viernes, febrero 29, 2008

La mueca


Ese Rictus recurrente se instala los viernes programando las horas vespertinas. Un caudal de carcajadas navega en el exterior, pisando los murmullos que escapan de mi memoria. Se ausenta el dolor y un color blanco va llenando mis sienes. Las emociones se han vuelto aristocráticas y altivas. O quizás es la forma de ocupar un lugar que, con persistencia, insistí en destruir.Saber quien soy me diferencia del resto de los mortales. Experimentarlo es lloverme por dentro salpicando una paz que he desconocido y que ya comienzo a adoptar como propia.Necesitaba ser nadie para encontrarme y me agrada la visita de esta extraña sin adversarios.Me extravié en ninguna parte sin pasaje de retorno. Llegó a gustarme el fango, el pelaje de las hienas, el aroma que despiden los buitres cuando avientan su plumaje en busca de carroña.Creo que fui yo quien colocó las piedras como obstáculos para no llegarme. Sin embargo, el propósito no puede incumplirse. Ya no cargo cruces de madera ni me persigno ante los santuarios externa, siempre estuvo, pero mi cuerpo fue un recipiente vacío de mitos y repleto de descabellados instantes que esperaban el momento exacto de sentirme menos humana, más sublime, sin asco de mi. Las medias tintas no han sido mi fuerte. La decisión está tomada. Esta vez no dejaré avanzar los ocres. He vuelto a mí. Ya no hay muecas.

In


Detesto las consecuencias de la gente “In”. Insólito,
Insospechado,
Incoherente,
Inadvertido,
Inesperado,
Ininteligible,
Inopinado,
Indescifrable,
Inasequible,
Incomprensible,
Intransitable,
Inalcanzable,
Intocable,
Indeciso,
Intangible,
Indiscutible,
Irrefutable,
Indudable,
Incuestionable,
Inconvertible,
Innegable,
Inasible,
Insondable,
Inabordable,
Inconexo,
Insoluble,
Inexplicable,
Inalcanzable.
El fue todo eso.
Y ciento cincuenta y cinco mil “In” más.

Cornisa

Hay un punto muerto en el filo de la cornisa. Equidistante de mí. Mojado. Nublado. Apenas visible. Al bajar la vista, las figuras se desdibujan y no parecen humanas. Y yo, aguerrida, astuta, no avanzo. Para sentir el portazo tras de mi cuerpo, solo requiero cerrar los párpados. Señal inequívoca de aceptación de los hechos. El vacío se inclina perpendicular. Aún está tibia mi comisura. El se fue lamiendo su descaro agrio, denso, como malteadas de tardes de vacaciones. Su niño se detuvo en ese punto muerto de la cornisa. Y yo, siempre de afán, conseguí un adulto que se negó a crecer y se transformó en cicatriz.

Que no vuelva


Ese gozo perverso de compartirle, llena de insectos mi entorno.

Derribo muros, mis pisadas se disfrazan, la paciencia se pudre

y la magia no fue más que un buen programa de medianoche.

Ya no espero retornos inútiles,

donde la verborrea se derrame por gusto para obtener bajas pasiones.

No vuelvas.

No quedan sino abismos profundos donde se suicidan entelequias.

Evanescencia


Desapareció. Aún antes de haberse ido, amaestrando su ausencia diaria, mientras sentía escalofríos por traicionar mi boca. Abandonó mi aliento de forma recurrente, adoptando las poses precisas del que huye siendo culpable, del suicida que no es sobrio ni elegante, repitiendo un discurso de mentiras mal construidas. Desapareció con un vacío rancio anunciado en cada crepúsculo, en cada disfraz del amante que prefiere pellizcar el aire antes que asumir sus sensaciones.Sin embargo, en cada filo de mis noches muertas, su recuerdo se hizo eterno llevándose mi nombre.
Ahora recuerdo que jamás lo pronunció.

Mírame bien


Mírame bien, por última vez
No sabes más que de palabras repetidas que pretenden sonar a verdad.Bien. No de reojo, más bien obsérvame de frente. Será la única oportunidad que tengas de rogarme que dispare las balas que proyectan mis pupilas. Luego de eso, quédate con hambre de mi, jadeando el vacío de mi verbo, ignorando el despertar de una fiera herida que despertó escuchando la voz de tu desprecio mientras yo, me gastaba en vocablos inútiles. Te hiciste demasiado costoso.Ahora cerraré mis ojos y aguardaré que regreses en oferta.

Nunca se lo dije


Nunca se lo dije, pero su acceso repentino mordió las aristas, revolcó el aire y el oxígeno, apaciguó mi fiera, destronó reyes invisibles, me dividió la lengua como un equilibrista que rebana los instantes retando a la muerte. Nunca pude decirlo, pero esta mitad que flota como un espíritu sin casa, quedó errante en el instante en que quiso compartirse. Una pulsión, dos a lo sumo, un leve chasquido en el silencio. No pude pronunciar palabra alguna. Y él, a pesar de una promesa tibia y pequeña, así de fácil, huyó.

