sábado, febrero 16, 2008

Cuando me haya ido


Dejaré mis letras en herencia, una caja llena de estupideces que algún día llenaron mi vida de recuerdos gratos.
Dejaré fotos, solo las que tengan sonrisas y miradas de frente.
Pondré en mi legado un solo color que me defina y de éste, dejaré como última voluntad que sea mi epitafio.
Soltaré millones de creyones al azar, en un campo de grama verde que hará las veces de contraste.
Cuando me vaya, no dejaré fortunas ni tesoros escondidos, quedarán a la luz mis matices y será blanco de juicios implacables, de mudos veredictos.
Dejaré entonces una pequeña nota prohibiendo las hipócritas lágrimas sociales y un consejo manso de ternura liberando compromisos de asistir, de aquello que en vida, nunca fue dado.
Cuando me haya ido, nadie sabrá de mi, ni verá mi partida y dejaré tras mis pasos el leve aroma de una mandarina.
(Fotografía Antonio Mas)

Visita conyugal

(www.antoniomas.com/images)




Llevé un bolso de mano con lo estrictamente necesario, esas cosas que fácilmente se recogen a la hora de irse o sencillamente nunca salen de él. Temía dejar algo propio sobre la mesa, en el baño, en cualquier área, era como sentirse visitante de un hotel, donde se procura no olvidar nada. Una vez en el sitio, sentía los espacios prestados, ajenos y, con frecuencia, me embargaba un extraño estado de ansiedad que me empujaba a salir de allí, sintiéndome una intrusa. No me retuvieron cuando quise marcharme, como si ciertamente desearan mi partida después de haberse cumplido la visita conyugal, sí, como la de las mujeres de los reos quienes visitan por cumplir un requisito emocional y carnal, más, sin embargo, saben que el lugar no es el indicado, no se siente como un hogar, y deben salir de allí una vez cumplido el tiempo estipulado y no dejar nada olvidado, cargar con la tristeza, la soledad y los miedos que trajeron, sin saber siquiera con exactitud cuándo será la próxima vez. O si la habrá.

Estadística




La ciudad llora, las calles arrastran sólidas y goteantes mascaradas. Se cae el crepúsculo sobre el manto de lluvia y un centenar de cabezas cubiertas se apresuran a cruzar los torrentes de las avenidas.

En un encierro sin precedentes, con música en niveles extremos, trato de recordar mis estadísticas. Disímiles y heterogéneas, nunca se acercan a la mezcla universal. En una posición estática a la que me obliga el infernal tráfico capitalino, mi vista se pasea por escenarios conocidos en otros tiempos.

El recuerdo invade el espacio que ocupo, la melodía colabora, y un par de lágrimas desvergonzadas intentan quebrantar mi fortaleza. En la actualidad no sé dónde me encuentro, a la derecha, a la izquierda o en un centro que trato de construir para que mi propio balanceo no termine de derrocarme.

Me hastían los esposos insatisfechos, se acercan los niños reprimidos, en la inestable búsqueda de una supuesta experiencia que ni siquiera están dispuestos a afrontar cuando aparezca y una decena de ejemplares sin sutileza ni escrúpulos, intentan poseer las letras de una poeta.

La ciudad sigue su curso, la noche cae irremediablemente, sin pausa, la mente divaga en el más absoluto aburrimiento y ya no se si pertenezco a una estadística o intento batir el record de las princesas sin castillo.

Estoy sin esquemas, perdí los mapas y no tengo la menor intención de volverlos a buscar.