miércoles, julio 02, 2008

La caja de los botones


Yo vengo de un extraño mundo del que poco queda, donde los pórticos se llenaban de risas en los diciembres tibios de familia, donde llorar no es permitido, donde lo virgen tiene un altar preferencial.
En las aristas e las paredes, calaba profunda la honra y el respeto hasta cumplir los treinta.
Las cajas contenían telas y botones que convertí en personajes de cuentos y yo, jugaba a ser aquel de nácar azulado que arrancaron del vestido antiguo de seda. A ese lo emparejaba con el negro, el benjamín de alabastro que adornó alguna vez un traje del que nadie se acuerda.
Solía ubicarlo en primera fila, puesto preferencial principesco, sobre las pequeñas cajas que solo en mi imaginación, se convertían en carrozas o navíos de leyenda que pescaban sueños a niñas-princesa que jamás se atrevieron a contradecir a los reyes.
Estos últimos eran perlados, grandes, con filamentos de oro y contornos excesivamente labrados, como las coronas de las majestades, que pesan igual que las culpas que cargan durante toda su vida.
Mi representante, un tanto índigo, carecía de ornamentos. Sin embargo, cuando la luz lo cruzaba, despedía un matiz particular que terminaba salpicando de luces la madera del mueble de la costura.
Dentro de aquella caja de los botones había infinidad de modelos, tamaños y colores y, a cada uno de ellos, les concedí un galardón distinto, una misión que cumplir.
Quizás algunos que provenían de lujosas prendas de vestir, podían hacer las veces de regentes, conserjes o importantes figuras de la sociedad. El mío no. Era tan frágil, resaltaba tan poco entre los demás que siempre me costaba ubicarlo en la caja a la hora de jugar.
Un día desapareció sorpresivamente. Busqué en todas las gavetas y espacios próximos donde supuse que podía haber resbalado sin intención.
Unos días más tarde, el reflejo de una luz, rebotó sobre el copete de mi cama y, al voltear la mirada, lo descubrí finamente cosido al cuello de un gabán de invierno.
Más de quince puntadas atravesaron sus dos orificios y quedó sujeto, para siempre, a la fibra de una gruesa textura por cuyo revés, además, le hicieron un seguro remate para que jamás cayera de la superficie.
No volví a jugar con los botones. Con los años, aquel gabán debió perderse en alguna mudanza y mi botón azul desapareció en el tiempo, tal como mi niñez precedió a la indudable situación de un lento crecimiento.
El botón se extravió protegido sobre la tela. Yo descosí cada puntada que quiso dejarme presa junto a los tejidos, desprendí las hebras que controlaban mis movimientos y rodé calle abajo, por contradecir a la vida, hasta caer en el pozo de la autonomía.
Y dejé de ser botón.

1 comentario:

KocoLate dijo...

caja de los botones... me encanto
Tienes una inspiracion profunda y sutil.