Paralelos


Pasaste de mí en pocas horas. Yo que creí que aplaudías dentro de mis pupilas, bajé los brazos indefensa frente a la estela muda que tus pasos dejaron. Fue mínimo el tiempo, como lágrima de petirrojo en descenso avasallante, intensa, pero veloz. Este amor fue un pequeño frasco de vértigo que abrí sin intención. De esos que se beben sin pensar en el veneno que traen. Apenas tuve tiempo de expresar pocas palabras, un suspiro que extrañaba esos brazos, un acorde compartido, un guiño flotando sobre la espuma de un café. Esas manos me estrujaron los pensamientos, dejando arrugas indivisas. Luego de esto, abandonó la huella digital que me es ajena y que no quiero repetir. Vuelve a tu mundo de aromas de lluvia y tierra. Yo sueño. Los paralelos nunca pueden encontrarse.

Nudos





Pierdo el miedo.
Te acercas y soy otra distinta,
fiera bravía,
peligrosa presencia
Que desencadena tu instinto
oculto, inconcebible.
Separa los labios,
allí estoy yo esperando
que te expongas
A la embestida
que patrocina mi boca.
Suelta el nudo
que tiene tu pecho
y deja que sea yo quien me amarre a tu cuerpo,
ahora,
por siempre.
Que me vuelva felpa suave,
soplo leve,
blando plumaje que recorre tu espalda.
Esculpe las palabras que descienden de tus ojos,
Aquí, en mis hombros,
déjame cargar con eso
ahora, por siempre
Y vuélvete hallazgo de mis dedos,
invención de ese vigor
puesto en tela de juicio.
Permite que convierta el momento
en mi rito predilecto,
ahora, por siempre
que me vuelva piel y carne y apetito,
derroche de mi desnudez,
arte con el que envuelvo
tus miedos, tus maneras,
posando mis manos,
en el sitio donde enloquece tu hombría,
y déjame quedarme allí,
como un lazo
que no ha de desprenderse
de tu alma
ahora, por siempre.

jueves, febrero 28, 2008

Los buitres no comen alpiste



Hace algunos años aprendí varias cosas acerca de las aves. Me intrigaban los hábitos de las águilas, aquello que las hace majestuosas, la habilidad de cazar que poseen. Admiré entonces lo que leí acerca del vuelo retrógrado del colibrí, único y sorprendente.

Me desconcertó la visión de las gaviotas, la destreza del pelícano y las manías de los pajaritos domésticos que tanta insistencia tiene la gente en encarcelarlos para observar como sus ojitos buscan la libertad a mitad del espacio que existe entre los barrotes de la jaula que ocupan y que sirve de hogar a tan indefensos pequeñuelos.

Aprendí también acerca de sus vicios para comer. La mayor sorpresa me la llevé con los buitres, inclementes aves traicioneras que no dudan en arremeter, aún en contra del instinto natural, contra quien les trata, incluso contra su misma especie.

Obviamente se juntan por solo por algún propósito salvaje y primitivo o si han de compartir la carroña que al mismo tiempo consiguen, pero lo curioso es que incluso en esos momentos son capaces de traicionarse y, si la carencia del alimento es extrema, se atreven hasta a devorarse entre ellos.Los buitres no confían en nada, ni en nadie, porque la deben, por su naturaleza, porque así están creados.

Supongo que es por equilibrio del planeta. No tiene caso exterminarlos porque entre ellos mismos cumplen con esta función.Los buitres no comen alpiste ni son amantes de las flores, ni gustan de los jardines.

Solo satisfacen la necesidad del momento, su objetivo específico sin importarles el método, lugar o circunstancia que los rodea.

Hay personas como el colibrí, como el águila, la gaviota o los pajarillos domésticos, pero también como los buitres que no comen alpiste, solo se entienden entre ellos y sin embargo se traicionan y son capaces de engullir su propia carroña.

La escalera


Suelo con cierta frecuencia
voltearme a observar los escalones que he dejado atrás.
Solo mirarlos, nunca vuelvo a bajar a ellos.
Es agradable si se miran desde arriba,
mas sin embargo, cuando se está en ellos,
parece eterno el camino a subir, sobre todo,
si esa escalera es de caracol, como la mía.
Cuando es así, no se sabe qué ocurrirá en el próximo peldaño, pues no puede verse, ni siquiera a lo lejos.
Así que siempre es una sorpresa llegarles,
pues lo que está allí de forma imprevista
me sorprende, me asombra.
Cada peldaño no tiene un tiempo exacto.
Algunos duran días, otros años,
dependiendo siempre de la forma de escalarlos.
Yo diría que se trata de ciclos, para definirlos mejor.
Una vez que me decido a mirar aquellos que dejé atrás, puedo notar cierto decorado en algunos, como macetas llenas de flores en unos, maleza silvestre en otros.
Hay uno que otro balconcillo asomándose por encima...
Y pienso que es cuestión del momento,
de lo que el momento me dejó, de la enseñanza,
del crecimiento que me favoreció al subirlo.. nunca al bajarlos,
porque como dije, no se puede bajar.
Solo bajan aquellos que deciden retrocesos continuamente en sus vidas,
solo aquellos que no apuestan a vivir, que al abandono apuestan todo.
Puedo descansar si quiero, sentarme, bien mirando hacia arriba
o al contrario para deleitarme con el avance obtenido.
Puedo estar todo el tiempo que desee allí,
y luego de sentirme tranquila, seguir el ascenso.
Hubo momentos del trayecto que pensé dejarme deslizar por ese tirabuzón,
o sentarme y quedarme allí para siempre, pero mi fortaleza pudo más,
mi decisión fue la acertada, hay que subir a pesar de todo, contra todo....
Cada vida tiene en sí sus escalones.
A algunos nos tocan con más curvas, otros más rectos,
pero igual hay que subir.
Como lo hago yo... día a día, escalón a escalón.

