jueves, septiembre 25, 2008

Coraje




Se sintió irrumpida por cortinas de agua que entraban en sus fosas nasales, le asaltaban la faringe sin dejar paso siquiera a un delgado hilo de oxígeno. Por momentos creyó todo perdido, túneles oscuros acariciaban sus párpados, obligándoles a cerrarse. En miles de ocasiones en que el agitado maremágnum la impulsó fuera del agua, escuchaba su nombre pronunciado por vocecillas familiares. Nunca pudo tocar fondo más de un segundo y le sirvió de salto para alcanzar la superficie de nuevo. Una brazada tras otra y de pronto se vio sujeta a una orilla en la que pudo dar el primer paso sobre tierra firme. Lo que vino después no fue más que el relato de lo inmediatamente vivido, mal recuerdo, cicatrices de golpes recibidos, llanto. Un grupo de personas acudió a su encuentro, hubo preguntas, solidaridad, atención, cuidados. Hablaban de condecoraciones futuras, homenajes. Con el tiempo escuchó montones de halagos, muestras de asombro por su coraje. En aquel cataclismo, mujeres de su misma altura, quisieron colocarla en una especie de altar al heroísmo. Tal actitud fue rechazada por ella. Los valientes son aquellos que, por propia voluntad, toman la decisión de afrontar el peligro, pese al temor, a las probabilidades escasas de éxito en la misión que emprenden. Se cansó de repetir que nunca decidió dar un paso al frente ni sumergirse en la marejada. Un empujón sorpresivo la hizo partícipe y, una vez dentro, no tuvo el chance de retroceder ni arrepentirse. El aprendizaje fue valioso, rico en crecimiento, coraje, mas no electivo. Su visión actual frente a las tragedias, ha cambiado de manera radical. Se crece en lo difícil y corroborar que solo circunstancias de grandes proporciones son capaces de hacernos madurar y apreciar los dones, es gratificante. Ella no quiso galardones póstumos, solo atesoró el recuerdo de una mujer que persistió en el camino, tal vez ya sin deseos, cargando los sueños descosidos, propios y ajenos y que, pese a ello, siempre sospechó que había algo más que color detrás de un arco iris.

sábado, septiembre 13, 2008

Bajo mis párpados

Quédate allí lo suficiente.
El tiempo exacto de una eternidad secreta,
el espacio oculto de las hojas de los libros que leo.
Quédate, sin cadenas,
libre bajo mi dermis haciendo malabares
en la sonrisa que produces,
en mis dedos sin alianzas,
en mi espacio sin cadenas,
en mi borde que no es frontera.
Allí te quiero,
como vives bajo la mirada que proyecto al cerrar mis ojos
y revivir los momentos contigo,
libre de cualquier circunstancia que te angustie o te limite.
Quédate, si quieres, bajo mis párpados.

sábado, septiembre 06, 2008

Ofrenda




Prometo que el maíz estallará en cotufas,
que los temblores serán legítimos,
notas de flautas dulces colgadas con alfileres,
un sueño exótico que sepa a mañana,
acariciar mis recuerdos de niña,
tu boca anclada sobre mi frente,
salpicarte de rastros y huellas de mi.
Ofrendaré aromas de mandarinas,
pétalos sobre las sábanas,
prestarte mi almohada más pequeña,
humedecer tus desiertos,
respetar tus silencios,
buscar la savia en tu nombre,
que encuentres sorpresa en el mío,
hilvanar la paciencia que me falta,
olvidar los relojes en tu presencia,
tararear la canción que habla de tu luz,
estirarme sobre tu pecho cuando amanezca,
coserme a tu historia
y rellenarme de tu voz.

Soborno

Me soborna. Su labio inferior me soborna. Me vuelvo pequeña, del tamaño del espacio de sus hombros.
Me acuno allí. Lo habito y él lo sabe.
Me visto de laguna y le permito que despoje mis aguas y desnude este peligro consciente que se hace diminuto en el mínimo trayecto que hay de mi hasta él.
Ha dispuesto este lugar para mí. Construye la vigilia, donde mis versos resbalan en los costados de su espalda.
Me soborna. Lisonjea mis tacones y lo dejo que haga piruetas con sus besos de viento y me disperso más allá de una cintura para llevarlo lejos, tomando mi mano, donde la nada matizada de azules y blancos nos albergue.
En ese dominio, el mundo volverá a ser mío.
Me soborna. Y yo, me dejo sobornar.

Germina

Todo está allí, dentro de ti. Deja que germine, con la labor del tiempo, con una caricia de plumas.
Soplaré suave sobre las semillas dispuestas. Lluevo ya, llovizno.
Y esa humedad estimula, sin remedio, la aparición de los brotes.
Me tiemblas dentro, como las cuerdas de tu guitarra cuando tocas para mi.
Ya se oyen bajo la tierra las diminutas percusiones de tus plantas que saben a dulce cosecha.
Germina. Vive. Respírame.
Cierra los ojos y siente. La semilla está en ti.