martes, marzo 13, 2007

Al llegar al vértice


Al llegar al vértice, existen ciertas condiciones ideales para mantenerse. Algunas mujeres somos cosas de cristales sutiles, Se esperan muchas cosas de nosotras, perfección en el hogar, excelencia en la crianza, una paciencia infinita, un interminable perdón. Mis silencios gritan a campo abierto sobre las injusticias. Enero se me hace angosto para meditar y ha aparecido una extraña sensación de vaguedad en mis decisiones. A estas horas, la gente recupera sus vidas de nuevo, las cose al sesgo de la conveniencia, olvida lo no imprescindible, se vuelven títeres de la sociedad. Yo solo mastico mi insomnio lentamente pensando en horas perdidas. He lamido mis cicatrices lo suficiente y ya no tengo razones para volver atras. Finalizó la paranoia ajena, la que no me concierne y las caras lavadas por fin se ven claramente, sin antifaces.


Cuando se es de una forma no se pueden ocultar las intenciones por mucho tiempo. Soplé aquello que estaba turbio y lo que encontré era la misma realidad que nunca quise afrontar con dignidad. Termino siendo una mezcla de niña y diablillo. Me quedo con el diablo si eso ha de hacerme menos ingenua y más luminosa. No manejo los grises, me sostengo en los ángulos agudos y me aferro con firmeza a los colores determinantes. He sido una antítesis perenne y tarde me dí cuenta del esfuerzo perdido al procurar traspasar puertas que me cerraban constantemente. La vida es una paradoja, tratamos de ser constantes en las decisiones y no advertimos que el desprecio es una forma de espantarnos cuando estorbamos. Al llegar al vértice, al límite, al borde, puedo decir con responsabilidad y conocimiento, que no he sido nadie, no tuve rincones propios en el camino y no tengo donde esconderme puesto que nunca tuve cosa alguna que ocultar. Hoy me renuncio, estoy segura que el amor no existe, es solo un estado pasajero al que le damos nombre, me resigno a dejar descansar mis tobillos, los dedos de los pies que me sostienen, me renuncio sabiendo que el mutismo debe ser mi mejor estado, ya que hablé demasiado, pedí demasiado, exigí demasiado, por lo tanto, lo mejor es callar. La indiferencia estrujó mis poemas y los echó al cesto sin miramientos y los aviones no esperan por nadie, aunque haya tormentas fuertes o amantes que no quieren despedirse. He llegado al vértice y mi vida tomó colores ocres y selló la historia que nunca fue verdadera de la que debo despertar.


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