domingo, febrero 24, 2008

Intima Simbiosis

No es muy dócil que se diga... a pesar de su apariencia. A veces se mantiene firma en su decisión de no doblegarse y me obliga a cambiar el rumbo. Como en aquella oportunidad en que, testaruda insistía en tomar el camino más fácil y yo no quise seguirle.

Dura determinación al dejarla sola por un tiempo, pero ambas sabíamos de nuestra mutua necesidad. Y en un punto medio nos encontramos nuevamente para nunca distanciarnos más.

En ocasiones, discutimos por pequeñas cosas, diferencias que solo fortalecen nuestra relación, esa que nadie comprende, que la sociedad condena.

No entienden que no todo lo que es aceptable al ojo ajeno, pueda ser lo más aconsejable.

En nuestro caso, padecemos de esa simbiosis que solo los seres raros van delimitando con el tiempo, para llegar, inevitablemente a una sumisión, en extremo, sana, indispensable hasta para el buen funcionamiento de la respiración.

Sé que sólo ella conoce mis secretos rincones, hasta el lugar exacto donde reposan los cajones de mis recuerdos, esos que nunca muestro. Mi primera muñeca, mi primer beso...y tantas otras primeras cosas que los tienen repletos.

Me gusta seducirla y hasta enloquecerla. Nadie sabe jugar con su sombra como yo lo hago con la mía.

jueves, febrero 21, 2008

El poema ciego


Encuentro casual en el que el destino hizo los arreglos que darían pie a una situación poco común. Nunca sabrán porqué ese lugar y no otro más usual en estos casos. Pero sucedió el contacto.
Escapaba ella de una rutina que asfixiaba cada hora del día y, colgada de pequeñas cascadas de lágrimas, esperaba que en su trayecto apareciera de súbito un sobresalto, una aparición que le motivara a sonreír con solo desearla. Y nada ocurría... un día idéntico al otro, horas muertas, minutos iguales sucediéndose sin cambios... prisa todas las mañanas, un recorrido sin desvíos ida y vuelta, nada provocando escalofríos en los huesos.
Lejos de sospecharlo, él seguía a diario un monumental ritual de hombre bondadoso y ejemplar. Creyendo que cada acto lo hacía mejor persona, mejor familiar y padre y que sólo eso existía y que, con ello, el cielo sería suyo, sin saber que alcanzarlo también tiene otros caminos.
El encuentro ocurrió, accidental, pero ocurrió. En una escena sin presencia real que se convirtió en afinidad por las letras, identificando frases y verbos por conjugar, no se hicieron esperar los planes de un contacto, un excepcional contacto, breve y repleto de una adrenalina que pocos conocen, que pocos se permiten.
Nunca sabrían en qué punto exacto de la charla se planificó una placentera aventura que sería absolutamente condenable a la luz pública y que se bautizó en excelso secreto travieso.
Ganas ocultas, atrevida lujuria, cínica seducción e incontrolable deseo por lo desigual y un atrevimiento hacia el vuelo a la poesía, ingredientes donde sólo importaba el cierre de los párpados, el toque de los dedos, la piel como bandera izada, una sensación a punto de graduarse de musa y, a ojos cerrados, una gran dosis de imaginación.
La leyenda se desarrolla sin más pretensiones que llegar al empalago y crear una historia entre líneas, sentir, tan solo sentir...
Derroche de voces en susurros quedos, sortilegio sin identidad, sin datos de donde atar otra conexión que no sea el maravilloso momento sin futuro, sin saber cuándo sería la próxima vez, de haberla, lo que deriva en un pensamiento de actuar como la última, constante despedida probablemente sin serlo, que amenaza y que, sin querer conforma uno de los puntos de más emoción. Era un juego que provocaba tempestades y arreciaba con furia en un tránsito por cuerpos y roces del alma, donde se desconoce la sociedad, donde sólo lo verdaderamente subliminal concierne, sin reglas, mitos ni normas que sean obstáculo alguno para un vuelo que, repito, pocos se atreven a vivir.
Se quisieron sin verse, siempre sin verse y sin quererse ver, imaginando cada rasgo, cada pliegue de piel, cada accidente de carne, cada expresión, cada cicatriz, con solo deslizar los dedos y, a ojos cerrados voluntariamente, solo tacto, solo dejar desbordar los sentidos y desplegar torrentes de revoluciones.
Así sucedió muchas veces, con la promesa de respetar la vida real, de quedarse en el límite de la identidad sin traspasarlo, procurando el mismo rincón como templo de ceremonia a una oscuridad que ya se hace familiar encasillando en cada empalme las palabras dichas, para luego, crear una historia distinta que dejaba la puerta abierta para volver a escribirla.
Ciegos de verdad, ciegos de ganas y ciegos de la inservible curiosidad que sólo dañaría el despegue de un viaje que planificado no podría encontrar los atajos que refrescan la tensión y la rutina imprimiendo nuevas fuerzas para continuar en una lucha que parece no tener final.
Ocasionalmente ella rinde culto a esos momentos. A solas, con luces apagadas y a oscuras... las evoca tanto que duelen.
Bella historia sin trascendencia, sin consecuencia, de efectos inmediatos, con intensidad de chispas de bengala que pronto se apagan pero que, mientras duran, podrían quemar hasta sobre el hielo.
Quizás algún día se tropiecen en una vereda, en una tienda o quien sabe si en un ascensor sin saber quienes son, pero un escalofrío sin motivo recorrerá sus pieles y los hará voltear con sorpresa, tratando de identificar algún detalle que los delate... un olor, un gesto, tal vez una voz, como únicos elementos de enlace en un cuento muy peculiar.
Una nota musical que trepó sobre una letra y formaron un poema ciego dentro de una habitación.

