significar el comienzo de un texto propio. Algunas veces, lo que contradice la historia que leo, es el comienzo de la propia historia.

Busco el tiempo. El tiempo no llega por correo, hay que hacerlo. Si espero a que llegue, nunca escribo.  Un día escuché a Alexis Romero decir que nunca sale de casa sin haber leído aunque sea una línea de cualquier libro y luego reflexionaba durante el día sobre la lectura y me lo tomo como consejo.

Me proveo de un bolígrafo que escriba “rico”, de esos que deslizan la tinta sin oponerse. No hay nada peor que escribir con un artefacto que se resiste al patinar sobre el papel.

Bloqueo distracciones: dispositivos en silencio, correos, juegos, televisión y otros que puedan servir de tentación para desertar de la página en blanco.

Silencio, no llega gratis, hay que buscarlo, construirlo, defenderlo. Como único sonido,  música smooth jazz o chillout, vía audífonos,  a un volumen lo más soportable posible que impida la invasión de murmullos o conversaciones, ni el barullo del tráfico.

Busco esa unidad entre el texto y mis entrañas, fisgoneo muy dentro, desde la intencionalidad de lo creativo hasta la comprobación de mis propias suposiciones,  encontrar respuestas a las pausas, seducir la frase licenciosa y luego desaparecer una vez que se levanta el lápiz...

Un escritor nunca está conforme con el espacio que le fue dado para escribir. Sueña con ventanales amplios, vista al mar o bosques densos que valgan de inspiración. No es común tenerlos. Hasta en el más repugnante suburbio, se encuentra la belleza. En una acera, en un farol de la calle de un barrio, en un auto abandonado, en un barrendero, en todos hay una historia que contar.

Si escribo bajo techo, escribo temprano, el aire fresco, la soledad, el sigilo que nadie enfrenta por dormir unas horas de más. La madrugada es mi favorita: encierro, sombra y silencio. El cuerpo está descansado, la mente limpia de pensamientos, el ambiente es favorable.

En intemperie, o en “huida”, atrapo  parques o plazas. No cualquier parque, soy exigente. Debe tener vegetación, bancos amplios, sin columpios (me distraen los niños) y suficientemente solitario para sentarme en posición de loto y dejar espacio al desorden de mis hojas, mi cuaderno, mi momento.

Café. No hay placer superior que el vapor que despide el primer café de la mañana y su contacto con el paladar. Preparar el rito de parir la frase siguiente y buscar la creación como parte del despertar, se complementa con el sublime aroma de ese primer café.

A otras horas, el chocolate, el más negro, es un buen estimulante. Deshago su textura sobre mi lengua lentamente mientras me abstraigo y abro los límites, dejando una fisura suficientemente amplia para que pasen por ella, las ideas. 
Bastimento: Si programo mis excesos, me abastezco de alguna exquisitez que en lo ordinario no me permito. Cada letra es un sorbo, cada frase un bocado y así.

Primero escribir, escribir intenso y desenfrenado. Atrapar la frase en el aire antes de que escape, sin la ruptura de la puntuación. Luego viene la poda, el reacomodo, hacer justicia en los espacios y finalmente, el logro de la conexión que, efectivamente, exprese lo que inicialmente se buscaba.  Trato de mantener la ingenuidad primigenia paralela al  asombro de la insolencia.

Inicialmente prefiero borronear en el papel. Escribo palabras aisladas, las conecto con otras ideas, las desconecto si me parecen comunes. Entonces,  juego.

Nunca abandono el oficio de aprendiz. Leo sin cesar, no solo a reconocidos y galardonados, sino a aquellos que desde la sombra pretender “ser” garantes de su letra. Se aprende de los malos y de los buenos escritores, aún de los “no son descubiertos”. Resalto frases que atrapen, rayo, trazo flechas que recuerden que “allí” hay algo interesante que estallará en otro texto. Si  necesito más inventario para producir nuevas ideas,  leo a otros.

Una vez que el texto pretenda tener una forma final, lo dejo reposar unas horas, días, lo necesario para que, al releer, se observen los detalles del cambio. Permito insertar la crítica severa e indigna. Cerceno lo innecesario y dudo siempre de lo que se resta. Generalmente son necesarios varios “reposos” para advertir errores.

Leo el texto incipiente en voz alta, preferiblemente a otros. La vista puede engañarme y  puedo caer en la omisión detalles y reiteraciones. Trato de aprender del valor de la crítica.

Miro dentro. Miro en mi entorno. Hay cuadros, fotos antiguas de seres que ya no están y que tuvieron una historia, una miseria y un logro. Miro alrededor, hay un lecho repleto de instantes, una mesa que contuvo cenas opíparas o el hambre que lleva a la búsqueda del éxito. Pongo un personaje y  una circunstancia, allí se encuentra el texto.

La lucha es renunciar al miedo de errar. En lo profundo de la rectificación el texto debe fluir victorioso y hasta tanto no esté publicado, puede sobrevivir.

