sábado, junio 26, 2010

AÑOS MUERTOS



Produce furia el tiempo desperdiciado. Cuántas horas estériles se llenaron nimias de chatarra visual. Quise que sólo pasara el tiempo, sin más, sin pretensión alguna, sin llegar a ninguna parte. Ahora no hay ocasión para ingerir el alimento que no se consumió.
Aquellas horas muertas gestaron vicios, dispararon ritos sin espacio, sin piso.
Un día, cuando ya no esté, vendrá alguien rastreando con su morbo el oficio de mi tiempo de difunta y dará una interpretación mediocre a mis trazos.
Si supieran cómo salpica de sangre inútil mi epitafio de vida, hojas en blanco, riego de ríos infecundos y errores, miles de errores necesarios. Sólo entonces puede hablarse de vida después de la vida.
Los poetas se vuelven inmortales cuando traspasan el umbral de la muerte. En los tiradores de los féretros se deja la huella de la ignorancia, historias de culpa, probablemente rastros del éxito.
Brasa lenta es esto de ser un escriba, un pichón de escritor al que nadie le comprende el hecho de escribir memorias y versos borroneados, aunque uno se crea inmenso, lápiz en mano.
Hay tanto por decir en tan poco tiempo, tanto egoísmo de qué desprenderse, tanta basura terrenal inútil que mancha las auras de la gente “buena”.
Cuesta confesarlo. Ser diferente puede doler como un martirio voluntario al que encontramos el solaz necesario, la savia trascendente, la vida.

HORAS DE COLUMPIO



Las mañanas de un niño en vacaciones están llenas de triunfos. Los desayunos templados, cándidos, nada frugales, casi siempre esmaltan los paladares de tildes dulzonas y el tiempo se estira tanto como las ligas con que se enlazan las carpetas.
Los libros del año se arrinconan en el último peldaño del estante con el consabido juramento de no volver a mirarlos en esos días de juego.
Un sorbo de cola por hora como alimento de reglamento, cien mordidas a una goma de mascar son las únicas circunstancias de almíbar que el recuerdo de un columpio puede sustentar.
El tiempo se balancea en el vaivén sucesivo que traen los años. Un día parecerá demasiado lejana la memoria que quedó en el momento justo en que el asiento asciende.
Y entonces desearíamos volver, detonar los paréntesis, tomar de nuevo el riesgo de tantas horas muertas, carentes del retozo.