El potiche

Aún no he podido encontrar la definición exacta en ningún diccionario, pero lo cierto es que existe en mi mente lo que puede darme una interpretación del objeto en cuestión. Y es que más que un objeto conforma parte de mi pasado, de mi niñez, adolescencia y hasta adultez puesto que en todos los momentos importantes de mi vida estuvo y lo que es mejor aún, está.
Trátase de una especie de jarrón de cierto decorado que estuvo siempre presente en el ámbito de mi hogar, durante todo mi crecimiento. No puedo recordar su procedencia con certeza, pero lo que sí sé es que su dueña lo cuidaba con recelo, tanto, que llegó a ser causal de enfados y amonestaciones, para el momento, bastante severas.
Siempre tuvo un sitial de honor en la casa... bien en el mueble de la entrada, bien en alguno de salón, pero que siempre estuviera a la vista a quien abordara el recinto.
Su forma de lujosa vasija cabía perfectamente bajo cualquier perspectiva visual y su decorado combinaba con diferentes tipos de colores y texturas que se encontraban en el ambiente. Hay que destacar que su estilo es bastante clásico y rococó y estoy segura de que, aunque no es una obra de arte como tal, la antigüedad y la elegancia que lo caracteriza podrían fácilmente convertirlo en ella. Su color de fondo es crema, brillante, de un suave beige matizado. Sobre éste último, los arabescos que lo adornan parecen filigranas de oro posadas cuidadosamente sobre la superficie. Dibujos no muy definidos compuestos de ornamentos, volutas estampadas que casi podrían emitir melodías cuando se observan...soberbia distinción dondequiera que se le coloque.
Recuerdo claramente las reprimendas por tan solo pasarle cerca. Con sólo imaginar el peligro que corría de un tropezón y por consiguiente caída, el alboroto era latente. Y es que la dueña apreciaba tanto al mentado adorno que bien podría afirmarse que sufrió durante toda su existencia por su conservación. En una ocasión, su tapa cayó al piso, con la buena suerte de solo sufrir astillas en la punta. La rotura fue cuidadosamente reparada y, a partir de allí, engomó su tapa con pegamento para evitar futuros accidentes, razón por la cual, nunca más pudo usarse de florero.
Padecí tantas veces de los interminables regaños de la dueña, que sencillamente no podría haber mejor heredera que yo, quien lo aprecia como nadie y a la vez, otorgo los mismos cuidos que aprendí durante mi infancia.
No sólo adorna el ambiente, y debo referir que otrora, detestaba al fulano búcaro, sino que también conforma parte de mi irremediable sentimentalismo.
Aún existe, aún me recuerda tiempos felices, aunque estuvieran aderezados de la consabida reprensión...
Ahora, yo tengo su custodia y defiendo a cada transeúnte que se arriesgue sin cuidado a pasarle cerca. Abuela no pudo encontrar mejor defensora para custodiar nuestra obra de arte, porque todavía sigue siendo de su propiedad... yo solo lo cuido, hasta que dure, y mientras dure, adornará los recuerdos dulces de mi vida, me llenará de añoranzas que suavizarán los duros tiempos que luego vinieron a cambiar los ambientes. Pero el potiche sobrevivió cualquier catástrofe, como mi memoria... que tiene siempre el sello de las caricias de mi abuela.