Mayo 2013.

martes, marzo 14, 2017

Cuídate






Como la guayabera






Cuando conocí a Gisela, la vecina de al lado, mi vida estaba hecha añicos. Un divorcio de  magnitudes torrenciales había ahogado mis esperanzas de un “para siempre” como símbolo de una vida en pareja y mi capacidad de socializar había mermado de tal forma, que básicamente me costaba dar los buenos días en el ascensor. Mi primera responsabilidad era Lucas, el único heredero, el motor de mis días. Así que mi vida transcurría en un ir y venir desde un empleo al que detestaba y en el que solo regresaba al día siguiente con la única intención de esperar el día de la entrega del salario que me solventaría las necesidades más básicas de cualquier ser humano; comer, pagar el techo que nos cubría, costear los estudios del niño y si acaso sobraba una mísera suma, gastarlo en un día de cine con Lucas para distraerle la mente y evitar que pensara en la ruptura de sus padres.

Gisela fue un soporte en esos días de pérdidas y abandonos. Como madre soltera podía comprender la avalancha gigantesca de miserias internas de las cuales sería víctima en adelante y los continuos tropiezos a los que se expone una mujer sola, con un hijo a cuestas y una sonrisa que mantener en su entorno laboral para que nadie advierta el infierno que soporta minuto a minuto en su pecho.

Si bien nos veíamos poco por no coincidir nuestros horarios de salida a la faena, Gisela tuvo siempre detalles amistosos que nunca podría olvidar. Estábamos pendientes la una de la otra y en algunas ocasiones compartíamos alguna comida que habíamos hecho el domingo, conversábamos sobre nuestros problemas y propiciábamos la oportunidad de que los pequeños, el mío de 9 y el de ella de 7, jugaran un rato en alguna de las dos residencias.

Fueron varias las veces que me ofrecí a llevarle a Christian, su hijo, al colegio, viéndola afanada o retrasada a la hora de salir, así como muchas otras, ella se quedó con Lucas porque me hicieron trabajar sobre tiempo en esa bendita oficina que no cumplía ninguna expectativa para mí pero que, sin embargo, me veía obligada a aceptar todas sus inquisiciones por necesidad.

Gisela alquiló ese apartamento hacía unos 3 años aproximadamente. A la dueña, Silvia, pocas veces la vi, ya que apenas estuvo unos meses luego de estrenar la vivienda y luego fue trasladada a otra ciudad, por lo que rentó el inmueble a Gisela, quien venía recomendada por una prima.

Yo, en cambio, había logrado quedarme en el apartamento que compramos durante el matrimonio en una débil disputa en la que Carlos accedió a dejarme allí solo por el niño, por recomendación de la juez de menores. Así que en ese aspecto, le llevaba ventaja a Gisela, a quien todos los años le aumentaban el alquiler, haciéndose cuesta arriba para ella cumplir con el pago con el mismo sueldo.

Nuestra amistad se hizo estrecha, de mutua colaboración y comprensión y con el elemento adicional de que ambos niños, se hicieron compañeros de juegos en corto tiempo. Gisela llegó un día de la calle con un agobio extra y los ojos llorosos. Ante mi preocupación, me pidió entrar en casa y casi inmediatamente me preguntó si podía hacerle un café cargado para tener fuerzas de contarme lo que le preocupaba. Silvia, la dueña del apartamento donde vivía, la había llamado a última hora de la tarde para informarle que, ante el vencimiento próximo del contrato de alquiler, no habría renovación, ya que se devolvía a la ciudad para emprender un nuevo proyecto personal y necesitaba la desocupación lo más pronto posible para efectuar la mudanza.

En un país donde la situación inmobiliaria se ha convertido en una verdadera odisea sin éxito. Las autoridades pertinentes habían dado carta blanca a los inquilinos de quedarse con propiedades ante la dificultad de conseguir nuevas opciones, sin el menor apoyo legal posible para el propietario, por lo que nadie se atrevía a rentar desde hace algunos años por temor a iniciar un juicio de proporciones monetarias invaluables, con el riesgo de perder ambas cosas, la querella y la vivienda.

Con suma atención escuché a Gisela entre sollozos, contar la triste historia de una madre soltera a quien recién sentía un peso adicional a los múltiples inconvenientes que como premio a su esfuerzo, le daba la vida. Con rapidez, colé un café y me senté frente a ella tratando de calmarla.

Su familia residía en otros estados, dispersa por el interior del país, así que no podía encontrar una solución inmediata su cooperación. Le aconsejé mediar el tiempo de abandonar la casa con la dueña y enseguida rompió en llanto escondiendo su rostro bajo sus brazos acusando que ya había agotado ese recurso.

Me sentí impotente. Un torrente de ideas imposibles cruzaron por mi cabeza. Una de ellas fue la posibilidad de traérmelos a casa para ayudarlos mientras encontraban un espacio acorde con su presupuesto. Pero desistí de comentarlo cuando recordé las advertencias de mi ex cónyuge con respecto a quedarme con todas las comodidades de siempre, a cambio de que no contrajera compromiso alguno con nadie. Y por supuesto, eso incluía a las amistades, por lo que la intención con mi entrañable vecina, no era procedente.

