miércoles, marzo 05, 2008

Eutanasia

Llegó la niebla, precedida por las garras de los pájaros negros. Bestias de otros, vestidas de taciturnas, tomaron posesión del cuerpo. En un cuenco de temores forasteros se efectuó mi diagnosis. Fatal pronóstico, inútil prescribir medicamentos, ni pócimas que mejorasen el padecimiento. Cíclico de crepúsculo a crepúsculo. Cualquier posible solución ha sido echada por tierra. Millones de complejos absurdos invadieron mis células.
Anunciada la defunción de mi presencia, no tuve remedio alternativo más que la propia inmolación, sin llegar a suicidio.
He buscado una vida menos perversa, ausente de temores, un lugar adecuado donde sembrar una pizca de felicidad. Pero en una sola palmada se ignoraron mis deseos y el regalo de mi vuelo fue bautizado como la solución salina que beben las putas ignorantes que buscan refugio, poco menos que una flecha que no encontró el blanco.
No se me permitió sedativo alguno para el dolor, por el contrario, las palabras absurdas fueron puestas en mi boca, mientras, del otro lado del mar, los colegas ríen al saber de mi dolencia.
Nunca existieron las excusas de peso que justificaran tal acción. A través de los años aprendí que el amor puede lograrlo todo. La vida de este amor apresurado se muere y la muerte se llenó de vida.
Los frascos de cariño y paciencia no llegaron a tiempo. Prefirieron la eutanasia.

Secreteo

Calla. O mejor habla en tonos muy suaves.
No quiero que mi sombra intuya que sigo amando. La mantengo ebria en las noches, es cuando me acusa de que aún me puebla el temblor sutil en medio del pecho y me condena por acariciar la desahuciada idea de las fantasías imposibles.
En las madrugadas, ella, mi sombra, me agujerea los pliegues del recuerdo con un sacabocados inclemente. Los desechos caen en vasijas de barro y se transforman en polvo de estrellas.
Que no sepa del incendio de la ausencia, de mis horas cobardes, mojadas de llanto, esas que nadie sabe.
No le dejes la duda de mi fortaleza, la máscara de la mujer de hierro que no soy, de lo inútil de una espera en la que ya no creo.
Háblame quedo, que tengo miedo.