Hembras

A los caballeros les gustan las mujeres descalzas, de labios húmedos y manos sin domesticar. Potras cínicas que arrastran dolores de amores pasados y mueren por bocas lujuriosas, dejando las murmuraciones en sus tacones.
Hembras que no se compran con champagne, ni versos rosados, que dicen sin decir, tocan sin tocar y dejan su presa colgada a sus tobillos por tiempo indefinido.
Ellas no son cualquier mujer, tienen una dosis exacta de misterio y paranoia, dejando huellas de vicio en el cuello de sus camisas.
Acróbatas que balancean ternura e intemperancia al mismo ritmo, sin albergar las dudas, que no son santas ni pecadoras.
Las que abusan de los caprichos, las que leen con vehemencia, desprecian las posesiones, odian el automatismo y lo doméstico y se convierten en indignas ante los ojos de las señoras.
A ellos, les gustan así, con una montaña rusa en sus rodillas, desafiando la gravedad, amantes del vino y del buen paté, con la profundidad de un ombligo, capaces de vivir si las abandonan y de pagar un taxi y decir adiós sin dejar un rastro.
Ellas les hacen creer que pueden mentirles, que las subestiman y ríen, vuelan sin alas, excavan sin ser reptiles y primero las destruyen antes de verlas lejanas, despojas y vencidas.

Piel de blonda

Se erizan sus poros
pequeños y minuciosos
murmullan al tacto,
responden a ratos
dejando actuar al verbo,
emprendiendo recorridos
que las papilas disfrutan.
Se desprenden los ecos,
cayendo lentos
y con un diminuto susurro,
la acuarela
se diluye en el lienzo,
haciendo de éste,
la blonda que cubre su cuerpo.

No me hables de suicidio

No. De eso por favor no me hables. No a mí, que conozco del vértigo y la caída, del efecto de la gravedad en los labios.
Háblame de cualquier otra cosa que sea triste, pero quédate en el límite y no me hables del suicidio.
A mi no, porque conozco el vacío que se siente cuando la conciencia se pierde, cuando los deseos de vida se ausentan.
No me causan ya sorpresa ninguno de los métodos, los conozco todos, uno a uno pasearon por mi mente, propios, ajenos…
Podrías hablarme, por ejemplo, de la longitud que tiene la base de tu melancolía, de los pasos desganados que usas para no salir de ella,
de los logros para alimentar tu desconsuelo, pero no de suicidio, de eso no. Sé del diminuto avance a la línea de la muerte, de su rostro, de su burla. Sé del terror más que de cualquier desdicha que se disfrace de misericordia, del sabor eterno de una huella macabra, póstuma, eterna.
Por eso, delante de mí, no intentes ilustrarme el suicidio, lo conozco cercano, mordaz, perpetuo.
Está repleto de consecuencias, créeme, cargado de cicatrices. De eso sé demasiado, no me enseñes más facetas que he tenido suficientes cataduras. Dime que puedes llegar al margen y retroceder a tiempo,
Déjame admirar el coraje del último minuto y observar atenta como crece la vida en ti, por ti y para ti, sin que haya un factor externo que, con pinzas, destruya tu existencia.
Pero no me hables de expiaciones, no a mi, que al instante me cubro la mirada con dolores antiguos y, en vez de llegarte, tengo la tendencia de enterrarme profunda para no mirar de nuevo el entorno de una inmolación con horror.
No a mi… de suicidio no a mi.

Monstruos bajo la cama

De pequeña, como todos los niños, albergué en ocasiones, el temor a los monstruos, fantasmas, duendes, y todos esos personajes creados por los adultos con el fin de amedrentar a los pequeños para obtener con ello, una conducta más favorable.
Con el tiempo aprendí, junto con los miedos propios de la infancia, que cada quien adquiere sus propios monstruos, les da albergue, les abriga, los alimenta cada vez que les temen y ellos van creciendo poco a poco hasta adquirir dimensiones inimaginables.
Se apropian del tiempo, del espacio y hasta del pensamiento. Generamos adrenalina ante su presunta presencia y ésta es el más nutritivo alimento para que sigan creciendo.
Logré desterrarlos de mi vida en una contienda que me llevó largos días luchando con mi fuerza de voluntad, con mi sangre, con la humedad de mis ojos, con la sociedad.
Aprendí en ese entonces que solo enfrentándolos, desarrollaba mi coraje y mi fuerza y así ya nunca más volví a cubrirme los ojos cuando algo parecía asustarme.
Hace algunos años, conocí al catire. Hombre de grandes cualidades y una inmensa falta de amor a lo largo de toda su vida. Durante su niñez, hubo abundancia de tristezas y miserias y su infancia transcurrió en una permanente inestabilidad emocional. Creció abocado en una búsqueda inútil y ficticia de valores que nunca fueron satisfactorios.
El catire sufría de esos miedos a los monstruos bajo la cama, esos que jamás vio pero que le aterrorizan de solo escuchar las historias. Vivió encarcelado largos años por no asomar la cabeza bajo su lecho y descubrir que no había nada en el sitio, pero su aprensión era mucho más fuerte que el poder de la decisión.
Catire esperaba que los monstruos se fueran solos, que cedieran un día en su afán por asustarle. Y así pasaron los días, los años y perdió su tiempo encerrado, esperando y esperando la huida de unos seres que nunca existieron.
Pasaban los trenes, diversos turnos, muchos destinos, pero catire no fue capaz de asomarse a mirar que nunca hubo nada de qué preocuparse y que el miedo había que enfrentarlo. En una oportunidad conoció el amor y hablaba de los muchos sueños que cumpliría. Sin embargo, catire nunca enfrentó sus temores y el amor terminó por irse agotado de esperar una disposición favorable, una manifestación firme de defender lo que sentía.
Hace poco lo vi pasar cabizbajo, se dirigía al mismo sitio de siempre. Le pregunté sobre su vida y solo supo hablarme de su soledad y de su lecho, ese de donde aún salen los monstruos que nunca existieron pero que era tan difícil enfrentar.