A partir de ese momento, Gisela vivió momentos bastante desagradables. Silvia inició una serie de presiones psicológicas, al punto de lograr su desestabilización emocional. Con frecuencia llegaban cartas solicitando la revocación del contrato inmobiliario, notificaciones de tribunal con amenazas subliminales, de no desocupar el espacio en el tiempo previsto, además de llamadas constantes preguntando para cuándo sería el desalojo. 

Gisela intentó realizar una búsqueda de otro lugar para mudarse, sin embargo las condiciones del país no estaban dadas para conseguir fácilmente, y con esa premura, un sitio adecuado para ella y su hijo. Como viví su historia, por la cercanía con que nos conectamos vecinalmente, sabía de qué magnitud era su preocupación.

Pasaron algunos meses y la situación se hacía cada vez más intolerable. Me afectaba de manera directa, ya que a diario actuaba como consuelo ante las angustias de Gisela. Para mi sorpresa, un día me llamó Silvia. De alguna forma se enteró del vínculo que me unía con su arrendataria y trató de tocar mis fibras sentimentales para obtener apoyo de mi parte. Me pareció una buena estrategia conversar con ella y actuar como mediación para lograr un tiempo adicional que beneficiaría a Gisela, así que acepté reunirme y tomar un café para discutir el tema. Silvia resultó ser mejor estratega que yo. Con mucha habilidad me expuso su tendencia, en el caso.

Mientras la escuchaba contarme sus planes, mi visión del asunto iba cambiando. Por razones obvias siempre estuve a favor de Gisela, sin embargo no podía desestimar que las apreciaciones de Silvia, vistas desde su ángulo, eran válidas y no menos justas que las de su inquilina, quien, por cierto, en los últimos días, se había tornado irascible y violenta en sus conversaciones debido a la presión que recibía de su arrendadora.

Silvia me señaló su imposibilidad de pagar un alquiler a su regreso a la capital y manifestó su derecho a vivir en su propiedad en el momento que lo deseara, teniendo en cuenta, por supuesto, los plazos legales, lo cual estaba cumpliendo a cabalidad.

Me vi entonces en una dualidad. No sabía con quién ser solidaria. Cuando hablaba con Gisela trataba de hacerle comprender los puntos de vista de Silvia, le recomendaba agencias inmobiliarias para que se activara pronto y pudiera conseguir otra opción para solucionar sus dificultades. Incluso colaboré durante muchas horas en realizar llamadas a conocidos y familiares, tratando de regar la voz, mencionando la emergencia del caso, buscando ayudarla. Todos mis esfuerzos fueron vanos.

Pasado y vencido el plazo límite para la entrega del inmueble, Silvia ejecutó otras medidas de presión más drásticas. Se encadenó en el pasillo de nuestro piso, a la reja de su propiedad, obstaculizando así el paso de salida de mi vecina y su acceso al pasillo. Llamó a la prensa, constantemente le hacían entrevistas para programas donde se denunciaban problemas similares.  La vida de Gisela y la mía, en consecuencia, se tornó un infierno.

Una de esas mañanas de los cincuenta días con ese panorama, Silvia, en señal de agravio, le gritó a Gisela que hasta yo la apoyaba, ya que habíamos conversado en múltiples oportunidades del tema. Mi vecina, furiosa, pensó que había mantenido una representación cuando le aconsejaba y consolaba y me tildó de falsa y traidora. A pesar de mis intentos inútiles por hacerle ver mi posición,

Gisela me quitó el habla y por supuesto, la amistad de los niños terminó. Incluso traté de mediar con Silvia una conversación para que evitara este tipo de comentarios que me perjudicaban con Gisela, pero su actitud para conmigo fue brusca e intransigente.

De más estaría contar los momentos ásperos que tuve que vivir. La situación me hizo sentir tan mal que fui yo la que tomó la decisión de mudarse por un tiempo a casa de mi madre para evitar encontrarme con esas dos mujeres que batallaban cada una en su propia conciencia por decisiones que para ambas, parecían justas, según el punto de vista desde donde se viera.

Aquella diatriba duró, desde el inicio legal de las gestiones de Silvia, algo más que un año, del cual, casi la mitad, pasé refugiada en otra casa. Supe por comentarios de otros vecinos que la contienda terminó en violencia. Gisela tuvo que irse, ignoro su destino hasta hoy, forzada y derrotada con su pequeño hijo.


Silvia ocupó el departamento pero nuestras interacciones en adelante se tornaron en unos grises y cortos “buenos días”. Lucas y yo perdimos unos amigos sin tener responsabilidad en esa querella. En este momento las dos personas implicadas resolvieron su problema y yo, por tratar de ayudar y mediar entre dos puntos de vista válidos entre sí, me quedé sin vecinas y como la guayabera, por fuera.