jueves, junio 19, 2008

Sola




Voy a quedarme sola antes que ser culpable. No compraré ese paraíso que me venden por el precio de exponer mis culpas ante un sacerdote como si hubiera firmado un pagaré al portador antes de nacer.
Nadie acompañará a una mujer como yo con semejantes deudas, con esas de hacer respetar los espacios ajenos y defender lo individual. Nunca iré a Paris acompañada, ni estará nadie conmigo en una góndola en Venecia. Pero no babearé incoherencias sobre mi discurso, que es mío y pagué con sangre para obtener el sano derecho de sentir verdadera libertad en el alma.
Me llaman satánica, malcriada, orgullosa. Y es fácil levantar el dedo acusatorio, el índica y señalar defectos a percepción personalizada.
No pertenezco al mundo fatigante que usa al semejante para derribarlo, como en un juego de ajedrez.
Estaré sola. De aquí en adelante seré sorda y un día (tarde), vendrán a mi las mismas gentes con los mismos cuentos (pero al revés, entonces diluidos) y escupiré sobre sus verbos y les diré que es tarde.
La vida se hizo para vivirla, no para hacerse daño. El daño es la palabra oblicua que atraviesa el aura del otro y, aún así, persistimos en clavarle más hondo. Es la persistente actitud de no abrazar el silencio cuando las palabras no llevan consigo el beneficio.
Por eso estaré sola. Para masticar mi propio verso sin importar que se conozca o se ignore.
No voy a suicidarme. Cada quien enciende su propia pira en su propia oscuridad.
Yo tengo la mía, destella azules cuando salpica mi saliva solitaria. No invito a nadie a compartirla. Lo hice durante muchos años y no hubo forma de recibir un comentario grato ni alabanza alguna por mi esfuerzo en encenderla.
Si todos supieran en qué forma busco este momento en el que escribo, me llamarían loca.
Porque cada quien enjuicia según su conveniencia.
Por eso estaré sola. Rumiando mis excesos, mis pecados, los actos cabales de mi vida y también los turbios, los que nadie sabe, los que nunca diré y me llevaré conmigo el día en que me vaya.
Allá fuera hablan, murmuran historias sobre mi. Luego se preocupan. Solo es el acto egoísta de quien quiere saberlo todo para luego condenarme y degollar las palabras sobre mi vida, extraen la sangre del animal sacrificado, exprimen sobre la imagen de mis días frases macabras, falsas, oscuras. Sueltan pájaros (cuervos), que vengan a intentar sacarme los ojos y, mientras me sonríen, esconden navajas en sus espaldas, esperando a que me duerma.
Mientras tanto adornan la mortaja que ha de cubrirme.
Esperan que me arrodille, que pida una clemencia que desconozco y me descaman como a un pez, desde los tobillos hasta mi cuello, sin pasar por el ombligo y mirar que lo convertí en pozo donde oculto pensamientos congelados de quien me hizo daño algún día.
Pero no vienen a compartir mi fogata. No vienen.
En ese momento se vuelven escarcha gélida y sueltan sus lenguas de agua sobre mi tibieza.
No se puede atravesar el agua, es imposible detenerla.
Por eso estaré sola.
Y sola, mi fuego y mi palabra serán eternos.

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