Nota del Autor:
Cualquier parecido con la realidad… es pura coincidencia.

miércoles, febrero 20, 2008

Cantos que arañan



Llegué y dejé estelas en tus rincones, donde posé mis pasiones sin piedad y sembré las huellas digitales de mi vida en tus estantes, arañé paredes en busca de esa paciencia que me pides.

Esparcí las muestras de esas cosas que me haces sentir y derramé mis ganas en cada esquina para encontrarlas germinadas a mi regreso, en brotes donde nacen cachitos de esa curiosa luna que me dio la bienvenida, bajo un coro de letras de canciones que nos describían el momento.

Los pedazos que te dejo, los guardaba para ti, quijote que asesina tristezas y que iza banderas de sonrisas, cambiando las señas que había impuesto el destino.

No he de irme sin cumplir la misión me has dejado, la de colonizarte a mi capricho, la de descubrir de tu mano los armarios que guarda el cielo en ese vuelo que me llevas con el mismo temor al dolor que siento yo.

No me iré sin haberme disuelto en el agua que bebes, sin haber convertido mis brazos en rayos de luces cuando en tu cuerpo, la claridad se declare en huelga.

En esta forma, poco usual de querernos, me resisto en exceso a creer en la vida, me indigno ante mi fragilidad, me desplomo débil pero voluntariamente ante tus ojos de viento y me entrego a tus letras y a tu cuerpo mientras me despojo en una cascada de gotas de cariño de un mundo corriente para hacerte el dueño de todo aquello que queda después de la limpieza que me procuro.

Llegué, y todo estaba en orden y dispuesto para el banquete y allí regué las macetas que guardan tus plantas tristes la maleza que arrancaré de raíz, para implantar allí, en su lugar, semillas de ternura que algún día darán los frutos que quiero.

BANQUETE


BANQUETE


cuando quiero me doy banquete
llego dueña y señora del convite
y tomo lo que
por derecho
pertenece
sin contratos ni firmas
ni exigencias póstumas
mucho menos embrujos
porque en ellos no creo

hago gala de mi encanto
del privilegio de mis genes
partes iguales
de inteligencia y pasión

cualquier desnivel en las medidas del manjar
da lugar al brebaje que desecho al instante
por estar en desventaja a mis requerimientos

me doy banquete
cuando quiero
repito cada bocado
me nutro del bastimento
que contiene las dosis exactas de elevación
reitero que llego sin invitación
porque siempre los estoy
habitando existencias
y dondequiera que esté
minutos o años
habito a quien me parezca
sin rutina alguna
protagonista principal sin competencia
sin caer en provocaciones
ni bajar a los pozos poco atrayentes

confieso no perder el hilo
cuidarme de los accidentes
ser irrepetible
racional e incondicional
y me doy permiso de admisión a las sensaciones
donde
por derecho a lo que sé que produzco
me hago propietaria.

traduzco las segundas vueltas
como tornados de soledades
apropiándome aún más de los espacios.

mis manjares son fascinantes
no soy comida de diario
ni chatarra que se ingiere por hambre

como al buen vino
cato a mis amores
y cualquier gusto avinagrado
produce
de inmediato
la exclusión de mi bodega

bocado
ese mi alimento
por ningún concepto seré burdo mordisco
que se roe sin apreciar sus atributos

mordisco de duques y reyes
aperitivo de una diosa inolvidable
y que sólo se sirve una cena plebeya
si ésta jamás subestima su pericia e intelecto

sólo vence quien permito
y no existe quien obligue a destruir
mi capacidad de olfatear el sucio juego a distancia

limpio las estancias
rompo ficciones
y como no me gradué de necia
se cuidarán de mi suspicacia
para disfrutar de mis hechizos

ratifico pues
que después de mi mordisco
muchos caminos hay que llegan al mismo abismo
que en mi libre compañía
el mundo propio
si se hace
mi santa voluntad

renuevo mi posición
nadie me tiene
que sólo poseo lo que por libre decisión se me permite
así abuso de mis pertenencias
y que
para que alguien que se jacte de cacique
y tenga la osadía de llamarme "suya"
hace falta muy poco y mucho
lo difícil está precisamente en descubrirlo
que no es poca cosa

sin embargo
me rindo cuando así lo determino
con pasión y magia
pero con estilo
que entre vítores he de recibir
a quien limpiamente quiera jugar mi juego
y me coloque
como aperitivo
y patrona de las situaciones

soy todo
y soy nada
sube y baja
y repito no ser la vianda comestible
de plebeyo alguno
sino de reyes
que no requieran de coronas
para ser el mío

Emblemas



Las personas están marcadas por insignias. Símbolos ácidos, dulces, distintivos buenos, ocultos en bolsillos, pero en definitiva...emblemas.
Responsable, descuidado, atrevidos o tímidos, pero emblemas.
Generalmente se hace costumbre cargar con ellos a través de la vida, tanto, que se adoptan como parte de la misma piel.
Un día decidimos despojarnos de todos, patearlos, escupirlos, desdeñarlos.
Y entonces, nadie nos reconoce.

Despegue


Los vuelos se convierten en fiesta cuando las naves son similares. Un aterrizaje a la velocidad vertical más baja posible requiere de la eficiencia adecuada para las demás fases de vuelo. He sobrevolado en pocos días la fantasía y, su aparente ficción me hizo volar más allá de la visión de la pista.
La condición ambiental es excelente, no hay vientos cruzados ni obstáculos en la senda de planeo. La pista es corta, punto importante para ejecutar maniobras. He revisado el panel de instrumentos y todo parece estar en orden.
Desconozco la veracidad de la ubicación de mi destino, sin embargo puedo observarle a muchos pies de altura y allí, en esa mesa redonda cubierta por un mantel de aspecto rudimentario, un personaje peculiar hace su aparición sorpresiva.
No se si pueda descender hasta allí, lo avisto con precisión y él sube la mirada en señal de curiosidad.
Aterrizo vacía de utopías, con las sandalias desatadas de tanto intentar establecerme. Mi llegada representa una operación aún sin resultados, una interrogante sublime que sugiere bienestar.
Es un anticipo de la vida, resultado de una ecuación desconocida, como olas que bañan mis tobillos, precedidos de los nudos de mis sandalias.
En esta vocación conquistadora que me empeño en ejecutar, vigilo movimientos y pasos en avance.
Mi soledad, en la cúspide de la más gélida temperatura, podría derretirse en un solo encuentro.
Un buen aterrizaje requiere una buena aproximación, e inversamente, una defectuosa supondrá seguramente un pobre toque a tierra, así que, ajustando la potencia, obtengo valores concretos y mantengo la altura.
El despegue está por comenzar.

Factura

Vengo a cobrarme la factura que me adeudas. Eso que me debes, esos sueños que hurtaste una tarde de Junio en la que me resistía al compromiso y me revolcaba en mi libertad, mientras llegaste desafiante y seguro de hacerme vulnerable a tus instintos.
Vengo sumando intereses por el tiempo que te di, que no fue gratis, cuyo capital adeudas y lo exijo para aclarar mis cuentas.
He venido decidida a multiplicar mis activos en cantidades completas, y no aceptaré que amortices la deuda con devaneos ni dudas sobre este amor que me compraste y que nunca cancelaste en su totalidad.
Arribo con disposición de reintegrarme por completo, de reinventarme sin ti y, para ello, te cancelarás con intereses cada beso en el que me hundí sin disimulos, quebrando monotonías del pasado, llevándose en bolsas, los instantes para quedarse endeudados con mi alma.
Devuélveme la esencia de esos sueños hurtados, la falsa integridad de que hoy obtengo, mi visión borrosa de placeres escondidos, la luna que una vez se asomó por la ventana mientras me amabas robando sensaciones.
Hoy vengo a cobrarme todo y exijo el pago sin postergación.



sábado, febrero 16, 2008

Cuando me haya ido


Dejaré mis letras en herencia, una caja llena de estupideces que algún día llenaron mi vida de recuerdos gratos.
Dejaré fotos, solo las que tengan sonrisas y miradas de frente.
Pondré en mi legado un solo color que me defina y de éste, dejaré como última voluntad que sea mi epitafio.
Soltaré millones de creyones al azar, en un campo de grama verde que hará las veces de contraste.
Cuando me vaya, no dejaré fortunas ni tesoros escondidos, quedarán a la luz mis matices y será blanco de juicios implacables, de mudos veredictos.
Dejaré entonces una pequeña nota prohibiendo las hipócritas lágrimas sociales y un consejo manso de ternura liberando compromisos de asistir, de aquello que en vida, nunca fue dado.
Cuando me haya ido, nadie sabrá de mi, ni verá mi partida y dejaré tras mis pasos el leve aroma de una mandarina.
(Fotografía Antonio Mas)

Visita conyugal

(www.antoniomas.com/images)




Llevé un bolso de mano con lo estrictamente necesario, esas cosas que fácilmente se recogen a la hora de irse o sencillamente nunca salen de él. Temía dejar algo propio sobre la mesa, en el baño, en cualquier área, era como sentirse visitante de un hotel, donde se procura no olvidar nada. Una vez en el sitio, sentía los espacios prestados, ajenos y, con frecuencia, me embargaba un extraño estado de ansiedad que me empujaba a salir de allí, sintiéndome una intrusa. No me retuvieron cuando quise marcharme, como si ciertamente desearan mi partida después de haberse cumplido la visita conyugal, sí, como la de las mujeres de los reos quienes visitan por cumplir un requisito emocional y carnal, más, sin embargo, saben que el lugar no es el indicado, no se siente como un hogar, y deben salir de allí una vez cumplido el tiempo estipulado y no dejar nada olvidado, cargar con la tristeza, la soledad y los miedos que trajeron, sin saber siquiera con exactitud cuándo será la próxima vez. O si la habrá.

Estadística




La ciudad llora, las calles arrastran sólidas y goteantes mascaradas. Se cae el crepúsculo sobre el manto de lluvia y un centenar de cabezas cubiertas se apresuran a cruzar los torrentes de las avenidas.

En un encierro sin precedentes, con música en niveles extremos, trato de recordar mis estadísticas. Disímiles y heterogéneas, nunca se acercan a la mezcla universal. En una posición estática a la que me obliga el infernal tráfico capitalino, mi vista se pasea por escenarios conocidos en otros tiempos.

El recuerdo invade el espacio que ocupo, la melodía colabora, y un par de lágrimas desvergonzadas intentan quebrantar mi fortaleza. En la actualidad no sé dónde me encuentro, a la derecha, a la izquierda o en un centro que trato de construir para que mi propio balanceo no termine de derrocarme.

Me hastían los esposos insatisfechos, se acercan los niños reprimidos, en la inestable búsqueda de una supuesta experiencia que ni siquiera están dispuestos a afrontar cuando aparezca y una decena de ejemplares sin sutileza ni escrúpulos, intentan poseer las letras de una poeta.

La ciudad sigue su curso, la noche cae irremediablemente, sin pausa, la mente divaga en el más absoluto aburrimiento y ya no se si pertenezco a una estadística o intento batir el record de las princesas sin castillo.

Estoy sin esquemas, perdí los mapas y no tengo la menor intención de volverlos a buscar.

miércoles, febrero 13, 2008

Equivalencia







Todo tiene una equivalencia, menos yo.



Absolutamente cierto.



Las emociones, en proporción al estímulo.



El interés simétricamente colocado junto a la presencia.



Lo sensual paralelo a la caricia, lo profano al deseo,



lo trivial a la estupidez, el movimiento de la lengua al contacto,



mi avance conforme concibo trazos de inteligencia.



Equivalencias, paralelismos.



¿Debería decir proporción exacta, tal vez?



Jugar con mi psiquis, con mi racionalidad, mi temperancia,



mi sensatez, mi radical posición de entender el blanco, o el negro,



o la inmediatez con que procuro mis momentos,



no tiene parámetros de comparación ni consecuencias positivas.



Soy una ecuación sin decimales en el resultado.



No tengo céntimos y una coma en mi camino, produce un error.



No manejo medias tintas



ni disfruto el balanceo de las indecisiones.



Hace mucho demostré que no tengo equivalentes.



Soy yo, o nada.

Yo, pecadora





Yo, pecadora, me arrepiento de mi inmenso error,
de haberme asido de una mano indecisa,
de mi pretensión de futuro feliz, de mi irreverencia.
Pido perdón por los ratos de ternura que regalé,
por mis ojos húmedos, por mi inocencia.
Me culpo de extraer lo ajeno
y asumo las consecuencias de mi hurto.
Castiguen mi osadía como quieran,
no volveré a pedir absolución otra vez.
Acepto mi culpa y mi castigo, se que lo merezco.
Y en este acto de contrición,
les juro que no caeré de nuevo en tentación alguna.
Hoy devuelvo el botín a su origen.
No más pecado, no inventaré más besos nuevos.

viernes, febrero 01, 2008

Demasiadamente


Demasiado frío en tu ausencia,

demasiadas ganas si no estás cerca, y cuando llegas,

demasiado vuelo, demasiada esencia,

demasiados tus ojos que se clavan bajo mi frente,

demasiado embrujo cuando inicias el rito de saciar el ayuno,

demasiado húmedas las gotas que llueves cuando me nombras,

demasiado fuerte este latir cuando te escucho sugerente,

demasiado suaves las algas que añoras,

demasiado intensos mis brazos anudando tu cintura.

Demasiado es poco.

Demasiadamente es suficiente.

Advertencia





Me acercaré a tu mundo amnésica, limpia de evocaciones, vacía del moho que producen los hábitos viejos, sin memoria, sin rutina, desprendiendo el amaestramiento en que vivo. Iré higienizando mi conciencia, enterrando mis culpas bajo las plantas del camino.

Desde tu borde pronunciaré bendiciones de color azul, olorosas a mis cabellos y dejaré la sensación del contacto de mis uñas tras de tu puerta.

En ese espacio no existirá la apatía.

El silencio se hará eterno en mis oídos, aunque dentro de mi pecho, aúllen los lobos que no tienen dientes y que se alimentan de un licuado de letras que luego haré descender por un nuevo precipicio de recuerdos dulces.

Me quedaré allí, después que me vaya, en el marco de la entrada, en la zona izquierda de tu lecho, sobre el área que pisen mis talones, en el primer bostezo de tus días y en la última visión de cada noche que tengan tus pupilas.

Sabremos que es verdad, que nos vemos, porque ahora lo apreciamos, porque antes, estuvimos ciegos.

Te lo advierto, habrá afonía en las palabras y el único sonido que quiero escuchar es el de tu voz, bajita, cerca de mi cuello, cuando me digas “te quiero”.